Historias de Recuperación

NUNCA MÁS UN LADRON
Esta mujer dejó de tomar cosas ajenas después de haber aprendido como podía darse a sí misma.
¿Por qué el auto de la policía estaba estacionado frente a nuestra casa? ¿Le había sucedido algo a mamá o a papa? Entré a la casa por la puerta del garaje; la puerta principal era usada los días feriados o cuando venían invitados. Mamá y papá estaban sentados alrededor de la mesa de la cocina junto a dos oficiales de la policía. Me dijeron que tomara asiento alrededor de esa mesa donde yo comía con la familia, o jugaba Scrabble o servía algo de beber a mis padres. Las caras de todos ellos reflejaban seriedad, enojo y hasta disgusto.
Sobre la mesa había dibujos en blanco y negro con la palabra “sospechosa” y la descripción: sexo femenino, piel blanca, indicaba peso y estatura, rubia, de unos doce a quince años de edad aproximadamente.
Ese día había estado tranquila. Escuché como mis padres explicaban porque robar era malo, era un error y peligroso. Mis padres dijeron que estaban avergonzados de mí, desilusionados. Vi odio en los ojos de mi madre. Pensé que ella estaba celosa de mí. Durante sus borracheras, más de una vez, me dijo que yo no era linda ni elegante. A menudo, decía que si la gente supiera quien era yo realmente, no me prestarían mucha atención. Y ese día supe que ella tenía razón. Yo estaba tan asustada que, a partir de ese día, nunca más robé algo en ese establecimiento comercial.
Pasaron algunos meses y necesité comprar maquillaje. Yo usaba mucho maquillaje, pero me resultaba difícil elegir el tipo correcto para mí. No podía soportar equivocarme, por lo tanto, solo lo tomé, pues si no era perfecto no me causaría ningún daño. Yo sabía que si podía encontrar el maquillaje perfecto, sería buena, hermosa, adorable. Cuando era más joven, había disfrutado de frecuentes caminatas por el barrio. Con mis amigos nos deteníamos en algún lugar para comprar golosinas. Durante aquellas caminatas, solía manifestar que tenía muy poco dinero, así mis amigos compraban para mí también. Mis padres me elogiaban diciendo a sus amigos lo cuidadosa que era con el dinero. Por el contrario, con respecto a mi hermana decían: ” A esta chica el dinero le quema en sus manos. Para Navidad había muchas confituras, regalos, tarjetas navideñas, visitas, llamadas telefónicas y reuniones. Esto era demasiado para un solo acontecimiento y sólo ocurría una vez al año. El tiempo que me llevaba desenvolver los regalos era, para mí, pavoroso. Abría un regalo tras otro, pero parecía que estaba buscando algo que nunca hubo. Había demasiada presión para estar sorprendida y feliz por los regalos y sabía que nunca sería suficiente mi agradecimiento. Estaba perturbada, pero por supuesto, no hablé con nadie respecto a esto que sentía. Pronto estaría en un local comercial y allí vería algo que haría la diferencia. Lo tomaría; después quedaría satisfecha. Crecí y me convertí en una ladrona sofisticada. Robé a amigos y familiares, desde pequeños negocios, hasta a grandes establecimientos comerciales. Estaba fuera de control. Había conseguido todo lo que quería, pero todavía me sentía vacía.
Al tener alrededor de treinta años, había estado casada durante diez años con el hombre de mis sueños de adolescente. Teníamos una segunda, nueva casa en los suburbios, un auto nuevo y una nueva motocicleta BMW. Teníamos un hermoso y saludable hijo de un año y medio de edad. Ahora, nuestra familia estaba completa, todavía me sentía miserable, mala y fea. Sólo sentía amor hacia mi hijo y creía que me había convertido en un ser poco amable. Llevó un poco más de dos años perder todo, salvo la responsabilidad de cuidar a mi hijo.
Había estado sobria durante cuatro años y había limpiado bastante “mi pasado desastroso”, como dicen en A.A.. Dentro de la hermandad, se me conocía como una mujer que tomó su recuperación con seriedad. Trabajé con los Pasos. Leí y amé el Libro Grande de Alcohólicos Anónimos. Me mantuve en contacto con mi padrino con bastante frecuencia. Aún estaba bajo tratamiento terapéutico. Me había comprometido, realmente, a hacer mi trabajo emocional, como así también, el inventario de mi familia de origen. Quería ser libre, todavía, la mayoría del tiempo tenía miedo. No importaba lo mucho que había trabajado, ni cuantos presupuestos había elaborado, nunca tenía
suficiente dinero para terminar el mes.
Tomé pensionistas, para hacer frente a los gastos de la casa, aunque yo odiaba que otras personas vivieran conmigo y con mi hijo. Usaba mis dos tarjetas de crédito a fin de cada mes, para comprar alguna cosa pequeña para nosotros o para hacer un regalo a alguien. Las tarjetas de créditos y el robo parecían el único camino. Yo no planeaba robar, por lo general, era un pensamiento posterior. Sabía que algo andaba muy mal, que yo me sentía mal y que, todavía, seguía robando. Era, particularmente, vulnerable ante el mostrador de los cosméticos. Estaba dispuesta a pagar la máscara de las pestañas, pero no, los dos delineadores de labios ¿Qué me estaba sucediendo? Nunca me habían atrapado robando. Mí único toque de alerta fue, aquella mañana, en la cocina de mi casa, con los oficiales de policía.
Un día de otoño, estaba con una amiga. En el medio de mis lamentos acerca de los problemas monetarios, ella me dijo que no estaba tan segura que mi problema fuera la deuda o el gasto compulsivo. Me comentó que estaba asistiendo a reuniones -de un programa llamado Deudores Anónimos. Y, que este programa, la estaba ayudando a vivir libre de la preocupación acerca del dinero. Confié en mi amiga, fui a mi primera reunión de D.A. Odiaba ser recién llegada. Odiaba estar allí. ¡Me sentía tan avergonzada! Aún no entendía el significado de la palabra “deuda”, pero sí creía entender un poco lo que significaba el gasto compulsivo. Estaba segura que mi problema era lo que yo deseaba intensamente: Necesitaba ayuda para controlar mis gastos y, así, tener el dinero suficiente para pagar mis cuentas todos los meses, incluyendo esas tarjetas de crédito, cuyos saldos continuaban creciendo, a pesar de mis pagos mínimos mensuales. No veía que podía hacer sin utilizar esas tarjetas de crédito.
Corté el uso de mis tarjetas durante el primer mes de concurrir a las reuniones de D.A. Estaba asustada. Sufría de insomnio, ataque de pánico e ira. Durante unos meses, usé mi pequeña reserva y, de esta manera, no tocaba las tarjetas de crédito o la renta de los alquileres. Pagué las cuentas, incluyendo las de las tarjetas de crédito y mi préstamo estudiantil. Después, me di cuenta que el dinero que quedaba no era suficiente para vivir el resto del mes. Traté de disminuir las cuentas de gas y alimentos v corté todo gasto en lo relativo a entretenimientos para mi hijo y para mí. La privación me ponía mal cada mes.
Mi vida empeoraba. Era más dura y ahora, comenzaba a dar cheques sin fondo a fin de mes. Desesperada, comencé a hablar en las reuniones, compartí mi confusión, mi enojo y mi terror. Comencé a tener Grupos de Alivio de Presiones y después de nueve meses, me di cuenta que no podía hacer frente a mis necesidades, continué haciendo el pago de mis deudas. Estaba horrorizada ante el pensamiento de invitar a los cobradores de cuentas a introducirse en mi vida, pero vi que no tenía otra elección posible. Había visto a otras personas en la hermandad, a aprender a poner sus propias necesidades en primer lugar, y así sus vidas fueron cambiando. Estaban menos preocupados. Estas personas hablaban de tomarse vacaciones y divertirse. Yo quería dejar de robar. Yo también quería ser libre.
En D.A. trabajé duro por mi recuperación. Amaba y usaba todas las herramientas disponibles. Asistía a las reuniones, llamaba por teléfono. Hasta hacía llamadas telefónicas desde los negocios, cuando sentía esa molesta confusión. Pedí mucho a Dios, para que me guiara. Esta nueva forma de vivir requería dicho enfoque. Contestaba las llamadas telefónicas de los cobradores de cuentas. Lloraba y gritaba por el camino seguido hacia la humillación y la vergüenza. Finalmente, comencé a separarme de lo que yo gano, lo que poseo o debo, pero todavía, estaba abrumada por el sentimiento de que, en este mundo, no había lo suficiente para mí. Cada vez que comenzaba a creer que podía haber lo suficiente, me sumergía en el sentimiento de que no lo había.
Volvía a robar y me odiaba mucho más que antes. Me atreví a hablar acerca del tema robo, en las reuniones. Me había sentido en soledad con mi vergüenza.
Después de un año y medio de concurrir a D.A., mi mundo se llenó de tristeza. Durante el verano, doce personas a quienes yo conocía, murieron o fueron muertas. Estuve llorando durante semanas. Muy pocas veces salía de casa, solo para ir a las reuniones donde me sentaba y lloraba. Algunas veces compartía, la gente me escuchaba. Gracias a Dios, ninguno se fijaba en mí o, me pedía que me fuera. Una tarde, regresaba de una reunión sintiéndome tranquila, no tan triste. Entré en un negocio a comprar algunas cosas que necesitaba, y vi, fullera del mismo, un gran arreglo con flores. Tomé dos plantas y las puse en la parte trasera de mi coche. Cuando llegué a casa, colgué mis nuevas y hermosas plantas. Durante semanas, pasé la mayor parte del día sentada, ya sea llorando, leyendo cuentos o dejando la mirada fija en el espacio. Necesitaba las flores para esperanza y por su belleza. Miré mis flores y, de repente, comprendí, por primera vez en mi vida, que yo robaba porque creía que no había, en este mundo, lo suficiente para mí y que no me merecía algo que fuera bueno o hermoso. Yo creía que era mala, fea, tal como yo solía escuchárselo a mi madre, tan a menudo, cuando yo era una niña. Yo creía que era antipática. En aquel momento, comprendí que cada vez que robaba estaba reforzando esas creencias que tenía desde mi infancia. Lloré y, a través de las lágrimas, le pedí a Dios que se interesara por mí, por mi vida, que me ayudara a creer que yo era buena, hermosa y simpática. Necesitaba abrirme hacia la generosidad de Dios.
Durante ese año, hubo más meses de lágrimas, pero nunca más, me sentí sola No volví a robar, ni aún en los momentos de carencia o privaciones. Ahora estoy encaminada en otra dirección. Estuve aprendiendo a cuidarme a mi misma y a comportarme como adulta en relación a mi propia vida. Desde entonces, han pasado cinco años. Permanezco cerca de D.A., amo a mi grupo y, los lunes a la noche, hago servicio. Continúo usando las herramientas del programa, amo los planes de acción que son generados a partir de mi
Grupo de Alivio de Presiones. Ahora, mis pasos de acción están dirigidos a la compra de muebles nuevos y de ahorrar para realizar, con mi hijo, un viaje a Europa. Recibo un generoso aliento para amarme y ser gentil conmigo misma.
Estoy apoyada por D.A. para darme a mi misma amor, confort, y hasta lujo. He recorrido un largo camino. Estuve acostumbrada a robar. Ahora, puedo confiar en mi misma y en Dios, para amarme y cuidarme. Durante el segundo año de mi recuperación en D.A., me vi sostener mis manos con las de un compañero. Había un sentimiento de calidez, amor y confort. Hoy, soy compañera de mi misma. Ya no estoy consumida por el aislamiento y la trágica soledad que, una persona compulsiva y adicta conoce. Nuevamente, mi familia forma parte de mi vida. ¡Qué milagro! Ahora, los amo tal como ellos son. Hoy, los regalos más grandes, a partir de mi trabajo de recuperación son la amistad que tengo con los otros y conmigo misma. Esto ha sucedido. ¡soy buena, hermosa y simpática! ¡Gracias D.A.! Y gracias a Dios y a los Doce Pasos.

HE LLEGADO LEJOS, CARIÑO
Una chica complaciente aprendió a ganar dinero para lo que ella deseaba.
Pero estuvo en la cárcel y D.A. le enseñó cómo podía ganar dinero.
Recuerdo que la primera vez que conté mi historia tenía catorce años.
Asistía a las reuniones de Alateen porque mi padre era alcohólico. Un día,
se me pidió que contara como era “crecer en un hogar con alcohol”. Mis
primeras palabras fueron: ¿Han vivido, alguna vez en el Infierno? No se
cómo me surgieron esas palabras. Hoy, creo que Dios hablaba a través
mío. Recuerdo que las personas presentes no entendían que el
alcoholismo era una enfermedad. Ahora me doy cuenta que yo tampoco lo
sabía. Este es el porque, es tan duro para mí, comprender el concepto de
que mis gastos de dinero constituyen una enfermedad sobre la cual no
tengo control.
A pesar de haber nacido en una familia sin problemas económicos, nunca
hubo un regalo para mí. Fui criada con una mucama que limpiaba mi
cuarto, hacía mí cama, etc., lo cual, más tarde me di cuenta, que eso no
fue bueno para un buen crecimiento. Al haber sido criada de esta manera,
siempre tuve un sentimiento de erigirme como “la mejor” y muchas otras
ideas grandiosas.
Comencé, a la edad de seis años, a robar dinero de la billetera de mi
padre. Cada noche, mientras él estaba ebrio, mirando televisión, yo me
deslizaba al cuarto de mis padres, sacaba $ 5 o $ 1, y me dirigía a la
pequeña almacén del barrio. Siempre estaba comprando cosas para la
gente. Les obsequiaba golosinas para demostrar que los trataba bien.
Nunca sentí que les agradaba, por eso, les daba pequeños obsequios,
creyendo que así sería diferente.
Recuerdo haber tenido una cuenta corriente en ese pequeño almacén.
Algunas veces, quería más golosinas de las que podía adquirir con mi
dinero; por lo tanto, las cargaba en mi cuenta. Por supuesto, mis padres
tenían cuentas corrientes en toda la ciudad. Mi necesidad de comprar a la
gente se incremento por un problema de peso que había comenzado a la
edad de tres años.
A muy temprana edad, aprendí a hacer una de dos cosas. Podía ir a un
negocio, comprar lo que quisiera y, cargarlo en cuenta. Después estaba
atenta a la llegada del correo; cuando llegaba la cuenta la tiraba. Al mes
siguiente, el estado de cuenta mostraría una deuda y, seguramente, mi
padre pensaría que se había olvidado. Mi otro método era cargar en
cuenta cualquier cosa que deseara, luego, escucharlos gritar, sabiendo
que no pasaría nada.
Cuando dejé mi casa para ir a la universidad, mi padre abrió una cuenta
corriente para mí, depositando una suma al principio de cada mes. Era
para pagar la renta del cuarto, alimentarme y para emitir un cheque para
cosas que yo necesitara. No me llevó mucho tiempo descubrir que podía
firmar cheques sin tener en cuenta el saldo y conseguir una explicación
escrita cuando el estado de cuenta llegara a la oficina de mi padre. El me
escribía una carta, con el detalle de los cheques, con una explicación sobre
lo que yo no debería gastar el dinero.
Crecí sabiendo que mi madre emitía cheques sin fondo todo el tiempo.
Cuando el banco lo llamaba a causa de esos cheques, mi padre llegaba a
casa vociferando. Por alguna razón, esto era esperado, ya que se
consideraban a las esposas “tontas” e “incompetentes”. Mí madre,
también me enseñó, que era correcto comprar algo cargándolo en cuenta,
esconderlo bajo la cama y después mentir, diciendo que eso no es algo
nuevo. Otro de sus mensajes, era que Dios contestará tus plegarias
cuando eres lo suficientemente buena, pero ninguno querrá casarse
contigo.
El escenario estaba listo, y créanme, la actriz, en mi historia, actuó muy
bien. El primer hombre que se acercó a mí para casarse, probó que ella
estaba equivocada, casándose conmigo aunque yo no lo amaba. Todas mis
amigas habían tenido hermosas fiestas de casamiento. Para no ser menos,
me casé. Una ceremonia y fiesta de bodas que costaron $10.000, en los
años sesenta, significaba una muestra de lujo y derroche. Noventa días
más tarde, estábamos separados y nuestro divorcio había sido solicitado.
Me mudé a Dallas intentando ser una gran chica y mantenerme por mis
propios medios. El único problema era, que nadie me había enseñado
cómo hacerlo. No sabía como conseguir un empleo, mantener equilibrada
mi cuenta bancaria o vivir de lo que hacía. La verdad de todo esto, era
que yo estaba enferma, que era una mocosa echada a perder. Mis abuelos
vivían en Dallas, y podía conseguir de ellos lo que deseara: dinero,
alimentos y cariño. Mi abuelo quiso compararme un auto, pero mi padre
dijo “No, ella eligió esta forma de vivir, dejemos que siga eligiendo”.
Rápidamente, encontré el esposo Número Dos. Era un ingeniero
simpático, bien parecido, tenía un auto nuevo, dinero en el banco, tarjetas
de crédito. Gasté todo lo que tenía antes y luego de habernos casado. Poco
tiempo después, lo despidieron de su empleo. En ese entonces, yo estaba
embarazada. Teníamos un auto nuevo y muchas cuentas.
Aquellos años fueron, realmente, una locura, pues yo llegaba al límite de
compra de cada tarjeta. Cuando las cuentas llegaban, las tiraba o las
escondía. Creía que, mágicamente, el dinero aparecería, y entonces, las
pagaría. Mentía cuando los cobradores llamaban por teléfono.
Más allá de todo esto, tenía un hijo, maravilloso, cariñoso e inteligente,
por cuya existencia agradecía a Dios todos los días. Me divorcié,
quedando mi hijo a mi cargo. Trabajé por un tiempo, pero fui atrapada
cuando estaba robando. Aún hoy, me sorprende que no hubieran
presentado cargos en mi contra. Después de haber perdido mi empleo,
visité amigos, fui de compras o hacía lo que sentía en ese momento. No
pagué las cuentas, no busqué otro empleo. Estaba viviendo una mentira.
Muy poco tiempo después, descubrí el mundo maravilloso de pedir
prestado. Mis días de trabajo habían finalizado. Era capaz de pedir
grandes sumas de dinero y así lo hacía. Nunca solicité un préstamo con la
intención de no devolverlo. Era sincera cada vez que pedía prestado.
Ahora, realmente no sé, como pensaba devolverlo. Vivía en el mundo
fantástico de la grandiosidad.
Durante los siguientes cuatro años, estuve relacionada, ayudando
económicamente a cinco personas. Comencé a ser arrestada por emitir
cheques sin fondo. Cuando vinieron a arrestarme del departamento de
policía, llamé al juez a mi casa. Esto funcionó por muy poco tiempo. Tuve
un buen abogado que, por una docena de veces, logró que los cargos se
cayeran.
Un día mi abogado me dijo: “Nunca más te voy a hacer favores”. Más
adelante fui atrapada al firmar otro cheque sin fondos y la fianza fue
fijada en $ 10.000. Durante una audiencia previa al juicio, el supervisor
de la fiscalía, me dijo que había dejado de contar cuando yo llegué a la
marca de $ 100.000. Otro abogado me asistió con respecto a la obtención
de la libertad condicional. He escuchado que la libertad condicional no es
nada más que un corto camino hacia ¡a cárcel. Para mí esto fue rápido.
Permanecí fuera de la cárcel durante seis meses. Lloraba las veinticuatro
horas del día y era un gran problema para todos. Rompí todas las reglas,
pero comencé a aceptar la realidad. Mi antiguo abogado y mi padre
trataron de sacarme de allí, pero me di cuenta que, obviamente, yo
necesitaba ir a la “Gran Casa” o mi esquema nunca se rompería.
Fui sentenciada a seis años, pero fui liberada después de dieciocho meses,
al tocarse las cuerdas políticas. Mis padres me compraron un auto y ropa
nueva. Fui a trabajar. Lo único que quería era trabajar toda la cantidad
de horas posibles. Comencé a hacer las cosas bien. Mi recuperación
comenzó más tarde. Encontré a Hijos Adultos de Alcohólicos y, por
primera vez en mí vida, comencé a sentirme normal.
Puse una tintorería, sin pensar como le pagaría a mis empleados, o como
iba a comprar elementos para el local sin dinero. Tenía clientes pero era
una lucha constante. Comencé a rezar acerca de esto y, poco tiempo
después, mis clientes me pedían si yo podía hacer esto … o aquello. Por
cierto, nunca me negué, y así, en un breve lapso de tiempo, me encontré a
mi misma en un negocio remodelado del cual no conocía nada. Pero, yo
sabía como planificar mí modo de llevarlo a cabo, conseguir el trabajo y
encontrar gente para hacerlo.
Sin embargo, necesitaba mucho más conocimiento del que tenía, dos
contratistas me cobraron alrededor de $13.000. Durante casi tres semanas
le robaba a Peter para pagarle a Paul. Paul falleció y Peter abandonó la
ciudad. En solo tres semanas había firmado cheques sin fondos por
$6.000. Una vez más había cruzado la línea y había emitido cheques sin
fondos.
Había oído hablar de Deudores Anónimos. Ahora el momento de encarar
que, aunque Hijos Adultos de Alcohólicos me había ayudado
tremendamente, mis problemas mayores eran el dinero y la comida.
Cuando llegué a mi primera reunión, sentía mucha vergüenza. Estaba
destruida. Rogaba no encontrar alguna persona conocida, pero había
algunas caras familiares.
Nunca olvidaré mi primera reunión. Alguien dijo que, esa semana nadie
había firmado un cheque sin fondos, casi me caigo de la silla. Esa noche,
no dije una palabra, a excepción de mi nombre. Cuando finalizó la
reunión, esperé afuera la salida de la gente. Cuando casi todos se habían
ido, regresé al salón y le dije al coordinador quien era yo, que había
estado en la cárcel por firmar cheques sin fondos y que, actualmente,
tenía $ 6.000 en valores dados en esa misma forma.
Las Reuniones de Alivio de Presiones habían sido mencionadas en la
reunión y pude comprender de que se trataban. Inmediatamente, pensé
que las necesitaba. Esta persona me miró y dijo: “Sí, creo que las
necesitas”. Al lunes siguiente de ese día, fui preparada para la Reunión de
Alivio de Presiones, pero también asustada. Me sentía tan avergonzada,
que no podía poner en palabras ese sentimiento. Mi Grupo de Alivio de
Presiones me sugirio pedir un préstamo de dinero para cubrir los
cheques, pero no lo hice. Volví a mí pensamiento mágico acerca de que el
dinero caería del cielo, volví a mí grandiosidad y a que yo estaba por
encima de la ley.
El Grupo de Alivio de Tensiones me dijo que yo necesitaba contactarme
con cada uno de mis acreedores y pedirles treinta días de gracia. Eso hice,
mis acreedores aceptaron. No solo llamé por teléfono sino, que escribí
cartas, eso me daría el tiempo necesario para solicitar un préstamo y
pagar esas deudas. Más allá de las llamadas telefónicas y el envío de
correspondencia, no hice nada para crear dinero. Recuerdo, que yo creía
que el dinero caía del cielo, o que alguien me lo enviaría por correo
porque yo lo necesitaba. Continué asistiendo a las reuniones.
Un día, alguien del departamento de policía vino a mi casa con una orden
de arresto. Yo no estaba en casa. No tenía miedo de presentarme ante las
autoridades, pero sí de volver a la cárcel. Por cuatro días no trabajé.
Estaba tan asustada, que solamente concurría a las reuniones y
conversaba con la gente. Fue en ese entonces, que una cosa milagrosa
sucedió en mi vida. Alguien me había dado la oración del Tercer Paso.
Era, solamente, una tarjeta y yo la puse en uno de los ventiletes del aire
acondicionado, en mi auto. Decía esa oración en cada momento, todos los
días. Lo digo con todo mi corazón, creo que éste fue el comienzo para mí.
En las primeras horas del quinto día de recibir la orden de arresto, el
nombre de mi abogado, su cara, su energía me rondaban. Sabía que Dios
había escuchado mis plegarias. Llamé por teléfono a mi abogado
diciéndole la verdad. Me sugirió pagar el cheque, que podría resultar un
delito grave para mí.
Tenía $ 400, pero necesitaba $600 más. Un miembro de D.A. tenía los
$600, y a través de la meditación y la lectura diaria, decidió prestármelos.
Pagué el cheque y la causa fue dejada sin efecto. Devolví el dinero a razón
de $ 50 por semana.
Todavía debía $5.000 en cheques de menor importe, ¿Esto me
preocupaba? No, volví al pensamiento mágico, regresé a mi trabajo, fui a
las reuniones y hablé con mi padrino. Decía la oración del Tercer Paso.
Al año siguiente, durante la primavera, un policía me hizo detener el auto
por una infracción de tránsito. El agente no tenía tiempo para esperar
que un patrullero me viniera a buscar, por eso me dijo que, me ocupara
de mis asuntos personales, sabiendo que había cinco causas menores en
mi contra. En ese momento, comencé a creer en Dios. Era escéptica
acerca de El, pero en el departamento de los milagros era más grande que
yo. Milagrosamente, todos aquellos cheques fueron tomados en cuenta
por mí, con la ayuda de Dios.
Continuaba yendo a las reuniones, llamando a mi padrino, hablando con
Dios, diciendo la oración del Tercer Paso y trabajando. Después de haber
trabajado durante seis meses para una mensajería, mi espíritu comenzó a
regresar. ¡Estaba recuperando la confianza en mí! Esta iba creciendo,
lentamente, pero crecía. La alegría y el lado creativo habían estado
muertos por tanto tiempo, que creía que nunca retornarían. He aquí el
resultado: un día, mientras manejaba, comencé a pensar que podía hacer
si yo tuviera mi propio negocio de mensajería. Decidí continuar, hasta
cumplir un año de trabajo, para quien yo estaba trabajando. Con doce
clientes, abrí mi propio negocio.
Hoy, a veces, todavía no puedo creer que yo sea inteligente, competente,
confiable, simpática. Comencé a tener ideas propias de una mujer dueña
de un establecimiento comercial minoritario. Con todo eso, no podía
equivocarme. Hablaba con mi padrino acerca de esto. Yo tenía una
creencia muy fuerte de que, si este era el deseo de Dios, entonces iba a
acontecer. Creo que, nunca antes, me sentí tan fuerte. Un día, alguien me
ofreció invertir en mi negocio. En ese momento, comenzó el trabajo
verdadero.
La compañía ha tenido sus problemas. Sé que no será una sorpresa que,
la mayoría de ellos, estarán centrados en el tener dinero o en la falta del
mismo. Proyecté que me faltarían $ 75.000, pero sé que sobreviviremos.
Siempre tengo presente que esta corporación es de Dios y no mía.
¡Cuántos milagros!
Diariamente, leo los libros de meditación, hago mis números, entrego mis
deseos y mi vida a Dios, llamo a mi padrino, asiste a las reuniones y hago
servicio. Si no fuera por la gracia de Dios, mis amigos y D.A., no estaría
hoy aquí.
EL MEJOR DISTRIBUIDOR MUNDIAL DE TARJETAS
Este hombre hacía uso de las tarjetas de crédito en forma desmedida,
hasta que él se vendió a sí mismo a causa de ellas.
Hace siete años, cuando asistí a mi primera reunión de Deudores
Anónimos no tenía experiencia y solamente un poco de conocimiento de
los Doce Pasos. Solo sé que tenía mucho pánico y que deseaba detenerlo.
La reunión de ese día estaba centrada en la herramienta de D.A.
“conocimiento”. Cuando los escuché definir el término, sabía que,
incómodo como me sentía, tenía que hablar. Esperé hasta casi la
finalización de la reunión para levantar la mano y decir: “Mi nombre es
———–“, “No estoy seguro cómo llamarme a mí mismo. Pero durante
los cuatro años pasados fui un distribuidor de tarjetas de crédito”. Hubo
un momento de silencio; después, cada miembro reaccionó a su manera.
Algunos solo me miraron con sorpresa, un hombre hizo la señal de la
cruz, pero la mayoría se rieron ante la ironía. Sus risas me hicieron saber
que estaban dándome la bienvenida. Mi recuperación comenzó.
Hasta 1985, yo no sabía como se usaba una tarjeta de crédito. Bueno,
sabía que con ella se compraba en un comercio y, a fin de mes, se pagaba.
En Nueva York, trabajé en la oficina de registro de la universidad.
Mucha gente pagaba sus aranceles con tarjetas de crédito y, a menudo,
alguien decía: ¿”Me la rechazan? ¿Por qué? Acabo de enviar el pago.
¡Estoy debajo de mí límite!” No tenía la menor idea acerca de lo que
hablaban, por lo tanto, solo decía “Bueno, señor, a nosotros no nos dicen
el porque. Quizás, el pago no haya llegado todavía.” Por lo general,
sacaban otra tarjeta y pagaban con ella.
Hasta ese momento sólo tenía una tarjeta que requería ser pagada cada
mes. Siempre lo hice, aunque frecuentemente, me dejaba sin dinero
suficiente hasta el cobro del próximo cheque. La idea de no comprar algo
por falta de efectivo, nunca me había ocurrido. Finalmente, obtuve mi
primera tarjeta de crédito, y así comenzó mi descenso hacia la insania. Yo
pensaba: “Esto es bastante simple. Compro algo, lo cargo en la cuenta y
me tomo un par de meses para pagarlo. Es fácil”. Seguro. Y si lo piensas
un poco, podrás ver el límite del mundo, porque es plano.
Después de mi graduación, me involucré en una relación amorosa.
Cuando ella me reprochaba por que no ganaba más dinero habiendo
obtenido un título, ignoré el hecho de que ella no hacía nada por tener
más ingresos. Fui a una agencia de empleo habiendo cambiado, por
completo, mi apariencia personal e ignorando la voz interior que me decía
que yo debería regresar a Texas. Hice la cosa “adulta” y traté de
encontrar un trabajo respetable.
Lo conseguí en la primera empresa que me entrevistó e ingrese como
secretario del Departamento de Viajes de uno de los más importantes
bancos de la ciudad. Siete meses más tarde, fui transferido a la división de
tarjetas de crédito. Para ese entonces, todavía tenía una sola tarjeta y
estaba comenzando a preocuparme porque arrojaba un saldo de $ 400, y
estaba pagando solo el mínimo mensualmente y la cuenta permanecía con
el mismo balance. Pero, en lugar de bajar mi deuda, usé la tarjeta para
comprar diversos trajes de acuerdo a mi nueva posición. Por supuesto,
busqué ofertas, comprando solo al precio más bajo. ¿Quién puede estimar
el precio eventual de cada cosa, con el interés agregado?.
En ese momento, los bancos comenzaron a experimentar un producto
nuevo llamado la tarjeta de crédito de “afinidad”. Estas tarjetas estaban
destinadas a personas que eran miembros de ciertas organizaciones, con
la promesa de que un porcentaje de cada cargo iría para la institución
que representaban. A mi empleador se le ocurrió sacar al mercado una
tarjeta para el alumnado del que fuera mí colegio, y cuando el director
del proyecto me pidió que aceptara la tarjeta, e informara sobre la
rapidez de las respuestas en cada caso, acepté alegremente. Para ese
entonces ya tenía una idea vaga de que la conducta con mi tarjeta de
crédito no era buena, por lo tanto me dije: “No deseo usar esta tarjeta;
solo la tomaré como un experimento, y nunca la usaré.” Rápidamente, la
puse en mi billetera. Es probable que llevó un año antes de que llegara al
máximo.
Uno o dos años más tarde apareció una de las señales de que estaba
camino a mi seguridad financiera: crucé el umbral hacia el mágico Reino
del Oro. Tan pronto como hice el suficiente dinero para calificar par la
tarjeta de Oro, presenté mi solicitud. Una vez más dije aquellas
maravillosas palabras: “Esta vez, con esta tarjeta haré las cosas bien. No
permitiré que un cargo permanezca más de un mes en la cuenta”. En
menos de dos años, había alcanzado el máximo, $5.000.
Mientras tanto, ¿qué hacia cada día en mi trabajo? Llegaba, me sentaba
en mi escritorio y trataba de imaginar como podía vender tarjetas de
crédito a la gente y como conseguir que ellos gasten más. Cuando cuento
mi historia en las reuniones de D.A., siempre bromeo que yo debía haber
sido muy buen referente de lo que hice por que funcionó sobre mí.
Al estar en el departamento de marketing de las tarjetas de crédito, yo
escribía las “novedades” que iban a los clientes, con el estado de cuenta,
cada mes. Escribí artículos describiendo vendedores que estaban
dispuestos a vender ítems únicos por teléfono, mediante la tarjeta de
crédito. También presentaba correspondencia fabricada, preguntando
sobre ciertos ítems como, por ejemplo, la seguridad con respecto a la
tarjeta de crédito, a lo cual respondíamos describiendo uno de los
“servicios” que nosotros ofrecíamos – por supuesto – por una pequeña
suma de dinero. Una vez por semana, teníamos una reunión
departamental, y el tema de estas reuniones era como conseguir que
nuestros clientes gastaran más. Aumentamos la línea de crédito, diciendo
que, hacíamos esto, porque nuestros clientes eran “valiosos” y
“responsables”.
Otra parte del trabajo era analizar cuales eran clientes potenciales que
podrían tener cargos grandes en sus tarjetas y quienes podrían algún día
decir:”Lo siento, no puedo pagar más.” Yo me pregunto como los
miembros de D.A. podrían considerar sus programas de computación.
Después de permanecer dos años y medio en este trabajo, acepté un
puesto en otro banco, el cual me ofrecía un salario mayor. No era este
nuevo sueldo el que me aumentaría mi standard de vida. En menos de
cuatro años, mí salario había aumentado de $17.000 a $ 46.000, pero
también, año tras año, crecieron las dificultades en mi vida. Estaba
viviendo en un deslucido departamento situado en planta baja. Mi
autoestima estaba tan baja que ni siquiera tenía mi propia cama; en
cambio, durante cinco años dormí sobre un sofá de segunda mano. Mi
dinero iba en cientos de direcciones, la mayoría de las cuales,
actualmente, no las recuerdo. Un día decidí comprar un pasaje a San
Francisco, usando la tarjeta cuyo pago debía hacerse cada mes, pensando
que ahora tendría dinero para saldarla cuando llegara el resumen. Por
supuesto, cuando llego ese momento, no tenía como pagarla, y después de
diversas llamadas telefónicas decidí cargar el pago en una de mis otras
tarjetas.
Esto sucedía al mismo tiempo que mi crédito comenzaba a no ser
aceptado en los establecimientos comerciales. Estaba 10% arriba del
“colchón” del límite de crédito que me habían otorgado los bancos.
Muchas veces salí de este apuro pero, cuando no podía era terriblemente
humillante. También comencé a rebotar cheques, pues firmaba cheques
para la protección del saldo de mi cuenta corriente. Aunque intentaba
controlar mi chequera, cuando llegaba el estado de cuenta mensual, la
guardaba en un cajón. Mi cuenta corriente y aún mis cuentas de ahorro
estaban siempre vacías, cuando estaba por llegar el próximo pago, y
recuerdo, haber llamado desesperadamente a la línea de información
automática, tratando de descubrir que cheques habían entrado en el
clearing, aterrorizado de que hubiera sobregirado demasiado y de no
recibir el pago de mi sueldo antes de que los cheques fueran rechazados.
También recuerdo haber estado corriendo por las calles de Manhattan,
tratando de conseguir adelantos en efectivo sobre mis tarjetas de crédito y
así poder continuar mostrando al mundo la imagen de un hombre con
dinero. Por entonces, súbitamente, las cosas comenzaron a cambiar. En
octubre de 1990, estaba comiendo en Greenwich Village, mirando
fijamente a la calle lluviosa, oscura y fría. Pensaba que tenía que irme de
Nueva York, pero carecía del dinero para hacerlo. Fuera de una cuenta
401 K, no tenía dinero en absoluto.
Menos de 12 horas más tarde, a la mañana siguiente, cuando llegué a mi
empleo, mi jefa me dijo que ella creía que ese trabajo no era el adecuado
para mí o que yo fuera la persona indicada para el mismo. Me preguntó si
estaba dispuesto a recibir, como compensación, tres meses de sueldo. Mi
mente corría velozmente, y me di cuenta que ella estaba hablando de
alrededor de $ 10.000 a $ 12.000. Le contesté que aceptaba. En noviembre
de ese año, dejé Nueva York, y me dirigí de regreso a Texas. Era la
primera vez que comencé a creer que quizás había un Dios.
Ahora que estoy en casa, me digo a mí mismo, que he dejado atrás una
vida horrible. Dejé de usar las tarjetas de crédito. Con mi terror y mi
vergüenza, atravesé la luz roja y, solo por la gracia de Dios comencé a
cubrir los cheques que todavía podían ser rebotados y evité
inconvenientes.
A mediados de enero de 1991, estaba en una librería y vi un libro acerca
de cómo salir de la deuda. Me dirigí a la biblioteca pública, lo pedí y
comencé a leerlo, pero lo cerré cuando llegué a la parte donde me decía
que dejara de lado las tarjetas de crédito. Aunque yo había decidido no
usarlas más, el pensamiento de no contar con ellas me golpeaba como si
me martillaran el pecho. Pero las puse en un sobre, lo cerré y las escondí
en un estante, del placard. A fines de enero, estaba conversando con una
amiga por teléfono, quien me describía los problemas con sus propias
tarjetas de crédito. Le comenté sobre la sugerencia que había leído en el
libro, y ella me dijo: “¿Tú quieres hacerlo?” “Hagámoslo ahora”. Tomé
mis tijeras, luego las tarjetas y las corte en pedacitos. Sentí que era libre y
una enorme sensación de alivio.
Decirme que destruyera las tarjetas no fue la única y maravillosa
sugerencia que me dio ese libro. También mencionaba un grupo llamado
Deudores Anónimos, justo como para personas como yo. Cuando leí
acerca de este grupo, decidí asistir.
Esa noche tuve que salir de la ciudad por varios meses, pero guardé el
libro. (Tiempo después la biblioteca no me cobró nada por haberlo
guardado tanto tiempo, porque consideró que fue una emergencia mi
salida de la ciudad – mi primer milagro de D.A.). Así, en abril de 1991, me
encontré sentado en un salón confesando que yo solía estar del otro lado.
Desde ese momento, comencé a concurrir a tres reuniones por semana.
Me llevó un tiempo meterme en el programa. Durante seis meses continué
pagando mis tarjetas de crédito, debitando el importe de las mismas de lo
que quedaba en mi 401K. Necesité esos meses para encontrar coraje y
pedir una Reunión de Alivio de Presiones, mi Grupo de Alivio de
Presiones, inmediatamente, me dijo que no hiciera los pagos,
demostrándome que yo no podía afrontarlos. En ese instante, finalmente,
admití mi impotencia ante la deuda. Escribí a mis acreedores,
explicándoles que no podía pagarles puntualmente y que lo haría cuando
me fuera posible. Ahí fue cuando comencé a vivir para mí mismo.
Durante varios meses recibí llamados, algunas veces seis por día, de los
departamentos de cobranzas de los bancos. Luego pasaron mis deudas a
los cobradores, quienes llamaban regularmente, algunas veces, intentando
hacerme sentir vergüenza por no tener el dinero para pagar. Uno de ellos,
llamó diez veces en algunos minutos y dejaba un mensaje abusivo en mi
contestador telefónico. Escribí a la compañía, amenazando llevar una
queja a la Fiscalía General de Estado. La ira hace maravillas por la
autoestima.
Mientras tanto, D.A. comenzó a producir milagros para mí. Desde que me
mudé a Texas, había comenzado a nutrirme volviendo a escribir y a la
fotografía, dos de mis pasiones. Una noche, estaba intentando mirar unas
fotos, pero la luz estaba demasiado baja. Tomé el libro que trataba el
tema de cómo salir de la deuda, lo abrí donde el autor relata como estaba
urgido por sus amigos (Grupo de Alivio de Presiones) a comprar una
mesa que él necesitaba, a pesar de que tenía cuentas que estaban por
llegar, pero sin tener ingresos previos. Compró la mesa y un dinero, que
no esperaba llegó a sus manos. Salí esa noche y compré una lámpara que
inundaba de luz a mi departamento, creyendo que si yo gastaba ese
ingreso extra, éste retornaría a mí. Mis fotos nunca se vieron mejor. Al
día siguiente, llamé por teléfono para participar en el estudio de una
medicación para el asma. No sólo me pagaron mi costoso medicamento,
sino que también me pagaron a mí.
Cuando mi cámara fue robada, a los pocos días, surgió una oferta de
parte de uno de mis antiguos jefes del banco, para hacer un trabajo
escrito en forma independiente. El pago fue, casi igual al costo de la
máquina. Dos meses más tarde, cuando recibí el dinero, compre una
nueva camara. Ese mismo día, sin llegar a desenvolver la misma, recibí
una llamada informándome que la máquina que me habían robado, había
sido recuperada, sin daño alguno. Devolví mi compra y destruí el cheque
que había firmado para pagarla.
Cuando necesité un nuevo empleo, traté de decidir que clase de empleo
era el adecuado para mí. Ubiqué la librería más cerca y me dirigí
directamente hacia allí. Había un cartel que decía: “Se necesita ayuda”.
Me presenté y me contrataron cuatro días más tarde. Todos milagros.
Hoy, me doy cuenta que puedo cubrir mis necesidades. El dinero viene
hacia mí, a veces misteriosamente, de formas impredecibles. Cuando mi
labor en la librería se tornaba dificultosa, le pedía a Dios que me guiara,
que me mostrara una señal de que todo estaba bien. Diez minutos
después, encontré un billete de $ 50 escondido en un libro; dos semanas
más tarde, encontré $ 96 en otro libro.
Hoy, todavía tengo deudas que ascienden a casi $ 10.000, pero sé que las
voy a pagar en término. Usando las herramientas de D.A., llamando a mis
amigos y a mi padrino, adhiriéndome a mi plan de gastos, escuchando a
mi Grupo de Alivio de Tensiones y guardando meticulosamente las
grabaciones, el miedo y la vergüenza acerca de mis deudas han sido
removidos. Cuando recibo una llamada ocasional de un acreedor, mi
corazón no golpetea como sucedía hasta hace un año.
Hoy, el milagro más grande que hay en mi vida es, darme cuenta que el
dinero es una pequeña parte de la abundancia. No tengo mucho dinero,
pero tengo una montaña de abundancia. Me tengo a mí mismo, tengo una
amistad con mí Dios amoroso. Cualquier otra cosa es de menor
importancia.
EL AMOR COMO EL DINERO; EL DINERO COMO EL AMOR
El dinero se convirtió en su medida para el amor y, finalmente, en su
amante. En D.A. ella aprendió a estar presente como mujer de negocios,
madre y esposa.
Cuando estaba en cuarto grado me volví obsesiva en lo referente al
dinero. Le pedí a mi abuela “sólo una pequeña cantidad” así podía ir al
centro a comprarme “una cosa chiquita”. Esa fue una rápida muestra de
lo que pasaría cuando fuera adulta.
El dinero en mi bolsillo me daba algo que me impedía ver mi soledad, me
sentaba con él y permanecía a solas con él. Comprar algo me daba la
sensación de ir a un lugar importante, y con una ráfaga de adrenalina y con un
sentimiento de excitación, me convertía en un ser valioso (por un rato)
mientras compraba mi regalo del día. Cuando me daban dinero, era una
persona amada, simplemente eso. Y sabiendo, que siempre podía, de alguna
forma, “conseguirlo”, me daba un sentimiento de poder y superioridad que es,
en otras palabras, definir el egocentrismo. Nunca me hizo sentir bien por
mucho tiempo. Entonces, pedía más dinero. No conseguía todo lo que
necesitaba. En lugar de obtener amor, sólo conseguía un sentimiento de
control y una “representación” de mi habilidad.
Como adolescente que era, lucir bien significaba ser deseada y admirada. Fui
elegida la Mejor Vestida dentro de la Clase Senior. El fotógrafo de la escuela
me tomó una foto mirándome al espejo. El reflejo de esos ojos azules, tristes y
el fantasma de una sonrisa pegada sobre mi cara me hace recordar a esa
canción de Peggy Lee: ¿”Es eso todo lo que hay?”
Después de mi graduación, me casé, depresiva y desesperadamente sola,
amando la unión de su numerosa familia y deseando compañía. Yo sabía que
él sería un buen padre, muy trabajador, y que me ayudaría a integrarme y tener
el sentido de pertenencia. Y sí, por todo esto, las perspectivas parecían buenas.
Compramos diversas casas, cada vez, mis planes de lograr mayor confort iba
en aumento. En diversas ocasiones, cambié por completo los muebles del
living-room. Los compraba y, después de algunos meses llamaba a la
mueblería, por haber encontrado algo mal y, de esta manera, se los llevaban de
vuelta. Siempre hice uso del crédito. Mientras tanto, no estaba muy
disponible para mis hijos, no tenía mucho tiempo para ellos, por lo muy
ocupada que estaba con diversas cosas, esas cosas de las cuales estaba
enamorada. Realmente, yo creía que si mi casa lucía lo suficientemente bien,
la gente desearía estar conmigo. No estaría sola.
Después de cinco casas, incluyendo un montón de mudanzas y problemas
matrimoniales, mi esposo y yo decidimos comenzar nuestro propio negocio de
construcción de viviendas. En mi hogar, que hacía las veces de oficina
trabajaba intensamente atendiendo los llamados telefónicos de los clientes,
dado que estaba ingresando mucho dinero, y yo deseaba gastarlo. Un día hablé
con quien nos rentaba nuestro hogar para poder construir, en la superficie del
terreno que estaba libre, una nueva casa. El banco nos otorgo un préstamo por
el total de la construcción. Me sentía muy inteligente y presumía de saber
sobre este tema. No tenía idea cómo pagaríamos esa hipoteca.
Pronto, quedó claro que mi matrimonio se estaba quebrando. Casi no tenía
tiempo para la intimidad, pues estaba preocupada acerca del dinero. De algún
modo, me había casado con un hombre que me dejaba sola mucho tiempo, y el
dinero se convirtió en mi amante.
Cuando, finalmente, me atreví a mirar nuestro estado financiero, y el estado de
mi matrimonio, decidí irme, dejándole todo a mi esposo. Me imaginé que él
no me había amado o deseado, por lo tanto, podía quedarse con las cuentas.
Pronto quebró y perdimos nuestra nueva casa. Yo estaba camino a un nuevo
matrimonio, por lo tanto el anterior no tardó en convertirse en un completo
desastre. Nos mudamos. Finalmente, nos divorciamos y me encontré viviendo
en un pequeño estudio-departamento. Mis hijos vivían con el padre. Tenía una
mesa, un colchón sobre el piso, que compré por dos dólares. Tuve problemas
para permanecer en cualquier trabajo. Me sentía cansada, sin esperanzas, solo
sobreviviendo, en la pobreza. Por lo general conseguía empleos que eran
insalubres para mí, trabajando en forma provisoria o siendo despedida. Yo
pensaba que ellos me debían mucho, y cuando se cansaban de mis tiempos
libres, me reprogramaban mis horarios de trabajo o me despedían, Más
adelante, encontré un trabajo en el cual ganaba un buen salario. Me convertí
en un ser estable. Me volví a casar y me mudé a un área de influencia en un
suburbio de la ciudad. El tenía una casa agradable, pero necesitaba atención.
Una vez más, fui a una casa de decoraciones, compré y gasté. Pero esta vez,
como estaba casada con un hombre con un empleo estable y excelentes
antecedentes respecto a tarjetas de crédito, ¡Yo tenía una!. Aún recuerdo como
me sentí cuando una vendedora, después de haber realizado una venta, me
llamó por mí nombre, diciéndome, “Gracias, Sra……. ”
Sentí una ráfaga de importancia y respeto. Por fin, estaba estableciendo un
buen contacto con el resto de la comunidad, ¡había comprado poder!. Tenía
una casa agradable, ahora mis hijos estaban conmigo, tenía un trabajo donde
era considerada “el eje de la rueda” y ganaba un buen salario: mi vida era
bastante respetable. Me sentía amada y respetada.
Después de haber financiado nuestra casa usando hasta el límite nuestras
tarjetas de crédito, una vez más, sabía que estaba en problemas.
Comencé a mentir acerca de mis ingresos. Adquirí cuatro tarjetas con límites
altos. Ahora, realmente, me había vuelto depresiva. Tenía miedo de dejar la
casa para ir a trabajar, dado que había estado alejada del mismo por largo
tiempo. Me sentía cada vez más sola. No quería ver a amigos, porque ya no
tenía buen aspecto. Todos estos meses mi autoestima no había funcionado y
ahora tenía tanto miedo que ni siquiera podía pensar. Unos meses antes de
llegar a Deudores Anónimos, me di cuenta que esta haciendo algunas cosas
mal y tenía la sensación que algo estaba terminando. Creí que ese algo podía
ser mi vida.
Primero, tomé dinero de una cuenta de inversiones de mi hija, cuyo importe
era el pago de una indemnización por un accidente causado por un conductor
ebrio. Cuatrocientos dólares no habían sido aún invertidos, y sin su permiso,
solicité que el cheque me fuera enviado. No le mencioné nada a mí hija sobre
esto, pues tenía el convencimiento que lo podría reintegrar. Por último, cuando
las clases estaban por comenzar, yo me hice cargo de la compra de su ropa
escolar, de modo que, en vez de que ella usara su dinero, yo me haría cargo de
esos gastos, deduciéndolos de la suma que le debía. Se volvió tan complicado
que, finalmente, me quebré y le dije a mi hija la verdad, que me sentía muy
mal, sobretodo, acerca de cómo una persona se siente al tener que necesitar
dinero de una hija de doce años.
Después fueron las tristes circunstancias de los certificados como regalos.
Cargué en cuenta certificados en dos establecimientos, por $ 50 cada uno, a
nombre de mi hija. Le pregunté si ella podía conseguir el retorno del efectivo,
en el caso que no encontrara algo como para ella; me contestó que sí. Cuando
fuimos a conseguir el dinero, ambos establecimientos hicieron un gran
alboroto, señalando que mi hija tendría que comprar alguna cosa. Adquirimos
medias y ellos nos reembolsaron el resto. Todo esto por $ 90 en efectivo y una
deuda mayor. Peor, estaba mostrando el camino a mi hija de cómo cargar en
cuenta, deber y cómo hacer algo deshonesto. Fue afortunada, ya que ella había
fírmado los certificados.
Llegué a Deudores Anónimos en agosto del 1992, en la que yo creo era la peor
noche de mi vida. No dije una palabra, apenas si miré a quienes estaban allí.
Nunca me había sentido tan avergonzada y con tanto miedo. Si hubiera tratado
de hablar, hubiera llorado. Seguí la sugerencia de concurrir a ocho reuniones
en las próximas semanas y continuar regresando. Lo hice concurriendo a dos
reuniones cada semana. Me quedó grabado la idea cuidarme en el gasto del
dinero y lo practiqué en los dos meses siguientes. Al llegar a la tercera
reunión, había aceptado un nuevo espacio, en un buen jugar, con buenos
compañeros. Sólo por la gracia de Dios, éste fue el momento para mí. Mi
esposo me acompañó a la cuarta reunión; en ella le oí decir que las cosas no
andaban bien entre nosotros y que tenía la esperanza que esas reuniones me
“ayudarían”. Me sorprendió que él hablara en una sala llena de gente
desconocida y más aún, acerca de nuestro problema matrimonial. Estaba
realmente atemorizada, y esto me demostró que nosotros dos estábamos ante
un problema profundo.
Al llegar el fin de semana, con todos nuestros hijos en casa, me levanté
temprano y fui de compras. Horas más tarde, me hallaba en el vestuario de una
gran tienda, transpirando y temblando, pensando que no podría salir de ese
lugar y que tendría que pedirle a la vendedora que llamara a mi esposo. Me
sentía inmovilizada, incapaz de tomar una decisión. Pensaba en cuanto
extrañaba mi hogar, que hubiera sido un buen momento para conversar con mi
hijo, y en cuanto deseaba verlos a todos, pero ya había transcurrido la mitad
del día. Finalmente, subí a mi auto y me dirigí a casa, dejando mis paquetes en
el vehículo con la intención de sacarlos más tarde. Antes de ir a casa había
pasado por el almacén, así pude decir que había ido a comprar allí y que fui a
dar una vuelta por ahí.
Al llegar a casa, me sentí enferma, me acosté y después de llorar largamente,
pedí ayuda. Llamé a alguien que estaba en programa. Afortunadamente, él
estaba tranquilo y me dijo que probablemente, había tocado fondo y,
realmente, eso me estremeció. Me sugirió que rezara y leyera el Primer Paso.
Yo nunca tuve demasiado confianza en el Primer Paso, pero ahora estaba
dispuesta a tenerla. Sabía que era impotente ante el gasto y la deuda, y que
solo un Poder superior a mí podría ayudarme. En cierta forma, le había creído
a mi amigo, quien había tenido que trabajar en el Primer Paso para dejar de
beber, pero no creía que yo podría estar tan fuera de control respecto a mi
“estúpida forma de gastar”. Esa tarde, tomé la decisión en dejar que Dios
cuidara de mí.
En el término de dos semanas mi esposo y yo tuvimos nuestra primer Grupo
de Alivio de Presiones. Las cosas parecían carentes de esperanza, y pensaba
que, probablemente, no había opciones. Pero, por primera vez, la realidad
aparecía bastante más clara. Preparamos un plan de acción y ordenamos los
horarios para nuestro nuevo Grupo de Alivio de Presiones. Parecía que todos
nos sentíamos mejor. Hice mi plan ideal de gastos, registrándolos por escrito a
todos ellos. A mí me encantaba esa parte. Después escribí acerca de mi salario
soñado. Por supuesto, a esta altura yo ya había gastado por alrededor de $
22.000. Aún, en el caso que tuviera ingresos anuales de $ 10.000, todavía no
me alcanzaba. ¡Por fin, la enfermedad, había comenzado a hablarme!
Nuestro siguiente Grupo de Alivio de Tensiones fue con un matrimonio,
ambos en nuestro programa. Mi esposo creía que este programa era grandioso
para mis problemas con el gasto pero, que el no veía el porqué él lo
necesitaba. El sólo pagaba las cuentas, eso era todo. A medida que la
confianza fue creciendo, me di cuenta que, la razón por la cual teníamos
cuentas separadas podría tener algo que ver con la confianza y los secretos.
Estaba muy agradecida con la pareja que habla tomado una responsabilidad
solidaria con respecto al gasto y a la deuda. Obviamente, esto no involucra a
una sola persona.
Aprendí acerca de mis gastos y como me sentía desvalida o, cuando mis
necesidades básicas no eran cubiertas, después de pagar mis cuentas me sentía
enojada y compulsiva. Me di cuenta que, lucir resplandeciente para ocultar
que me sentía mal, nunca había funcionado. Nunca me había hecho sentir
conforme conmigo misma. Descubrí que en mi “imprecisión termina¡”, nunca
había sabido cual era, realmente mi propio negocio, aunque fueron las
ganancias de mi negocio las que nos calificaba para tener un bajo interés sobre
el préstamo para la casa, ahorrando dinero sobre nuestra hipoteca y reduciendo
notablemente nuestra deuda.
A principios de diciembre, fuimos a un plan de gasto todo en efectivo. Nuestro
mejor regalo fue una Navidad sin crédito. Al día siguiente a Navidad, nos
miramos uno al otro y sonreímos, sabiendo que no debíamos nada a nadie y,
con la paz mental, que el actual era el camino correcto.
Yo había tenido la esperanza que nosotros podríamos ser una de aquellas
parejas del programa que podían construir una nueva vida, perdonar y
comprometerse con el programa. Pero esta era una enfermedad peligrosa,
rampante e insidiosa, que podía matar, y algunas veces, hay mucho daño y
negación hasta que es demasiado tarde.
Los milagros suceden. Y este programa funciona. Puede ser que no funcione
la manera que lo planeamos o lo soñamos, pero los compañeros en las
reuniones y el Grupo de Alivio de Presiones, son mensajeros del espíritu de
este programa de salvar y cambiar vidas. Ahora tengo apoyo y amistad, amor
e intimidad y una nueva familia con este programa. Ahora puedo elegir
opciones para mi crecimiento y mi felicidad y la de mi hija, moviéndome
hacia delante y viendo como quiero vivir mi vida. Actualmente, en lugar de
desear lucir muy bien para que mi familia me quiera, estoy viviendo
abiertamente, de acuerdo a mi verdadera naturaleza. De algún modo, cuando
dejé de esconder y estar vacilante acerca de mis gastos, me volví clara acerca
de las áreas de mi vida. En lugar de actuar como lo hacía antes, bajo la
creencia de cuan desagradable era, descubrí que allí había estado un hermoso
cisne – con fuerza, coraje, con todo.
Si el refrán “Tú tienes que perder una vida para ganar una vida” es verdad,
entonces, yo le agradezco a Dios por mi nueva vida.
SALIR DE LA PERDIDA
Esta codeudora vino a D.A. a causa de “su problema” y,
eventualmente, salió de la negociación y de la privación.
Yo asistí a mi primera reunión de D.A. porque mi esposo tenía un
problema de deudas. Un par de meses antes, él había confesado
tener, en la tarjeta de crédito más de $ 20.000 de deuda, suma que
le sería muy difícil de pagar. Esta confesión la hizo tres días antes
de nuestra boda, pero, a pesar de eso, me casé con él. Cuando fui a
esa primera reunión de D.A., yo tenía una deuda de un par de miles
de dólares en mis propias tarjetas de crédito, apoyando a mi
esposo. En D.A. quería aprender como evitar ser “codependiente”
con sus deudas.
Anteriormente, yo había estado involucrada en otro programa de
Doce Pasos. No pensaba que D.A. pudiera ser un programa para mí.
Cada mes, pagaba mis tarjetas de crédito y, nunca en mi vida, había
sido extravagante con el dinero. En resumen, todo lo contrario a
como se manejaba mi esposo.
Continué asistiendo a las reuniones de D.A. buscando una respuesta
a mi codeuda, pero me encontré extrañamente identificada con lo
que se decía en las reuniones. En una reunión se necesitaba una
persona nueva para la literatura, y al no surgir otro miembro
voluntario, me ofrecí. Dos meses más tarde, volví a la reunión y se
me pidió que informara acerca de mi servicio. Me quedé sin aliento.
¡Me había olvidado por completo de mi compromiso! Me ofrecí a
cumplir con el mismo, si el grupo todavía lo aceptaba. Gracias a Dios,
dijeron que sí. Para hacer el servicio tuve que asistir a las reuniones
durante seis meses, período durante el cual comencé mi propia
enfermedad referente a la deuda, con un creciente disconformismo.
Cada miércoles, antes de cada reunión, me decía a mí misma “Yo no
tengo un problema relacionado con D.A.. Voy solo para cumplir con
mi servicio. Pero, como es otro programa de Doce Pasos, no me va a
hacer daño”. Y, cada mañana, después de las lecturas cotidianas, me
decía: “Oh, sí, éste es mi lugar de pertenencia.”
D.A. me había ayudado a recobrarme de mi propia enfermedad.
Aunque nunca había sido extravagante respecto al gasto, me había
enfermado de otra forma, opuesta a ésta. Para mí era como la
“anorexia” es a la “sobrealimentación”. Yo guardaba mi dinero de
cada cheque que recibía como pago, iba directamente a mi cuenta
de ahorro, extrayendo sólo pequeñas cantidades, sólo en caso de
necesitarlo. Era muy estricta conmigo misma. Tiempo atrás, me las
ingeniaba para gastar menos de $ 5.000 en más de seis meses.
Llegué a D.A. con un guardarropa completamente deficiente en todo
sentido, salvo algún trajecito, pues consideraba que solo debía
gastar dinero en ropa para ir a mi trabajo (fuente de mi dinero).
Inmediatamente después de haberme unido a D.A., mi guardarropa
seguía siendo el mismo, a pesar de tener pagas mis tarjetas de
crédito y haber ahorrado dinero. Mi ropa interior estaba en
condiciones lamentables. Tenía tan poca cantidad de conjuntos, que
cada dos o tres noches debía lavarlos a mano. Solo tenía un par de
jeans, siendo mis únicos vestidos uno que no me hacía lucir bien y
otro que me había costado $ 3,00 en una liquidación. Tenía
numerosos pares de zapatos inadecuados o estrafalarios para usar,
porque los había comprado irreflexivamente. Ellos habían estado en
liquidación, difíciles de resistir, con precios rebajados hasta en un
70%. Mis zapatos restantes estaban en desuso. Cuando se me
rompía la correa del reloj lo usaba guardándolo en mi bolsillo.
La palabra para esto es “privación”. Viví en la privación,
profundamente convencida de que “no necesitaba” nada más. Tener
conocimiento de cualquier tipo de “necesidad” era insoportable para
mí. Pensaba que no carecía de ninguna cosa. Esa creencia – otros
necesitan cosas agradables pero yo no – ayuda a explicar mi
particular generosidad hacia los demás con mi dinero. La mayoría de
los mendigos que pasaron a mi lado obtuvieron dinero de mi bolsillo.
Hace pocos años, gasté un mes de mi salario, para comprar regalos
de Navidad. Cuando, por primera vez, registré la totalidad de mis
gastos, descubrí que, en un mes, había gastado $ 97,00 en limosnas
y en caridad, y $ 1,00 en el alquiler de un video, a mitad de precio,
para mi entretenimiento. Entonces, me di cuenta, que tenía que
cambiar.
También tenía otros síntomas. Odiaba desprenderme del dinero
acumulado, con lo que pagaba mis cuentas con atraso. Tenía
tendencia a colocarlo en el “lugar equivocado”, a menudo, recibiendo
información desacoplada. Nunca supe con certeza cuanto dinero
tenía escondido, o estimando una suma mayor o menor. Una vez,
tuve que preguntar en la Universidad si había pagado los $ 8.000
correspondiente a ese semestre. En la cuenta bancaria tenía $
10.000 y ni siquiera sabía si yo tenía $ 10.000 o $ 2.000 para el
resto del año. Este tipo de situaciones sucedía frecuentemente,
porque yo estaba, compulsivamente, sin estar atenta a mis finanzas.
El tiempo ha sido otro problema para mí. Soy una “deudora de
tiempo” crónica, creando el caos en mi vida por no tener noción del
tiempo. No tengo idea cuanto tiempo se necesita para llegar a un
lugar: me “olvido” de acostarme temprano para lograr un buen
descanso, me despierto tarde y sufro, todo el día del “efecto
dominó”. Habitualmente, llego tarde a mis compromisos y a mis
reuniones de los Doce Pasos.
Hace, aproximadamente, ocho meses y después de seis meses de
asistir a las reuniones de D.A., atravesé mi espesa negativa y
comenzó mi volver a vivir. Hoy, mis viejas conductas, son cada vez
menos frecuentes, y me siento menos avergonzada. Ocasionalmente,
puedo olvidar cuanto dinero poseo, pero al alcance de mi mano,
tengo un exacto registro para consultar en caso necesario.
Milagrosamente, tengo conocimiento de cuanto dinero gasto por
mes y en que lo gasto, de esta forma, se cuánto ingreso necesito.
Ahora mismo, estoy buscando un nuevo empleo, demandando un
mayor salario porque lo necesito. Más aún, creo que me lo merezco.
Mi lista de pertenencias se ha expandido. Me estoy aproximando a
esta Navidad con el conocimiento de que soy “suficiente” y que no
necesito comprar amor con regalos generosos que no puedo
afrontar. Otros tipos de nuevas claridades son evidentes: Hace
poco compré un seguro de vida para mí y para mi esposo. Nada de
esto ha sido fácil; casi me enfermé del estómago después de
comprarme un lindo reloj. El cambio nunca es fácil, pero, tú sabes
que vale la pena.
HAY UN MONSTRUO VIVIENDO DENTRO DE MI
“Cuando perdí mi primer diente, los ratones me
dejaron un vale bajo la almohada”.
Hay un monstruo viviendo dentro de mi, al cual llamo
“”No lo suficiente”. Cada vez que intento alimentarlo él
grita “¡quiero más cosas!”. Una bicicleta, ropa
elegante, muebles nuevos, alguna joya, vacaciones
alrededor del mundo, todo tipo de detalles. Estas mas
cosas las he usado para satisfacer su feroz apetito.
Finalmente, me encogí de hombros y me dije que había
intentado hacer lo que podía. Después, planeo
ignorarlo cuando él comienza con su habitual apetito,
pero grita más vigorosamente: “¡Eh, tú eres No lo
suficiente!” Mi único argumento para manejar esto, es
que llamo a mi Poder Superior, ¡funciona! Yo digo: ‘
Poder Superior, necesito tu ayuda. Por favor, haz callar
a este gran gorila.” El Poder Superior me sienta sobre
su regazo y pregunta, “Hijo, cuando veas que la única
manera de silenciarlo es ¡llenarlo de mí!”
Ahora sospecho que el verdadero monstruo estuvo
manejando los primeros diez años de mi vida, a la cual
recuerdo como de haber sido de mucha privación. Mi
padre estaba en la escuela de farmacia, mientras mi
madre trabajaba como secretaria. Éramos tan pobres
que, cuando perdí mi primer diente, los ratones me
dejaron un vale bajo la almohada. Mis padres habían
buscado, alguna moneda, por toda la casa y, después
de una infructuosa búsqueda, hasta entre los
almohadones de los sillones y el cenicero del auto,
decidieron dejarme un vale. Mi padre le pidió un
penique prestado a un compañero de clase y, a la
noche siguiente, lo puso bajo mi almohada. De esta
manera, se produce mi introducción a la deuda.
Viviendo bajo tales condiciones de privación, yo estaba
constantemente alertado de que no había lo suficiente.
Nuestras necesidades básicas, apenas podían ser
cubiertas. Este estándar de vida continuó hasta que mi
padre se graduó. De un día para el otro, pasamos de la
privación a la abundancia. De repente, había dinero
para gastarlo frívolamente. Durante mi adolescencia
tuve varios y singulares empleos, y tan pronto cobraba
mi cheque, lo gastaba. Cuando le pedía a mis padres
más dinero, ellos exclamaban: “Acabas de cobrar el
sueldo, ¿qué pasó con tu cobro?” Yo no tenía ni idea a
donde podía haberse ido. Parecía que se me escurría
entre los dedos. Esta vaguedad fue una de las
principales características de mis años de deuda.
Nunca sabía a donde iba mi dinero. Retiraba $40 del
banco y al día siguiente no me quedaba ni un peso, y
me preguntaba que había sucedido con dicha suma.
Nunca aprendí el valor del ahorro. Era como sí hubiera
un monstruo dentro de mí que necesitaba una
gratificación inmediata. No podía ser al otro día, el
monstruo necesitaba más y más y lo necesitaba ahora.
A medida que pasaba el tiempo mi vaguedad respecto
al dinero iba aumentando. Solicité, estando en la
escuela un préstamo, me fue otorgado, pero en lugar
de usar el dinero para cubrir gastos que hacen a la vida
cotidiana, lo gasté en otras cosas. Después de
graduarme, me otorgaron dos tarjetas de crédito y, de
esta manera, comenzó mí descenso al infierno.
Comencé a cargar las tarjetas ignorando la llegada de
las cuentas. Pronto comenzaron a llegar las llamadas
de los acreedores. El teléfono se convirtió en mi
enemigo temblaba cada vez que éste sonaba. Estaba
tan agotada, que a veces no lo atendía o, sí lo hacía,
simulaba ser otra persona. Ahora, me doy cuenta que
estaba enferma…. ¡Tomaba mensajes para mí tratando
de no vivir la realidad!
Las cosas fueron de horrible a estar en una encrucijada
hasta que, finalmente, decidí irme a otras ciudades con
la intención de comenzarse nuevo”. En el programa de
los Doce Pasos, esto es conocido como una cura
geográfica. Mis padres, impotentes, se negaron a que
archivara la deuda, a pesar de mis 27 años de
entonces. Aceptaron pagarme la deuda con la
condición de devolverles dicha suma en cuanto me
fuera posible. Acepté, pero igualmente, me mudé de
Nueva Orleans a San Francisco, para “empezar fresca”
esta nueva etapa. A pesar de que no podía cargar más
cuentas en las tarjetas de crédito, comencé a deberme
a mí misma de otra manera: ganando menos,
obteniendo menos logros, poniendo las necesidades de
los otros por encima de las mías, mientras me negaba
cosas a mi misma. Incluso, “tomé prestado” dinero de
la tesorería del grupo de Doce Pasos donde hacía
servicio. Mi “empezar fresca” pronto se convirtió en la
misma vieja rutina.
Finalmente, me di cuenta que no podía seguir así. Fui a
D.A., me senté en silencio, mientras otros hablaban.
Me sorprendí al ver como me sentía identificada con
aquello que ellos compartían, Comencé a trabajar en el
programa de D.A. Me sentía como una recién llegada,
aunque había estado limpia y sobria por más de seis
años. Unos pocos meses después de mi llegada a D.A.,
un primero de enero, comencé a anotar mis gastos
diarios. Inmediatamente, me di cuenta que la
vaguedad que me había dominado por años, se
desvanecía. Comencé a tener esperanza. Formé un
Grupo de Alivio de Tensiones, y ocurrió el milagro más
admirable: Dejé de preocuparme por el dinero. De
alguna manera, me di cuenta que yo estaría bien, un
día a la vez. Mi Poder Superior me estaba cuídando y, en la medida, que
yo continúe accionando y trabajando en los Pasos, lograrla llevar a cabo lo que
me propusiera. Nueve meses después de haber llegado a D.A., conseguí un
empleo con mayor salario. Estaba asistiendo, regularmente, a los Grupos de
Alivio de Tensiones y, había estado participando en otros desde que cumplí
tres meses en el programa. Me he aproximado a mi familia para cumplir con el
pago de la deuda. Ya cancelé algunas cuentas. Ahora, estoy aprendiendo a
poner, en primer lugar, mis necesidades.
Estoy aprendiendo a ser responsable, ser un ser humano productivo, por
primera vez en mi vida.
D.A. es un programa de acción y encontré que, el hacer servicio es una buena
manera de seguir conectada con el programa; esto me conserva activa. Este
programa me ha demostrado que el universo es abundante y que yo me
merezco una porción de esa abundancia: Todo lo que tengo que hacer es
¡pedirla! Lo más duradero y lo más importante es que D.A. me hace traer a mi
memoria mis visiones y suenos para conmigo.
D.A. me dice que la única cosa capaz de impedir que realice mis sueños soy
yo. Mi gratitud hacia Deudores Anónimos es inmensa. ¡gracias Dios, por
D.A.!
UN ARTISTA PARA EL ESCAPE
Este deudor solamente creaba prisiones hasta que aprendió a usar las
herramientas de D.A.
Mis problemas con el dinero, literalmente, comenzaron en mi niñez, pero, en
forma rápida saltaré años de mi vida, hasta detenerme en el verano de mis
treinta años. Mi novia me dejó luego de haberia convertido, económicamente,
en deudora y dependiente. Después de la ruptura, una amiga generosa y
compasiva me llevó a su departamento de un ambiente. Allí, yo dormía en el
suelo sobre un colchón. Ella trabajaba. Yo era un miembro de Al-Anon y
A.A., concurriendo a las reuniones de los Doce Pasos día y noche para poder
mantener cierta serenidad. En adición a mis sentimientos de sentirme
desvastado por el final de esa relación, mi único ingreso era el modesto
cheque de desempleo que recibía cada dos semanas. No tenía dinero para
mudarme, ni para pagar la renta, solo tenía dinero para comer y el transporte.
Sabía de D.A., pero yo estaba tratando de aguantar y salir adelante. ¿Quién
podía tener tiempo para otro programa de Doce Pasos?
La única buena noticia, de acuerdo a lo que yo pensaba, era que me había
mudado y ninguno de mis acreedores sabía donde estaba. Durante años fui
acumulando mas de 30 acreedores a quienes adeudaba mas de $13.000. Yo me
sentía, temporariamente aliviado cuando me mudaba, lo cual ocurría con
frecuencia, y podía escapar de la correspondencia por un tiempo. Me adeudé
haciendo cosas como tener prolongadas comunicaciones telefónicas a
distancia por mas de $1.000, no pagando la factura. También pedía préstamos,
dinero que gastaba rápidamente sin tener ninguna manera de saldar los
mismos. Además, yo no había pagado los impuestos durante cinco años y
además debía otros $30.000 al gobierno que me lo notificaba todos los meses.
Definitivamente estaba arruinado. Por el momento la casa de mi amiga era el
único lugar que tenía para estar. Muy pocas personas sabían donde yo estaba.
Cuando ellos me encontraban, yo las ignoraba.
Era muy duro creer que nuevamente me estaba ocultando. Acostumbraba
hacer esto. Mis otras experiencias de Doce pasos todavía no me habían
corregido mis defectos de carácter debido a mi falta de dinero y
responsabilidad, el buzón del correo había sido mi enemigo. Todos querían
algo que yo no podía dar. No podía enfrentar la idea de ir cerca del buzón sin
sentir un miedo intenso.
Acumulé más de 175 piezas postales que no fueron abiertas. Pensaba que si no
las abría estaba a salvo de los problemas que yo no podía enfrentar.
A las dos semanas de estar viviendo con mi amiga comencé con gran
resistencia a buscar trabajo. Lo hice por mas de dos meses, pero los resultados
fueron negativos. Es posible que mi actitud tuvo algo que ver con esto. Mi
amiga estaba sintiendo el comprensible cansancio que provoca el tener que
estar dos personas en un espacio tan pequeño. Yo estaba desesperado, sabía
que no podía permanecer con mi amiga para siempre, pero no podía afrontar
una mudanza. La búsqueda de un empleo estaba en un punto muerto.
Necesitaba dinero y el tiempo seguía corriendo. Había sido siempre un artista
para el escape, escapando de cada problema que tenía pero el actual no era tan
fácil.
De alguna manera me surgió la idea de hacer dinero de otra forma: dar una
conferencia y cobrar la asistencia a la misma. Si tenia éxito, me diese el
suficiente dinero para encontrar un pequeño respíro financiero. Para llevar a
cavo este plan tuve que usar constantemente el teléfono de mi amiga y
convertir el departamento en mi oficina. Como la mayoría de los artistas del
escape no me fue difícil convencerla. Ella aceptó creyendo que así me
ayudaría a mudarme. Después de una semana de haber comenzado a trabajar
sobre la conferencia que me “salvaría” la tensión entre ambos comenzó a
aumentar. Estaba siendo lo mejor de mí mismo para que la actividad en su
departamento fuera mínima, pero la organización de la conferencia estaba en
marcha. Durante tres meses hubo constantes llamadas telefónicas, planes,
papeles por todos lados. Una combinación de trabajo intenso hizo de la
conferencia un modesto éxito financiero. Si miro para atrás que mí Poder
Superior me estaba cuídando.
Como cualquiera de ustedes puede imaginar en el mismo momento en que la
conferencia terminó mi amiga me preguntó cuando me mudaba. En un
sentido, ella se había convertido en otro acreedor deseando saber cuando yo
me iba a ocupar del problema. Yo estaba viviendo con un ‘acreedor’. Sentí
mucho dolor y resentimiento hacia ella. No tuve ni siquiera un segundo para
disfrutar mi triunfo, ni siquiera un día para descansar. Mi enojo estaba
justificado. Mis pensamientos distorsionados me decían que cuando yo estaba
caído la gente debía darme un respíro, su comprensión y su compasión aunque
yo les devolviera muy poco. ¡Cómo ella se atrevió ella a tener esta actitud
hacia mí! Si miro hacia atrás veo que yo fui arrogante y estaba lleno de miedo
pretendiendo ser el centro de atención. Ahora otra mujer me había pedido que
me fuera, tal como lo había hecho mi novia con anterioridad.
Este fue un terrible recuerdo de lo perdido que yo estaba. Aunque yo tenía un
poco de dinero no sabía a donde podía ir. Sin ingresos fijos y con unos pocos
amigos, no tenía perspectivas reales. Mis problemas con los acreedores
estaban aumentando y yo no sabía que hacer. El miedo acumulado durante
todos esos años era una carga pesada para mí y ya no podía escapar. Me sentía
torturado y se cruzó por mí mente la idea de dejar este mundo.
Dos días después que mi amiga me pidiera que me mudara recordé a D.A.
Muchos meses atrás un compañero de un programa de los Doce Pasos me
había hablado de D.A. y en aquel momento fuimos juntos a una reunión pero
yo pensé que aquellas “personas” estaban chifladas. ¡Me pidieron que
escribiera todo lo que yo gastaba! ¡Que llevara registro de las personas
aquienes yo les debía dinero! ¡Me pidieron que me sentaran con otros y que
ellos me sugirieran como gastar mí dinero! Esta vez yo fui a las reuniones
dispuesto a escuchar. Mí intenso dolor, finalmente me había hecho estar listo
para algo, para cualquier cosa. La desesperación me hizo más razonable.
Ahora, agradezco a mi Poder Superior por este sufrimiento, porque cuando me
vuelvo loco, cosa que todavía sucede, el sufrimiento me hace estar dispuesto.
El estar dispuesto se ha convertido en la llave de mi recuperación.
Cuando mi disposición me llevó a escribir mis cifras, mirando la verdad,
comencé a gastar menos. Vi que no era un gastador compulsivo, pero había
estado ganando tan poco y no había podido tener gastos razonables. En efecto,
yo no había gastado en áreas esenciales como dentistas, médicos, ropa,
vacaciones, etc. Aquellas cosas habían sido para otros no para mí. Cuando
estuve dispuesto a convertirme en una persona solvente y permanecer como
tal otras opciones con las cuales’nunca había soñado habían aparecido frente a
mí. Sobre todo cuando estuve dispuesto a ir a las reuniones a hacer llamadas
telefónicas y escuchar las sugerencias del Grupo de Alivio de Presiones, mis
perspectivas cambiaron por entero.
Por medio de las sugerencias del Grupo de Alivio de Presiones, comencé a
comunicarme con ellos, a escuchar sus experiencias. Aunque yo tenía
habilidad y talento para ofrecer, los había estado usando para planear y llegar
a algo en la vida. Todavía, hasta ese momento, estaba usando mis fondos con
integridad. Estaba haciendo trabajos de oficina y algunas otras pocas cosas
para ganar dinero. Mi memoria es muy conveniente. También trabajé
ilegalmente, “en negro”, porque necesitaba sobrevivir.
Seguí ganando poco y viviendo en el límite, sin confianza en mí mismo. Pero,
pude salir de la trampa. Así es como lo logré.
Estaba trabajando en el programa, haciendo economía, pero no estaba
dispuesto a dejar mi juego respecto al desempleo. En un Grupo de Alivio de
Presiones me preguntaron si, alguna vez, había separado, de mis ingresos,
dinero para el pago de los impuestos. Me estremecí y contesté: “No puedo”.
Sabía, en forma muy vaga, que tenia que separar dinero para el pago de los
impuestos, pero ¿cómo podría hacerlo, cuando durante algunas semanas,
ganaba $ 50?. ¿Cómo era posible tomar $15 y ponerlos aparte?
Con la guía gentil y persistente de los miembros, acepté separar un 30% de
cada cheque que recibía por consulta, para los impuestos, sin importar cuales
fueran. Me dolía cada hueso de mi cuerpo por el miedo que tenía de hacer
esto. Me había escondido, durante años, de las autoridades impositivas, no
había dinero para pagarles, a ellos, esos malos muchachos. Ahora, el dinero
que necesitaba para vivir, estaba yendo hacia ellos. Pero como lo discutimos
en el Grupo de Alivio de Tensiones, separar el dinero no era salir de la deuda,
sino que, también, había que demostrar mi disposición para que, un Poder
Superior, reemplazara esto, y de alguna manera, cubriera mis necesidades.
Este fue mí primera prueba de actuar con fe, confiando en la sabiduría de los
otros. Después de eso, cada vez que recibía un cheque, guardaba un 30% para
los impuestos.
Con este acto de buena disposición, y otros similares, mi vida cambió
drásticamente. Recibí más abundancia de la que yo creía que era posible. Aún
no estoy seguro por que me pasa esto. Lo que hace la diferencia es la
demostración de fe. Cuando sobreviví y comenzó a ingresar más dinero, a
través de mis acciones, me parecíó que había ocurrido un milagro. ¿Por qué,
por qué, me había resistido durante tan largo tiempo? Por supuesto, yo tenía
fantasías de estabilidad financiera, pero, realmente, nunca creí que podría
lograr un confort económico, pagar mis deudas y dejar de vivir “en el límite’.
Quizás, mi Poder Superior necesitaba que, primero aprendiera algo y que
luego lo enseñara a otros. Cuando estuve dispuesto a guardar ese 30% y
escuchar la sabiduría de D.A., mi vida mejoró, mejoró y sigue mejorando.
Desde mi llegada a D.A., he abierto aquellos sobres que había apilado. Ahora,
abro mi correspondencia diariamente. Ya no tengo miedo, pero siempre estoy
atento a la llegada de la correspondencia. A propósito, en dos de los sobres
que no había abierto, había dos cheques a mi orden. He guardado los impuesto
anteriores y le estoy haciendo a las autoridades impositivas una oferta para
pagar mi deuda. Ya pagué un tercio de la misma. Paguéa diez acreedores y,
regularmente, estoy haciendo pagos a otros. Ellos, ahora saben, que recibirán
lo adeudado. Mis ingresos aumentaron más del 75% durante los últimos dos
años, y cada semana ahorro dinero. Cuando visitó a mi familia, en el
centrooeste, pago mi boleto de avión y tengo el dinero para la estadía en un
hotel, alquilo un auto y aún me que da dinero para salir con mis sobrinos.
Al escribir estas experiencias, brotan lágrimas de mis ojos; porque cada año,
en cada visita, me alojaba en casa de mis padres, les pedía prestado el auto y
me sentía avergonzado de lo poco que tenía que gastar. Ahora los puedo
visitar como una persona adulta.
Mi madre me dijo: “¿Cuánto cuesta el boleto del avión? ” Le contesté:”No te
preocupes, yo lo pago”. Ella agregó: “Bueno, tú sabes que no puedo ir a
visitarte a Nueva York, por ese motivo, tu padre y yo te enviamos dinero.”Le
contesté: Ya sé. Pero yo me voy a ocupar de este tema. Estoy bien. Gasten el
dinero en cosas para ustedes”. Comenzó a llorar. Finalmente, el dinero no fue
un obstáculo entre nosotros. Ahora, había lugar para los sentimientos y el
crecimiento.
Mis padres habían vivido la época de la Depresión en el país. Nunca se dieron
a ellos mismos mucho de alguna cosa y sufrieron la carestía y la privación.
Cuando yo era un niño, les pedí recibir 25 centavos cada semana, ellos me
dijeron que no podían hacer frente a ese gasto. Yo sabía que ellos podían, pero
me estaban diciendo que no tenían lo suficiente. Mi insanía con el dinero y la
deuda se evidencia en mi creencia de que no hay suficiente, y que nunca lo
habrá. Mis padres nunca sintieron que tenían lo suficiente. No me podían dar
lo que ellos no podían darse a sí mismos así fueran solo 25 centavos dados con
amor. Mi disposición a venir a D.A., me permitió comprobar como esas
actitudes equivocadas habían sido experimentadas por mi familia y por
muchas otras familias.
Desde una casa muy pobre, desde el piso de un departamento de un ambiente,
ahora he llegado a tener un lugar amplio para vivir, ingresos estables y un
negocio floreciente. Ya no estoy esperando que el dinero se me vaya de las
manos antes de que yo entre en acción. El dinero y mis acciones fluyen más
libremente. Mis acreedores y el fisco saben donde vivo. Tengo lugares
separados donde voy ahorrando para las vacaciones, esparcimiento,
impuestos, inversiones, gastos para la salud y una prudente reserva personal.
Ocasionalmente, aún me surgen los viejos miedos, pero enseguida pienso que
eso también pasará. La diferencia es que, antes de D.A. las cosas
desaparecían: el dinero, las oportunidades, los amigos y el amor. Desde que
llegué a D.A. la abundancia siempre estuvo presente. En resumen, he
aprendido a comenzar a cuidarme a mí mismo. Mis otras experiencias de Doce
Pasos son más valiosas cuando me ocupo de mi mismo. Al hacer lo que puedo
y dejar el resto a mi Poder Superior, tengo todo lo que necesito y más. Por
primera vez en mi vida, con la ayuda de D.A., el hoy es mucho más luminoso
y soy más libre, y miro hacia delante en dirección a un futuro promisorio.
Aunque he estado en otros programas, nunca había sentido la presencia de un
Poder Superior bondadoso. Ahora sí. Aún cuando tengo problemas, sé que me
están cuidando. Yo sé que, cuando estoy dispuesto, Dios hace que todas las
cosas sean posibles. Todavía me sigo enojando, aparecen mis viejos hábitos y
todavía, tengo defectos de carácter: intolerancia, culpas, querer controlar y
actuar con miedo. Muy recientemente, he rezado por la gente hacia la cual he
tenido resentimiento, o para agradecer no tener ese sentimiento. Es humano
enojarse,tener miedo, juzgar, pero no lo es vivir en eso. Aprendí mucho de
esto a través de la lectura del Libro Grande de A.A.,, otra cosa más que estuve
dispuesto a hacer.
Estoy muy agradecido por lo que he recibido desde mi llegada a D.A. Todavía
tengo momentos de sentimientos de angustia y miedo, pero tengo otros que
me ayudan a seguir adelante. Tengo abundancia, amigos, sentimientos que
elevan mi autoestima y más propósitos. Tengo más dinero del que necesito en
el día de hoy y me tengo a mí mismo. Sin D.A. no sé dónde estaría, pero ahora
yo sé a donde puedo ir. Créanme, tenía y sigo teniendo miedo de intentar
cosas que me han sido sugeridas. Es difícil dejar atrás toda la privación
familiar, pero con DA. eso es posible. Ahora sé que si demuestro mi
disposición, aunque sea en pequeña cantidad, mi Poder Superior me guiará
hacia la gracia y la abundancia. Cualquiera sea el Dios de nuestro
entendimiento, Dios habla a través de D.A. Agradezco el llegar a estar
dispuesto a escuchar.
ESCAPAR DE LA PRISION DEL DEUDOR
Las crisis esperadas fueron reemplazadas por beneficios inesperados ya que
este miembro
desarrolló la fe
Un cheque para el pago del alquiler me había sido rechazado por tercera vez
en ese año. Las primeras dos veces, corrí con la cola entre las piernas hacia
mis padres para pedirles ayuda. Como abuelos recientes de mi pequeño hijo se
sintieron obligados a que yo me quedara alejado del problema financiero,
aunque estaba claro que ellos estaban muy bien enterados de todo lo que
concernía a su hijo de treinta ocho años, un asistente del director de un colegio
de turno completo, el cual no podía pagar su propia renta. El tener que pedirles
dinero me produjo una gran vergüenza, y no pude regresar una vez más. No
podía encontrar la manera de cubrir los dos cheques rechazados. Ya habíamos
pedido a mi suegra dinero prestado, como así también a otros miembros de la
familia y a amigos, quienes tenían sus propios problemas financieros. Yo
había llegado al límite de mi tarjeta de crédito y no podía volver a usarla a
menos que cancelara la deuda. Mi salario parecía no coincidir con el monto
necesario para pagar mis gastos. Como llegaron nuevas facturas de mi
analista, la compañía eléctrica, del gas, del teléfono, de dos tarjetas de
créditos- de las tarjetas con cargo a un supermercado, de las tarjetas por carga
de nafta, de los préstamos estudiantiles de mi esposa y mío, etc., yo jugué una
especie de ruleta financiera con mi cuenta corriente, donde firmé cheques
basándome en el dinero proveniente de cheques que aun no habían sido
cobrados.
Cuidadosamente calculé la distribución del correo y los hábitos de las
personas involucradas con dichos cheques. Por ejemplo- el dueño de mi
vivienda raramente hacia efectivo el cheque del alquiler antes de la última
semana del mes. Cuando, finalmente él lo cobró antes, todo se derrumbó sobre
mí, los cheques venían rechazados de todas partes, sin manera de poder
cubrirlos y sin alimentos para comer.
Las llamadas telefónicas de gente enfurecida aumentaron, el impuesto que me
cobraba el banco sobre los cheques rechazados eran tan elevados que
posiblemente con una de esas sumas hubiera podido pagar alguna de esas
cuentas.
Me encontré a mí mismo buscando en diversas librerías, libros de autoayuda
que tuvieran que ver con las deudas, y encontré uno que hacía una sola
sugerencia para alguien que estuviera en una situación como la mía -Deudores
Anònimos.
Después de haber aplazado mi decisión durante varios meses y de haber
vivido con el miedo de contestar mi propio teléfono, finalmente, el 14de julio
de 1990 -el día de la Revolución francesa fui a mi primera reunión. Siempre
recordaré esa fecha porque conmemora la destrucción de la prisión del deudor.
También esto me quedó muy claro, cuando escuchaba lo que los miembros
compartían en la reunión, que ese era mi lugar de pertenencia. Fue el primer
día que tomé un martillo para romper mi propia prisión de deudor.
Después de concurrir durante seis reuniones, como se sugiere, un hombre y
una mujer me dijeron que estaban dispuestos a hacer una Reunión de Alivio
de Presiones, para mí. En dos de dichas reuniones, me ayudaron a mirar mis
gastos y a tener claro que necesitaba aumentar mis ingresos para solventarlos.
Eso despertó mi enojo, pero tomé sus sugerencias con fe y comencé a
desarrollar la disposición para buscar la manera de tener mayores ingresos.
Pasados dos años, tenía trabajos extras dando clases, revisaba textos de libros
y apoyaba a nuevos maestros a desarrollarse como tales. También continuaba
escribiendo un libro por el cual había firmado un contrato. Después de dos
años y medio, con el apoyo del programa, mi revisión de libros me condujo a
un nuevo empleo con una empresa de publicidad que pagaba más que la suma
de todos los trabajos que yo realizaba, llevando mis ingresos de $29.000
anuales, cuando comencé el programa, a $ 50.000 también anuales. ¡Esto le
pasó a alguien que se vio a sí mismo como que nunca podría tener un ingreso
anual superior a $35.000!
Sin embargo, a pesar del aumento salaríal, tenía tendencia a vivir en el borde.
Esto me sucedía porque mi enfermedad me puso allí. Es muy difícil para mí,
poner en primer lugar el ahorrar dinero – en otras palabras, ponerme a mí en
primer lugar. Gasto lo que tengo hasta recibir el proximo cheque, pero, con el
apoyo del programa, estoy aprendiendo Estoy dando los primeros pasos de
bebé para crear una prudente reserva, poniendo un dólar en mi billetera, cada
semana y cinco dólares, cada semana, en una cuenta de ahorro. En este
programa, siempre he encontrado, que es suficiente dar pasos de bebé. Cuando
recuerdo mi pasado, puedo ver que mis pasos no eran, en absoluto de bebé,
sino enormes saltos.
Ahora sé que mi primer año en D.A. fue para tomar las herramientas del
programa. Durante ese año, no pagué a mis acreedores, aunque me estrujaba
las manos cada día, al pensar en ello. Ahora tengo claro, que necesité ese
tiempo para llegar a tener sentido de la realidad acerca de lo que necesitaba
financieramente y que yo podía aumentar mis ingresos. Hace poco más de un
año, comencé a pagar, a mis acreedores, pequeñas sumas, y desde entonces no
he dejado de hacerlo.
Tuve procesos judiciales con tres acreedores y puede solucionarlo, siempre
poniendo en primer término, el cuidado de mí mismo. Con la ayuda de mi
padrino y los miembros del Grupo de Alivio de Presiones, aprendí a negociar
mi manera a través del aderezo de mi salario, un freezer para mí cuenta de
ahorro y una corte judicial como árbitro. Nunca olvidaré mi llegada a una sala
vacía de la corte ni cuando leí las únicas palabras escritas sobre la pared – En
Dios Confiamos. A pesar de ser ateo, siempre me había sentido estremecido
por esa frase. Ahora, gracias al crecimiento espiritual que he experimentado
en este programa, esa frase me produce un gran confort.
Mis acreedores no me llaman frecuentemente, pero cuando lo hacen,
instintivamente sé lo que tengo que hacer y decir. No hago promesas que no
pueda cumplir, ni nunca tomo decisiones si no estoy listo, sin antes hablar
primero con mi padrino o con los miembros del Grupo de Alivio de Presiones,
Cada mes pago en la medida de mis posibilidades y cada mes alguien me
escribe para informarme que la suma no es aceptable. Yo sé que no puedo
controlar, las acciones de otros – que ellos tienen un procedimiento a seguir – y
ahora yo también lo tengo.
Las relaciones con mis acreedores comenzaron a mejorar cuando comencé a
descubrir los Pasos del programa – la espiritualidad del programa – en una
manera más consciente. Mientras escuché infinidad de veces “no es acerca del
dinero”, realmente, nunca pude entender que significaba hasta el momento en
que puse los pies sobre la tierra. Ahora, lucho con los resentimientos y otras
compulsiones. Ocasionalmente, las cuestiones de dinero me vuelven a
obsesionar. En ciertos momentos pierdo la claridad acerca de mi cuenta
corriente y me acerco demasiado a perder, nuevamente, mi solvencia. Pero he
descubierto que la respuesta para mí está, siempre, en las herramientas del
programa. Miro que herramienta estoy descuidando. A menudo, es la lectura
de la literatura de D.A. y A.A. o la concurrencia a las reuniones. Mientras
tanto, este ateo confeso, reza cada día para conocer el deseo de Dios y poder
llevarlo a cabo.
Una de las primeras cosas que hice cuando comencé a ir a las reuniones de
D.A., fue tomar una completa responsabilidad sobre mí mismo como un
deudor compulsivo. También quiero incluir a mi esposa en la ecuación.
Porque si ustedes creen que yo tengo un problema, ¿qué pasa con ella?
Recuerdo mi llegada a casa después de una reunión y decirle que yo era un
deudor compulsivo, de la misma forma como se lo hubiera dicho a un amigo.
Desde ese día, he elegido la recuperación, y mi recuperación está en primer
lugar. Soy una persona afortunada, pues mi esposa cooperó, totalmente,
conmigo, aunque algunas veces ella también se resiente por su pérdida de
control sobre nuestras finanzas.
Por largo tiempo, una de mis fantasías ha sido que mi esposa fuera exitosa en
lo suyo, y que yo no fuese presionado para que hiciera bien lo mío. Cuando
sucede lo contrario, mí esposa dejó de ganar dinero y yo tenía que ser quien
mantuviera la familia, cosa que me resentía. D.A. me ayudó a cuidarme a mí
mismo. Hasta el momento, que incluye dar los pasos que necesito para pagar
mis gastos y solventar la familia. Hace muy poco tiempo que he comenzado a
mirar mis resentimientos hacia mi esposa, por haberme dejado solo con mi
responsabilidad. He aprendido que la unica respuesta es no vivir con
resentimiento, y ocuparme de lo que es mi responsabilidad.
Hasta mi llegada a D.A., mi esposa había manejado los asuntos financieros,
especialmente lo concerniente a nuestra cuenta corriente. Ella era buena en
matemáticas y mi creencia era que yo no lo era. Le expliqué que por mi
recuperación, era importante para mi, tener las cosas claras y hacerlas por mí
mismo. Nuestra chequera, las cuentas en conjunto y las deudas contraídas
previamente, han quedado bajo mi responsabilidad desde ese momento. Cada
semana, le pago a mi esposa por su trabajo como ama de casa. Como maneja
ese dinero, es asunto de ella, no mío. Fue muy difícil para mí no tener control
sobre esto. Temia que se endeudara, que no comprara solo lo necesario y tenía
miedo que ella hiciera algo que interfiriera con mi recuperación. Desde
entonces, ella solo ha incurrido en pequeños gastos ocasionales, pero, ha
tomado el pago de los mismos, con total responsabilidad. Tengo que admitir
que tenemos alimento en abundancia, aunque algunas veces, siento la
privación. Ella no ha interferido en mi recuperación aunque, a veces, surgen
mis resentimientos. En mi matrimonio, la aceptación ha sido muy importante
para mí en el matrimonio. Yo se que, si no acepto a mi esposa tal como ella es,
pierdo mi serenidad. Eso no significa que permita que ella interfiera en mi
recuperación, pero sí significa detenerme y dejar de lado la compasion cuando
ella está angustiada con sus propios problemas.
Yo deseaba intensamente, creer que mi crisis anterior al 14 de julio de 1990
era solo una. “crisis”. Pero al mirar hacia atrás, puedo ver cual se manifestaba
a través del dinero. Cuando estoy en un restaurant con otras personas, agacho
mi cabeza cuando llega el momento de pagar. Una parte de mí desea ser una
persona adulta y pagar mi parte; la otra, desesperadamente, desea que alguien
más lo intente, que me cuide, que yo no pague nada.
Acostumbraba a tener un modelo para incurrir en deudas con sus crisis
proporcionales, después las pagaba. Un día, exactamente después de haber
comenzado con un nuevo empleo, algo muy interesante sucedió. Concurrí a
una reunión de visiones, cuyo horario era conveniente para mí. Cuando llegué,
no había nadie para hablar, por lo tanto, me ofrecí como voluntario. Siempre
había odiado esas reuniones, porque la gente, constantemente, habla de cómo
ellos son cantantes, escritores, actores, pero yo no tenia, ni siquiera una visión
para mi vida. Estaba pensando que podía compartir, cuando de repente,
recordé una tarjeta en la cual había escrito algunos logros obtenidos para mí
mismo. Durante años, la llevé en mi bolsillo. Aunque no había tenido una
visión con título, ciertamente, tuve una visión de lo que deseaba. Esa
experiencia me demostró que, no importa si la recuperación en D.A. se siente
como que se está yendo en la dirección correcta, o que sé que estoy haciendo
lo suficiente, o que algo debería ser como yo creo que debería ser.
Unicamente, comprometiéndome con este programa, usando las herramientas
lo mejor que puedo, la recuperación y la voluntad de mi Poder Superior se van
desarrollando.
RECUPERACION EN D.A.: VOLVER
Un deudor tocó fondo antes de retornar a D.A.
Cuando llevaba seis años de recuperación de A.A. y en Al-Anon, llegué a
Deudores Anónimos. Estaba divorciada, tenía un hijo de siete años y
estudiante en la universidad local. Vivíamos de préstamos estudiantiles, de un
empleo de medio día. Estábamos a fines del verano y acabábamos de
mudarnos a un lindo y amplio departamento, compartiéndolo con una buena
amiga. Al poco tiempo, o! claramente, pequeñas voces diciéndome que todo
estaba muy lindo, que podríamos perderlo cerca de Navidad. En las reuniones
de A.A., hablé acerca de mis miedos a boicotearme a mí misma, y algunos
miembros, que también lo eran de Deudores Anónimos comenzaron a
hablarme de D.A.
Comencé a asistir a las reuniones y supe que ese lugar era para mí, pero
odiaba esta situación. Mi experiencia en A.A. había sido, justamente, lo
contrario. Allí había sentido que era como ir a mi hogar, que había encontrado
el primer lugar seguro en el mundo, manteniendo la sobriedad desde el primer
día que llegué.
Comencé a trabajar con el Grupo de Alivio de Presiones. Estos miembros
asistían a D.A. desde hacia tres años. Intenté hacer lo que ellos me sugirieron.
Mi madrina en A.A. nunca había tenido problemas con el dinero, por lo tanto,
decidí que sería correcto trabajar con los Pasos de D.A., con ella, quien
aceptó. Evitaba a las personas que conocí en las reuniones de D.A., porque me
resultaba “embarazoso” hablar con ellos.
Con la ayuda de mi Grupo de Alivio de Presiones, aprendí a mantener
registros. Cerré mi cuenta corriente, soio usé eteciivo, porque emitiendo
cheques no tenía sentido de realidad para mí. Un día a la vez, no incurrí en
deudas. Durante meses, abrí correspondencia con facturas y notificaciones de
mis acreedores. En un cuademo organicé cada cosa. Mi teléfono fue cortado.
Nunca le había mencionado a mi pareja mi mala situación financiera. El sabía
que las cosas no andaban bien debido a que yo era estudiante y madre.
Durante los tres años de nuestra relación, nunca le había pedido dinero
prestado, y me daba vergüenza hacerlo. Volqué mi sentido de culpabilidad
sobre mi Grupo de Alivio de Presiones.
Navidad llegó, y fue una fiesta sorprendente para mí. Tenía muy poco dinero,
y mi Grupo de Alivio de Tensiones me sugería meditar cada día, acerca de lo
que mi Poder Superior me pedirl’a que escribiera como regalos en una lista.
Mi hijo terminó recibiendo de otras personas, lo que yo había escrito en mi
lista y que no podía comprarle. No ser la Fuente, fue una lección de humildad
para mí. La propuesta de matrimonio de mi pareja, fue la otra sorpresa.
Cuando conté estas novedades a mi Grupo de Alivio de Tensiones, me sentía
muy feliz. Ellos me alentaron y me ayudaron a prepararme, para contarle a mi
futuro esposo mi historia financiera. Yo quería que lo supiera antes de
casamos. Con el Grupo comenzamos a trabajar en mi plan de gastos. También,
me sugirieron que él viniera al Grupo de Alivio de Tensiones, pues de esta
manera, podríamos planear juntos nuestra boda sin deudas. Esa fue mi última
reunión con ellos.
Dos años y medio más tarde, estaba sollozando a raíz de cómo me sentía. Un
amigo con quien conversaba me palmeó la espalda y me dijo: “Yo creo que tú
necesitas regresar a D.A. Pienso que, la primera vez, perdiste algo
importante.”
Regresé a D.A. convencido que me iba a morir. Durante mis dos años de mí
continuo endeudamiento, yo había trabajo en la especialidad que había
estudiado y ganaba un buen dinero. Pero, teníamos miles de dólares más en
deudas, que lo que teníamos cuando nos casamos. Teníamos tarjetas de
créditos. Estábamos atrasados en el pago del alquiler. Después, perdí mi
empleo. No podía comen No podía encontrar un trabajo. Estaba inmovilizado
la mayor parte del tiempo.
Esta vez, me aproximé a D.A. en una forma diferente. Inmediatamente, me
comprometí a hacer servicio. Encontré una madrina t comencé a trabajar en
los Pasos. Iba a cada reunión que me fuera posible. Llamaba por teléfono. Mi
terror diario aumentaba dramáticamente, dado que me había comprometido a
no endeudarme, un día a la vez. Al hablar sobre esto, en el Grupo de Alivio de
Tensiones, una mujer me dijo que ella había quebrado económicamente
estando en D.A.; esta había sido una cosa correcta para ella. ¡Yo solo
necesitaba hacer lo que ella me había sugerido para no morir!
La impotencia y la ingobernabilidad no fueron difíciles de admitir Me sentía
abandonada por mi Poder Superior, por lo tanto, me fue muy arduo trabajar
sobre el Segundo y Tercer Paso. Finalmente, una mañana arrodillada ante un
pequeño altar que tenía en casa, me puse a rezar. Admití el deseo de conocer a
mi Poder Superior y el compromiso a trabajar en el resto de los Pasos para
completar mi despertar espiritual. Humildemente, recé “Yo sé que eres la
Fuente. Por favor, muéstrame como aceptar lo que tienes que dar. Muéstrame
como puedo realizar un mejor servicio. Sé que soy un canal, no una Fuente.”
Había una luz en todo mi ser. Unos minutos más tarde, me dirigía a bajar las
escaleras, cuando me encontré con mí esposo y me dio la siguiente noticia:
“Querida, renuncié a mi empleo.” Mi primera reacción fue “El tampoco es la
Fuente”. Yo tenía un día lleno de paz. Mi terror volvió al día siguiente, pero
tenía hecho el Tercer Paso y nada podría remover el ímpacto de esa decisión.
Para ese entonces, habla completado mi inventario y estaba tratando de
compartirlo con mi madrina, estaba claro que, no por mucho tiempo más,
podría trabajar con ella. Estaba agradecida por el tiempo que habíamos pasado
juntas. Ella me había clarificado mucho que me había traído a D.A. No estaba
encontrando otro miembro con el cual quisiera trabajar y mi Cuarto Paso me
estaba enloqueciendo más de lo que ya estaba. Rezaba pidiendo ayuda e hice
mi Quinto Paso con un miembro del programa, quien es terapeuta. Ella está
bien informada acerca de D.A. y de la recuperación de un incesto. También
me ayudó con mi lista de habilidades para sobrevivir, que estaban saliendo a la
superficie al comenzar con mi Sexto Paso.
Una semana más tarde, yo estaba en la ciudad que está a ocho millas al norte
de donde vivo. Sabía que me iba a salir de la autopista y me mataría si trataba
de ir a casa. Pude llegar a la institución mental local. Me invitaron a quedarme
pero me negué. Ellos me trataban por mi ansiedad y mi depresión y me iba a
casa. Comencé a trabajar sobre mi depresión crónica y mi ansiedad con una
terapeuta. Había vivido con ambas toda mi vida, y no lo sabía. Durante ocho
meses tomé medicación para que me ayudara a aliviar mis síntomas. Esto me
permitió, finalmente, sumergirme en lo mas profundo de mi experiencia,
sentimientos que no había sido capaz de tocar en mis nueve años de trabajo en
los Pasos y de terapia.
Tiempo después, tuve la oportunidad de asistir a la Conferencia Mundial. Mi
esposo fue conmigo, con la esperanza de escuchar algo que lo ayudara, pero él
no creía que tuviera algo en común con alguien allí presente. Mi alma se
estremeció cuando escuche a una mujer hablar en el panel de Visiones. A la
semana siguiente, me acerqué a ella y le pedí que fuera mi madrina. Ella vivía
a 40 millas de distancia, pero yo estaba dispuesta a ir a cualquier lugar para
trabajar con ella. Me llamó unos pocos días más tarde, aceptando ser mi
madrina. Después, nos encontramos por primera vez. Nuestra relación a larga
distancia, ha funcionado bien, y la hemos continuado a pesar de que ella,
ahora vive en otro estado.
Pasé mis primeros dos años viviendo días de terror. Las cosas,
financieramente, parecían estar peor. Nuestras deudas aumentaron. El trabajo
era esporádico. Mis compulsiones empeoraban. La mayoría del tiempo,
nuestro hogar no era un lugar agradable.
El hecho de trabajar constantemente con los Pasos, con mi esposo y mi Grupo
de Alivio de Tensiones, asistir a las reuniones, hablar con la gente y hacer
amigos en D.A., me hizo aprender a ver como mis necesidades básicas están
siendo cubiertas cada día. Cuando proyecto un poco hacia delante, me irrito y
preocupo, y algunas veces lentamente, otras rápidamente termino, nuevamente
en el terror Se que no necesito actuar sobre algo cuando no me siento en
condiciones de hacerlo.
He tenido una gran dificultad con mi fe. Finalmente, hace pocos meses,
ocurrió que no vi ni sentí lo mismo acerca de alguna cosa, pero estaba
esperando tener los mismos sentimientos confortables acerca de mí Poder
Superior, como los que había tenido en mis primeros años de recuperación.
Desde aquel día, he rezado para rogar me sea mostrado, lo que necesito ver y
sentir lo que necesito sentir. Yo no sabía como sería todo esto. La maravillosa
mujer que se sentó a mi lado, en mi Grupo de Alivio de Presiones,
constantemente, por más de dos años, me sugería mirarme hacia adentro par
aprender que era lo correcto para mí. Mi madrina me dijo que, antes de tomar
decisiones, era mi responsabilidad ver que pasa dentro de mí.
He aprendido como identificar algunas de mis necesidades, aceptarlas y
trabajar para lograrlas.
Los miembros que están conmigo en el Grupo de Alivio de Tensiones pueden
aceptar la abundancia en la mayoría de las áreas de sus vidas. Deseo creer que
yo también la merezco. Hace nueve meses, mi esposo comenzó a asistir a las
reuniones de D.A. y este año, hemos comenzado a pagar la deuda. Nuestro
hogar es agradable y nuestra familia florece. En nuestra casa, comenzamos las
Reuniones de Parejas de D.A. Aún me siento incapaz respecto a los problemas
de trabajo, pero mi madrina me recuerda permanentemente, que éste es un
regalo del tiempo. Cuando tengo esto presente, me siento agradecida. Por
primera vez, estoy tomando clases de arte y estoy explorando nuevas
oportunidades en mi carrera.
Quizás, esto suceda así, porque soy una alcohólica adicta en recuperación,
pero no pude comprometenne totalmente, con respecto a mi recuperación en
D.A., hasta que mi conducta se convirtió en una amenaza en mi vida. Yo sé
que solamente puedo seguir adelante o moríré, por eso continuo dando un
pequeño paso a la vez. Estoy aprendiendo que no tengo que hacer las cosas
sola. D.A. me está enseñando-. a encontrar y aceptar todo tipo de ayuda.
Intento tratarme a mí misma amorosamente, cada minuto de cada día. Intento
tratar a los demás de la misma manera. Estoy muy agradecida por los Pasos,
las herramientas y los miembros del programa de D.A. Ellos me han salvado y
me dieron una vida plena.
YO PUEDO CONTAR
Era un mecánico con una cuenta bancaria de dos dígitos hasta que halló
esperanza en D.A.
Trabajaba como mecánico con un buen sueldo, y lo único que sabia era que,
unos pocos días después, de haberme sido depositado mi sueldo, los números
en mi cuenta estaban tres dígitos abajo, a veces dos. Gastos inesperados o
ignorados como pueden ser los impuestos a la propiedad, médico, dentista o
un trabajo de reparación, usualmente terminaban siendo pagados con la tarjeta
de crédito, y algunas veces, no eran pagados.
Había refinanciado y consolidado préstamos, jurando que era la última vez.
Odiaba los números, el dinero, mi trabajo, mi vida, mi esposa y cualquier cosa
que me hiciera escribir un cheque.
Leía parcialmente el diario local, sin buscar ninguna noticia en particular,
cuando saltó ante mis ojos un aviso de tres líneas:
Deudores Anónimos.
Hay esperanza.
Llamar
Por una experiencia previa, sabía lo que significaba “anónimos” y sabía sobre
los grupos de Doce Pasos. Disqué el número telefónico temblando, y recibí un
mensaje dándome el lugar y la hora de las reuniones.
Llegué al lugar de reunión, me senté y esperé, esperé. Nadie se presentó.
Mientras pensaba que esa debía ser la noche que había que permanecer en
casa y pagar las cuentas, me dirigí a otra reunión de Doce Pasos. Me senté,
sintiéndome muy solo. Allí, mucha gente mencionaba el dinero, pero no tenían
soluciones.
La siguiente reunión fue cinco días después, dándome tiempo a disminuir mi
inicial animosidad y tener una apertura mental. Al principio, estaba paralizado
de temor y aprensivo, pero escuché hablar de esperanza, honestidad, de cosas
relacionadas con mi propia historia y conocí gente que era aplaudida por
haberse comprado nueva ropa interior. Escuché palabras extrañas como
pauperismo, Grupos de Alivio de Presiones y planes de gastos. Yo no pude
hablar ante tantas personas. Muchas eran recién llegadas, sin trabajo o con
bajos salarios, había divorciados, económicamente en quiebra y gente que
conducían vehículos con cerca de nueve años de antigüedad, en busca de
trabajo. Aquellos que eran prósperos, elogiaban con entusiasmo el programa
de D.A., compartían historias de recuperación casi increíbles, usando las
herramientas de D.A. y los Doce Pasos.
Así, concurrí a las reuniones, controlé mis gastos y descubrí que alrededor de
un 25 % a 30% se evaporaba cada mes. Creía que yo tenía un buen manejo de
esas cosas llamadas codependencía y negación, pero los números no mentían.
Con mi esposa decidimos separar las cuentas a pagar de los ingresos, pagando
sumas acorde a nuestras entradas, quedándonos ambos con el dinero que
necesitábamos. Como siempre, confié que todas las cuentas serian pagadas y
que no necesitaríamos incurrir en nuevas deudas.
Al año, yo estaba en condiciones de ir de vacaciones, pagando todo en
efectivo. Era grandioso. Al finalizar las vacaciones, podía pagar en efectivo la
compra de un torno nuevo con accesorios, algo con lo que había soñado
durante muchos años.
Un par de meses más tarde, se desató el infierno para mí. Llamadas telefónicas
de mis acreedores que nunca había recibido, comenzaron a llegar requiriendo
pago inmediato, irritantes llamadas por parte del Sr. …… informándome, con
voz grave, que nuevamente, me había retrasado veinte días en mi pago. Estaba
por experimentar los efectos de la codependencia del crédito.
Tratando de salvar lo que nos quedaba de nuestro crédito, me mantuve en
contacto con todos los acreedores, respaldándonos en nuestros ingresos
conjuntos. Pero, la otra parte de los “ingresos conjuntos” no estaba allí, y las
comunicaciones pronto se llenaron con amenazas de retenciones, aderezadas
con salarios y un pleito que iba progresando.
El primero de octubre de 1991, me pidieron que fuera a buscar a uno de mis
empleadores al aeropuerto. De regreso, mientras circulábamos por la
autopista, me dirigió una mirada triste y seria, diciéndome “Malas noticias,
D….. , la compañía está llevando a cabo despidos masivos. Este sobre contiene
una carta explicativa y un cheque indemnizatorio. Lo siento. Lo siento, esto
también fue un duro golpe para mí.”
Yo estaba un poco irritado. Seis meses más, y hubiera tenido derecho a una
participación en las ganancias. Después de un sentimiento inicial depresivo,
volvió la calma hacia mí. Me sentía bien. Había suficiente tiempo y dinero. No
necesitaba irritarme. Después de haber trabajado para esta importante empresa
durante seis años y medio, estaba preparado para cualquier cosa.
La noche siguiente, mientras me dirigía a la reunión de D.A., no sabiendo
realmente cual sería mi próximo movimiento, unas vocecitas en mi cabeza me
decían: “Tú llegarás a ser un mecánico independiente” y supe que esto era lo
que, por años, lo que había estado preparando.
En el término de quince días, fui licenciado, cubierto por el seguro, y estaba
en directa competencia con mi antiguo empleador. Antes de finalizar el mes,
las tarjetas para mi trabajo estaban listas y los clientes estaban llamando. La
gente me pagaba un peso el minuto, para hacen exactamente lo que yo más
quería: reparar maquinarias.
Durante el primer año, no todas fueron rosas. La recesión golpeaba duramente.
Una bancarrota personal y un divorcio me apartaron por un momento de mi
asunto principal. Numerosos Cuarto y Quinto Pasos con referencia a los
miedos, resentimientos y conducta social y la limpieza, en la medida que
pude, tan rápidamente como pude, de las ruinas del pasado me salvaron.
Como este año ya está finalizando, mi nuevo plan de marketing, para el
próximo año y subsiguientes, lentamente, está tomando forma. Si todo va
bien, y yo sé que así será, dentro de los próximos seis meses, estaré formando
una segunda corporación. Pregúntenme, si puedo relatar, como fueron esos
ocho años de búsqueda de trabajo y como es posible hablar, a través de un
teléfono celular, con los clientes. Apuesten que puedo. Gracias, D.A.
UN LIBRO DE CUENTOS DE LA TARJETA DE CREDITO DE UN
DEUDOR
Su madre le dio la primer tarjeta de crédito y su primera reunión en D.A. El
hizo el resto.
A menudo, he pensado que los sucesos que me trajeron a D.A. no eran muy
graves. Después de entrar en el programa, escuché gente que hablaba de haber
estado arrestados, de haber sido recuperados y de haber sido llevados a juicios
por las compañías de tarjetas de crédito. Mis circunstancias parecían menores
comparándolas con aquellas historias. De alguna manera, ahora estoy seguro,
que el grado de gravedad es irrelevante. o que es relevante es haber llegado a
D.A. y continuar asistiendo a las reuniones. Mi historia era un libro de cuentos
de la tarjeta de crédito de un deudor. Un poco tiempo antes de finalizar los
estudios, mi madre me dio ¡.a primer tarjeta de crédito. Aunque la tarjeta
estaba en su cuenta, comencé a cargar la misma imprudentemente. Yo
aborrecía pagarle a ella por gastos que había realizado con la tarjeta. Después
de haber finalizado mis estudios, comencé a acumular tarjetas de crédito de un
gran establecimiento. Conseguí un buen empleo, un lindo departamento,
nuevos amigos y aún así, me sentía miserable. A comienzos de ese año, le
había revelado a mi madre, mi orientación sexual. Atravesamos momentos
muy difíciles, intercambiando comentarios y acusaciones odiosas. En el
momento de mi graduación, había puesto mi sexualidad en el hornillo de atrás,
pero la olla, lentamente, comenzó a hervir.
Ese verano, la olla desbordó. Mi padre falleció de repente, lo cual me llevo a
un estado casi catatónico. Unos pocos días después del entierro, mi madre,
frustrada por el silencio, me dijo que le hacia bien el hecho de que mi padre
nunca se enteró de mi homosexualidad. Me dijo que él no lo hubiera podido
soportar, y que si él no hubiera muerto de un ataque al corazón, lo hubiera
matado mi condición de gay. Lo más triste de todo esto, es que yo creí lo que
mi madre me dijo.
Curiosamente, aunque mirando hacia atrás no lo sea tanto, ese mes, recibí la
cuenta de una tarjeta de crédito de mi propiedad.
Después de todos aquellos años de no ver las liquidaciones mensuales de la
cuenta de mi madre, descubrí que las compañías de tarjetas de crédito, no
requieren del cliente el pago total como tenia mi madre. Las palabras “pago
mínimo” se convirtieron en música para mis oídos, y en una nueva forma de
vida. Cuando, cuatro años más tarde, me di cuenta que no podía ni siquiera
seguir con pagos mínimos sobre mis tarjetas de crédito, me invadió el pánico.
Tuve que hacer grandes esfuerzos para asegurarme que mi madre nunca se
enterara de mis dificultades. Conseguí un segundo empleo para ayudarme a
pagar mis cuentas. Dejé de salir. Suponía que estaba a salvo si permanecía en
casa encerrado, lejos de los lugares donde pudiera usar las tarjetas de crédito,
comprando ropa que no me quedaba bien, regalos para otras personas, o cosas
que no necesitaba. Supuse que era una forma de castigo por las deudas que
había contraído. Dejé de lado las conversaciones acerca de dinero, y no
contestaba el teléfono antes de las nueve de la noche. Arrojé toda la
correspondencia sin abrir, relacionada con cuentas, en una bolsa de compras.
Estaba seguro que podía ordenar mis cosas, o más aún, que un día despertaría
y mis problemas habrían desaparecido.
Meses más tarde, mi madre me llamó por teléfono para decirme que uno de
mis acreedores, la había llamado reclamándole dinero, porque yo no había
respondido a los llamados telefónicos ni a la correspondencia. Me sentí
abrumado, avergonzado. Ahora, tenía a mi madre a mis espaldas, lo cual me
estremecía más que si hubiera sido un acreedor. La mayor humillación vino a
continuación, cuando, a insistencia de mi madre, me acerqué al banco local,
con mi bolsa llena de cuentas impagas, para que ella firmara conmigo la
petición de un préstamo, y así saldar mis deudas. Me sentí mortificado
cuando, mi madre le dijo al empleado del banco-. “Si él se demora un día en el
pago., llámeme. No lo molesten a él” .
Le entregué a mi madre dieciocho tarjetas de crédito y me quedé con una para
emergencias (¡ja!). Le dije a mi madre que me guardaba la tarjeta con mayor
crédito para cargar en ella los pasajes aéreos. En el caso de que yo falleciera,
ella sería la beneficiaria de un seguro de vida por $300.000 que obtuve cuando
cargaba los pasajes de los vuelos en la tarjeta. Con el dinero del préstamo que
firmé con mi madre, pagué a todos mis acreedores. Ahora, solo tenía que
pagar al banco. Me sentía indefenso. Después de un mes, había llamado a seis
de mis antiguos acreedores, para conseguir nuevas tarjetas. Todo lo que tenía
que hacer era asegurarme de pagar en término al banco. Mis otros seis
acreedores no tenían el número de teléfono o la dirección de mi madre, por lo
tanto, yo estaba a salvo. Al poco tiempo, nuevamente, estaba invadido por la
culpa. Los acreedores me estaban llamando a mi trabajo. Unos pocos me
escribían. Todas mis tarjetas estaban al limite o cerca del mismo. A la noche,
acostumbraba a sentarme en la cocina, fumar uno.s cigarrillos y fantasear
acerca de ganar premios en la lotería. Luego, trataba de decidir a quien le
pagaría primero, si eso sucediera.
Cuando me cortaron la línea telefónica, por falta de pago, tuve que ir a la
empresa a pagar la factura. Me puse en la fila vestido con traje, con camisa
almidonada, y escuchaba a otras infortunadas personas explicar por que no
pudieron pagar sus facturas. No podía creer que ellos pudieran mentir de esa
manera. Cuando me tocó mi turno, y la empleada me dijo que mi servicio sería
restablecido, sin un depósito de garantía, porque había sido un buen cliente, no
lo podía creer. Le dije que me complacía escuchar sus palabras. Luego
agregué: “Con lo que pagué a la compañía telefónica, podría haber enviado un
hijo a la universidad. Al menos, me siento mejor que si hubiera inventado una
historia como pretexto para no pagar, tal como hicieron las personas que hoy
estuvieron aquí.” Me sentía tan orgulloso de mí mismo, que fui al negocio más
cercano y compré algo, que fue cargado en mi cuenta.
Unos pocos meses más tarde, finalmente dejé de firmar cheques para el
almacén. Esa había sido mi última salvación. Al día siguiente, me llamó mi
madre. El banco la había llamado, porque yo estaba atrasado nueve meses, en
el pago del préstamo. Extrañamente, mi madre ni gritó ni dijo cosas
desagradables. Pero sí me dijo que, esta vez, no me ayudaría. Me preguntó si
conocía Deudores Anónimos. Hacía unos dos años, yo había visto, en una
cartelera de la comunidad, que los viernes se realizaban reuniones en D.A.
Entonces, ella me preguntó sí no quería ir, ahora, a una de esas reuniones y yo
estuve de acuerdo. Me dijo: “Si vas a D.A., te dejaré solo. No te puedo seguir
ayudando, pero creo que D.A. lo podrá hacer”.
Ya, en ese mismo momento, quería salir corriendo a una de esas reuniones,
pero ese día no era viernes. En mis oídos, seguían repicando las palabras
mágicas de mi madre: “Si vas, te dejaré solo”. Por un instante, estuve enojado
porque ella no me había ofrecido pagar el préstamo, pero desde el primer
momento que fui a D.A., me di cuenta que mi madre me había hecho un favor.
En D.A., escuché las mismas historias, en distintas circunstancias, algunas
peores, algunas mejores, algunas casi idénticas. También, escuché hablar
sobre visiones, y sobre los pasos que estaban dando para hacer las cosas en
abstinencia. Sin embargo, lo más importante fue, que vi gente que estaba en
paz.
Al rato, las cosas comenzaron a mejorar. Escuché lemas como “Yo no soy mi
deuda” y “A mis acreedores les debo dinero, no mi propio respeto”. Tuve
Grupos de Alivio de Presiones y di Grupos de Alivio de Presiones. Accioné
de, acuerdo a mi plan de acción. Hice servicio durante las reuniones, y
también contesté el teléfono de D.A., en nuestra ciudad. Siempre me quedaba
asombrado cuando, después de las reuniones, la gente se me aproximaba para
decirme: ” Tú me atendiste por teléfono. Me escuchaste, y no me dijiste que
era un tonto o que era malo por haber tenido deudas. Mi vida mejoró desde
que ingresé a D.A.” Siempre agradecía las palabras y agregaba: “Esa era la
voz de Dios en el teléfono, no la mía.”
Cuando, por primera vez, hice mi Cuarto Paso, el nombre de mi madre
aparecía delante de mí. Continué leyendo mi historia favorita, en el Libro
Grande de A.A. “Doctor, Alcohólico, Adicto.” Me complacía leer una y otra
vez ” Si tuvieras una esposa como la de Max, tú también beberías.” Esto era,
exactamente, como me sentía con respecto a mi madre. Durante años, le había
dicho a mis amigos, a mi familia y a cualquier persona que mi quisiera
escuchar, que mi madre estaba loca. ¿Quién podía culparme por estar tan
confundido? Cuando era un adolescente, mi madre me dijo que,
probablemente, cuando creciera, sería alcohólico. Y así fue. ¡No hice otra cosa
más que beber!.
Lo que reveló mi primer inventario, y lo que casi ha revelado cada inventario
desde entonces, es bastante simple. La exacta naturaleza de mis faltas no era
mi madre, mi padre muerto, mi hermana, mi hermano, mi tía, mi tío, mis
amantes, mis amigos, mis jefes, mis acreedores, mi sexualidad o cualquier otra
cosa que se hubiera cruzado en mi camino. Era yo y como yo reaccionaba. Era
mi incapacidad y mi falta de voluntad para vivir una vida espiritual, una
pereza espiritual.
Después de un año o dos, sentía que la compulsión a la deuda usando las
tarjetas de crédito, y otras formas de contraer deudas, había desaparecido.
Ahora, cuando tengo miedo de mirar mi chequera, o me pone nervioso gastar
dinero en una de mis categorías, o no hago mis cuentas durante unos pocos
meses, vuelvo a las bases y a los principios espirituales de] programa. Trabajar
el programa de D.A. cuando no hay crisis que manejar, es duro si trato de
hacerlo solo.
A menudo, he pensado que, años atrás, yo tenía que hacer un agujero y
enterrar todas mis visiones en ese agujero. Cada cargo en la tarjeta, cada
cheque sin fondos librado por mí, cada resentimiento hacía alguien y cada
chisme surgido de mi boca, era como arrojar una palada de polvo sobre
aquellas visiones. Trabajar los Doce Pasos y hacer el Cuarto Paso, es como
extraer de a una, cada palada de polvo del agujero. A veces, alguna palada
vuelve a caer dentro del agujero, y tengo que volver a excavar. Algunas veces,
las visiones son enterradas tan profundamente, que tengo que saltar dentro del
agujero, para retirarlas gentilmente, con mis manos. Pienso que compartir este
proceso con otros miembros que están haciendo lo mismo, es lo que hace que
éste funcione.
Una de las visiones que se está materializando para mí es el patinaje artístico.
Comencé a patinar cuando tenía ocho años. Era el único chico en nuestra
ciudad que practicaba patinaje artístico, cosa que me perturbaba bastante.
Patiné sobre hielo en shows locales, y eventualmente, patiné siendo el único
patinador, y también bailé sobre hielo. Cuando tenía diecisiete años, abandoné
el patinaje. Para continuar, hubiera necesitado tiempo y dinero. Durante
quince años le dije a la gente que lo hice porque mi madre no me daría el
dinero necesario. Ahora, yo sé que era una mentira. Abandoné porque estaba
asustado. Esto significa que nunca le pedí a mi madre el dinero. Asumía que
su respuesta hubiera sido negativa.
En algunas ocasiones, a través de los años, patíné, pero nunca intenté dar un
salto, hacer un giro o crear una coreografía. El año pasado, me cansé de
patinar alrededor de la písta sin hacer nada. Con la ayuda del programa, me di
cuenta que si no hacía algo, moriría espiritualmente. Nuevamente, tomé
lecciones y compré un par de patines caros. Tenía patinaje como una
categoría, dentro de mi plan de gastos. Concurrí a eventos de patinaje, también
los miré por televisión, todo esto extremadamente doloroso para mí, antes de
D.A. Estoy aprendiendo a hacer coreografía, y nuevamente, he comenzado a
saltar y girar. Algunas veces, todavía tengo miedo de caerme o sentirme
intimidado por otros patinadores. Tengo una fuerza espiritual que no tenía
cuando tenía diecisiete años.
Al irse revelando mis visiones, he mantenido un pensamiento – que las
visiones no son acerca de mi trabajo, mi departamento, mi auto, mis
vacaciones, mi nueva relación con mi madre, ni siquiera sobre el patinaje. Las
visiones para mí, son acerca del balance, el balance con Dios y el mundo de
mi alrededor. En D.A., he conseguido lo que considero prosperidad material,
como así también, una gran prosperidad espiritual y emocional. En las
reuniones de D.A., solía decir que mi auto hacia cantar a mi corazón, o que el
patinaje hacia cantar a mi corazón. Ahora siento que tener equilibrio es lo que
realmente hace cantar a mi corazón.
EL PODER SUPERIOR ME ESTA GUIANDO
Ella quería que alguien más la cuidara. Ella sabía que no podía hacerlo sola.
La historia de mi vida en D.A. todavía se está desarrollando. Solo he
comenzado a identificar lo que ahora estoy cambiando: la iluminación, las
cargas se hicieron más livianas, los caminos se clarificaron. Pero estoy
dispuesta a participar en este proceso de descubrimiento.
Lo primero y más importante, el décimo y el undécimo Las Señales Del
Camino Para Convertirme En Un Deudor Compulsivo han sido verdades para
mí desde mi infancia: Primero, creí que alguien más podría cuidar de mí, -por
lo tanto- yo no lo tendría que hacer. Yo creía que era incapaz de cuidarme a
mí mismo. A través de mis ocho años de estudios superiores, nunca le dediqué
un pensamiento a lo que mi capacidad para ganarme la vida podría llegar a
ser, ni siquiera hablé con alguien acerca de mis estudios. Era y soy una artista,
y eso es lo que siempre quise ser. Cuando aparecía en mi camino una carrera
comercial y lucrativa, frustraba a mis posibles empleadores con mi falta de
ambición, dejando pasar oportunidades que otros hubieran atesorado. Me
sentía animada a dejar todo cuando encontré al hombre que se convertiría en
mi esposo. El me impresionó como un candidato fuerte para rescatarme y
cuidarme, a pesar de que él estaba quebrado y desarraigado.
Durante el tiempo que estuvimos casados, acumulamos deudas, sobre once
tarjetas de crédito, por $ 25.000. Hemos vivido sin dinero y sin hogar,
compramos y perdimos una casa, compramos otra, pasamos por 26 autos, por
nombrar unos pocos juicios e inhabilitaciones. Ahora, veo que mi uso de las
tarjetas de crédito fue un acto de agresión hacia mi esposo, castigándolo por
no cuidarme. Nunca, en mis días de deudas, tuve un pensamiento dirigido a
pagar lo adeudado.
La deuda de mi esposo fue motivada por mis gastos, lo cual he aprendido no
están para ser juzgados o analizados por mí. Soy responsable de lo que tengo
en la vida, y lo bueno y lo malo que ha llegado a mí, es por ser como soy.
Amaba culpar a mi esposo por nuestros problemas debido a las deudas, pero
afortunadamente, ahora comprendo la relación entre tener responsabilidad y
aceptar mi vida, así puedo hacer el mejor de mis regalos.
Mí primer descubrimiento en D.A. fue mi creencia de que sí ignoraba mis
problemas, ellos dejarían de existir. Entré al programa en el momento que
había decidido tomar, nuevamente, el control de las finanzas de la familia.
Desesperado, mi esposo había arrojado en una caja las facturas impagas. El
trabajo de clasificar y clarificar las deudas fue enorme. El trabajo de contactar
a cada acreedor fue aún mayor y esto fue extremadamente cansador y
emocionante. Cuando enfrenté la realidad en D.A., el pago de las deudas me
hicieron ir recuperando mi dignidad y las nubes de la vaguedad comenzaron a
desaparecer.
Hice mí trabajo inicial en el programa, asistiendo a las reuniones y llamando
por teléfono. Después, creí que tenía todo bajo control y abandoné D.A.
Pensaba que al haberme involucrado en otro programa de Doce Pasos no
tendría problema en enfrentar cualquier problema que pudiera surgir. Seis
meses más tarde, me encontré a mí mismo más desesperada y confundida, y
finalmente, fui bendecida con la disposición de hacer de D.A., una parte
viviente de mí vida.
A partir de ese momento, he descubierto una hermandad de amor, aceptación,
apoyo y ayuda, disponible en D.A. a través de las reuniones, de los contactos
personales, de los padrinos, de los Grupos de Alivio, de Tensiones y las
llamadas telefónicas a los n,.iembros. Nunca dejé de sorprenderme por el
espíritu de servicio que está vivo en este programa. Sinceramente, esto parece
el caso de esos miembros que consiguen recuperarse, tanto ayudando a los
otros como recibiendo ayuda.
Para mí, la parte más importante del programa es aprender a reconocer la
presencia de mi Poder Superior, y llegar a creer que me hago de mis
necesidades; que no seré abandonada; que puedo dejar de lado mis fantasías
sobre la falta de vivienda. Ni mi esposo, ni mi padre son mis proveedores.
Toda la abundancia, la bondad y la riqueza vienen desde Dios.
Este es un ejemplo de la presencia de Dios en mi vida, en la actualidad: Mis
autos están guardados y no tenemos dinero para repararlos. He rezado por un
auto y me pregunté por cuanto tiempo seguiría esta situación. Mi madre me
ofreció prestarme el suyo, mientras estuviera fuera de la ciudad, lo cual es
grandioso. Hoy, me llamó una amiga quien me dijo que había tomado un
trabajo temporario fuera del estado, pero ella necesita hacer algo con su auto
mientras esté ausente. ¡No sólo nos podemos ayudar una a la otra, sino que,
justamente, ella se va, cuando mi madre retorna!
Hoy, estoy agradecida por estar viva. Acepto que mi esposo y yo somos hijos
de Dios. Estoy agradecida por los juicios que he tenido que enfrentar, porque
ellos me formaron y me fortalecieron. Estoy dispuesta a hacer todo lo que mi
Poder Superior ponga delante de mí, ya sea que signifique hablar
honestamente a mis seres queridos acerca de dificultades, conseguir un
empleo, tomar un descanso o pedir ayuda. Hoy es un hermoso día y tengo todo
lo que necesito.
LA AVENTURA DEL DESIGNIO DIVINO
Lo que ella aprendió en casa, en la iglesia y en la escuela la enloqueció. Se
recuperó en D.A.
Hace mucho tiempo, yo era una pequeña princesa que vivía felizmente. Estaba
rodeada de amor, bailando y jugando sin preocupación. Mi maravillosa familia
me rodeaba, y era tan feliz como puede serlo un corazón de cinco años.
Entonces, mi amado abuelo murió y me dejó. El alcoholismo de mí padre
progresó y me dejó. La depresión suicida de mi madre y la dependencia a la
droga, se arremolinaba a mí alrededor, y me dejaron vulnerable y sin
protección para enfrentar los repetidos acosos y abuso sexual de parte tanto de
un vecino como del conductor del ómnibus de mi escuela cristiana. Habiendo
sido criada dentro de la Iglesia fundamentalista Brethren creía que Satanás
estaba dentro de mí, y que realmente yo era una persona mala. La persona que
me tenía a su cargo decía que le “pertenecía” a él. Para entonces, había
finalizado tercer grado, había aprendido la filosofía que guiaría mi vida: Yo
pertenecía a alguien y no merecía tener éxito en nada.
A partir de ese tercer grado, recuerdo la falta de placer que había en mi vida.
Cada cosa era extremadamente seria, no había humor. Mi madre era incapaz
de nutrirme – no me abrazaba, no me hablaba suavemente, no había esperanza
en sus palabras. Nada. Mi vida estaba desprovista de alegría. El enfoque
estaba en mi padre alcohólico, rezando por su retomo.
La nuestra era la única familia divorciada dentro de nuestra iglesia escuela,
por lo cual estaba condenada al ostracismo a través de numerosas y sutiles
maneras. Aprendí que sin un hombre en tu vida, no eras nada. Aprendí que no
se podía confiar en los hombres, pero tampoco en las mujeres. Aprendí que si
Dios nos estaba castigando, era porque estábamos haciendo algo erróneo. La
vida estaba llena de lágrimas, todo era negro y blanco. Cuando cumplí quince
años, me enamoré. Su familia no era divorciada, él parecía leal, un buen
miembro de la iglesia. Pensé, “Este hombre nunca me abandonará”. Iba a ser
más lista que mi madre. No me iba a casar con el tipo de hombre con quien
ella lo hizo. Me equivoqué.
Me gradué. Mi hermano estaba usando drogas, hurtaba en los negocios y
trabajaba como agente de seguros. Mi hermana era consentida y malcriada. Yo
daba clases sobre la Biblia a chicos de cinco años, los domingos en nuestra
iglesia. Nuestro hogar era una pelea constante.
Por entonces quedé embarazada. Mi madre, una enfermera diplomada, no
supo sobre esto, a pesar que estuve viviendo con ella hasta que di a luz. Para
ayudar a completar mi embarazo, comía y comía, engordando 90 libras. Mi
pareja se fue distanciando más y más, me sentí sola y caí en la desesperación.
Una semana después del nacimiento de mi hija, nos casamos. Tratamos de
vivir como la pareja televisiva Lucy y Ricky, pero ninguno de los dos
teníamos habilidad ni para ser padres ni para comunicarnos. El trabajaba todo
el tiempo; yo lloraba muchísimo, comía y gastaba dinero. Nosotros solo
pretendíamos que nuestros problemas quedaran detrás nuestro.
A los seis meses de nuestro casamiento, mi esposo se fue a Vietnam. Retomó
sin un trabajo y sin autoestima. Tomó un trabajo que estaba por debajo de su
habilidad laboral, porque tenía que sostener a su familia. Su resentimiento,
puso una barrera entre nosotros, asì cuando yo intentaba un acercamiento, él
se mostraba abusivo emocionalmente. Quiso matarme, y no supe que hacer,
Como respuesta, me abalancé sobre la comida y me dediqué a gastar,
aumentando notablemente de peso y dando, en toda la ciudad, cheques sin
fondos.
Para ganar su amor, adelgacé 100 libras y traté de ser “perfecta”. Una vez que
conseguí perder peso, y dejé de firmar cheques. Entonces pude controlar el
dinero y el exceso de comida. Seguí repitiendo este ciclo. Pude atrapar el
dinero, el matrimonio, el amor, pero no puede retenerlos a todos al mismo
tiempo.
Ahora, tengo dos hijos, y nuevamente estamos ínvolucrados con la iglesia,
buscando la paz y la felicidad que deseábamos. Dado que estaba trabajando,
mi esposo decidió entrar en el mundo de los negocios. Su principal cuenta era
mi hermano.
Mi hermano estaba involucrado con una variedad de gente del submundo, y
así conseguía el dinero. La codicia estaba en todos lados, a nuestro alrededor,
pero el dinero hacía que todo estuviera bien. Cuando esto comenzó a fallar, mi
esposo se puso mucho más abusivo.
Mi hermano comenzó a tener algunos problemas y desvió sus negocios hacia
la captación de seguros. Luego, se tuvo que esconder de la gente. Así, mi
esposo vio una ventana hacia la oportunidad. El avanzó con los contactos que
mi hermano tenía y se involucró con un círculo dedicado al robo de autos y al
hurto de mercaderías. Comenzó a beber en exceso y a citarse con mujeres. Mi
iglesia me dijo que yo debía apoyar a mi esposo y ofrecerle un “refugio”.En el
término de dos años, nos separamos siete veces. Yo quería ser lo que “Dios”
deseaba que fuera, pero no podía controlar el miedo.
Finalmente, mi esposo comenzó a tener problemas con la pandilla. Una noche,
dos delincuentes armados vinieron a buscarlo a casa, uno por el frente y otro
por la parte de atrás de la casa. Mis dos hijos estaban dormidos, y me asusté.
Pude conseguir que se fueran dado que no sabía dónde estaba mí esposo.
Unos pocos días más tarde, entré en nuestro garaje, y descubrí que estaba
lleno de secadores robados. Mi esposo habla asaltado el camion equivocado y
la banda no estaba conforme. Nadie, ni en mi familia ni en nuestra iglesia me
hubieran creído, por lo tanto, no me hubieran ayudado. Ellos me dijeron varias
veces que mi esposo necesitaba un “refugio”, y una esposa debía proveérselo.
La furia me invadió y ese fue el final de nuestro matrimonio.
Durante la semana siguiente, todo lo que podía hacer era permanecer tendida
en el piso, al lado de la cama, y llorar. Decidí morir. Le dije a Dios que me
encaminaba hacia El y mi espíritu se alivió. Recuerdo que mi espíritu
comenzó a salir de mi cuerpo. Entonces, vi algo grande y blanco a mis pies
que me decía: “Lo siento, todavía no es el momento.” Grité: ¡”Quiero morir!
¡Voy a morir! “. Pero no morí; estoy aquí.
Encontré Hijos Adultos de Alcohólicos, Deudores Anónimos, Gordos
Anónimos, Alcohólicos Anónimos y, eventualmente, CoDependientes
Anónimos. Durante mi primer año sólo puede concurrir a las reuniones, ir a
terapia e ir a dormir. Todo mi sistema de creencia se había desenmarañado.
Por medio del programa, me estaba acercando nuevamente a mí familia de
origen.
Mi madre dejó de hablarme porque yo había dejado la iglesia, y ella considera
los programas de Doce Pasos como una manera de ser cultos. Eso había sido,
realmente, doloroso, pero estoy aquí por mí. Aquí es donde están mis
respuestas. Si ella elige no estar en mi vida, acepto su decisión.
Durante mis primeros años de recuperación, recuerdo el miedo increíble a salir
de la negación. Comencé a participar en la vida, algunas veces bien, algunas
veces mal, pero todo era crecimiento. Decidí que, verdaderamente, quería
tener una educación superior. Quería aprender a conectar mis pensamientos y
mis sentimientos. Quería saber si las cosas que, intuitivamente, había
aprendido acerca de la actividad comercial, era válida. Asistir a la universidad
era una batalla financiera. Hasta perdí mí casa hipotecada, pero seguí
manteniendo el enfoque sobre mi sueño de obtener la graduación. Descubrí
que mi forma de hacer negocios tenía validez, no estaba loca; era intuitiva.
Después de graduarme, comencé a pagar mis deudas. Trabajé muy
intensamente durante un año, pero pagué todo. ¡Había obtenido la libertad!
“¡La gloriosa libertad! ”
Había descubierto un secreto maravilloso durante uno de mis Grupos de
Alivio de Tensiones. Supe que no me gustaba la palabra”trabajo” y que no
quería un “empleo”. Aquellas palabras me dieron una imagen negativa, a las
que me había resistido aún antes de que supiera lo que ellas eran. Mí Grupo de
Alivio de Tensiones sugirió que yo necesitaba un “hacer dinero es una cosa de
juego”. Fue una idea maravillosa. “Trabajo” y “empleos” se pueden tomar
divertidos cuando ellos son un juego para hacer dinero. ¡Eso lo puedo hacer!.
La idea más grandiosa que aprendí, a través de todo el proceso de
recuperación, fue que no estaba loca. Lo era el sistema del cual provenía, pero
yo no lo era!.
Cuando se retiran los restos del naufragio, se puede disfrutar la aventura de
la’vida. Surgirán distintos acontecimientos, pero no accidentes. Hay un
designio divino, y esto es suficiente para que yo me apoye en esto. Sí, el
programa también me ha dado un nuevo Poder Superior al que llamo
Emanuel. Hoy tengo espiritualidad y alegría en mi vida. Hoy me siento
increíblemente feliz y rica, y sé que esta es la manera que se supone tiene que
ser.
LLEGAR A EXTREMOS POR MI VISION
Después de su adicción al trabajo, las deudas y la enfermedad D.A. la ayudó a
descubrir que, tanto su espíritu como su salud, necesitaban equilibrarse.
Yo fui una persona que durante muchos años dijo de Deudores Anónimos “Al
menos hay un programa de Doce Pasos que no necesito”. Primero entré en
recuperación del alcoholismo y de la droga. Sabía que necesitaba ayuda, y
A.A. era la respuesta, no la pregunta. Luego, encontré alivio con
Cocainómanos Anónimos, discutiendo aquellas partes de mi vida que no me
sentía cómoda hablándolo en las reuniones de A.A. Después, se tornó claro
que estaba usando la comida de la misma manera que había usado las drogas,
por lo tanto recorrí el feliz camino hacia Comedores Compulsivos Anónimos.
Más adelante, agregué a mi repertorio CoDependientes Anónimos, Adictos al
Trabajo Anónimos y Adictos al Sexo y al Amor Anónimos. En cada caso, en
mi mente no había duda, que tenía un problema que debía ser tratado en los
programas anónimos en cuestión. Estos programas me fueron útiles y estoy
agradecida a todos ellos. Más aún, después de ocho años de gloriosa
recuperación, me encontré a mi misma en lo más parecido a un pánico
inmenso e intratable. ¿Cómo llegué aquí?
Primero, les voy a contar porque creía que D.A. no era para mí. Desde el
momento que recuerdo, a mí me gustaba el dinero. Me gustaba recibirlo,
contarlo, ahorrarlo, esconderlo, robarlo, y algunas veces, gastarlo. Sabía lo que
tenía. Desde jovencita tuve una cuenta de ahorro y me estremecía ver como mi
saldo aumentaba sin que yo hiciera algo. ¡Amaba los intereses! Al llegar al
segundo nivel de la enseñanza, comencé a consumir drogas y conservar un
escrupuloso registro de mis inversiones y ganancias. En la universidad, abrí
una cuenta corriente. Desde el principio, mantuve equilibrado mi balance
económico. Nunca se me ocurrió hacer otra cosa. Era inconcebible que
corriera el riego de librar cheques sin fondo y pagar las cargas del servicio. En
resumen, por muchos años, cuando había una discrepancia entre mis registros
y los del banco, frecuentemente, el banco estaba equivocado. ¡Oh, qué
exactitud la mía! En la universidad, seguí registrando mis gastos, tanto en
efectivo como en cheques. Amaba saber en que gastaba cada dólar. Esto me
daba una sensación de tener control. No me gustaba la vaguedad.
Al principio, me resistí a tener tarjetas de crédito, porque me mortificaba la
idea de pagar intereses. Finalmente, fui convencida por la sabiduría
convencional que me dijo que yo necesitaba una historia crediticia. “Muy
bien”, pensé, “Si eso es parte del programa, lo llevaré a cabo, pero a mi
manera.” Obtuve una tarjeta de crédito. La usaba permanentemente.
Inmediatamente, enviaba un cheque para cubrir la suma de la compra, mucho
antes de que llegara la cuenta. Por años, nunca tuve que pagar intereses. No
tenía problema con el dinero.
Finalicé la universidad, y comencé una caída libre de tiempo completo a
través de la droga. Dentro de ese mismo año, dejé de comer bien, de dormir lo
suficiente y de nadar. Cuando empezó a escasear el dinero, a librar cheques
sin fondos suficientes, a vivir a través de mis tarjetas de crédito hasta que me
fueron retiradas. Mis cuentas fueron enviadas a las agencias de cobranzas.
Cuando tenía breves períodos de lucidez, llegaba a un acuerdo con las
agencias de cobranzas. Esto no era muy arduo para mí.
Cuando entré en recuperación en A.A., pagué mis deudas institucionales,
aunque no toqué los $10.000 que debía a varios distribuidores de drogas. Ya
ven que mi problema no era el dinero. Era una drogadicta sin control. Yo no
necesitaba a D.A.
Recibía un buen sueldo por mi trabajo y me daba jugosos beneficios. Entre
ellos estaba un seguro de salud, el cual usaba para limpiar los desastres físicos
de mi pasado. Odiaba el trabajo. Hice una carrera de recepcionista a ejecutiva
de cuentas de una subsidiaria de la empresa de diseño gráfico más grande del
mundo. Tratar de convencer a posibles clientes para que utilicen los servicios
de mi empresa para diseñarles una etiqueta para su fábrica de mayonesa, fue
peor que inútil. Fue repugnante para mí, porque yo tenía fuertes creencias
políticas y morales contrarias a la publicidad comercial. Trabajar para la
industria significó que yo estaba apoyando y engendrando los problemas que
ella crea. Lo que me hacía permanecer en ese lugar eran los beneficios, el
dinero y mi creencia de que los “Trabajos Buenos” no son bien pagados. Por
“Trabajos Buenos” me refiero a trabajar para la justicia social, la paz, los
cambios de política, o causas sin fines de lucro.
Soy una persona infinitamente creativa con mucho aporte, y no necesito estar
navegando por hábito o por presiones sociales. Más aún, reconozco que lo que
asumo que sucederá o me imagino que sucederá, es más probable que pase
que cuando no lo asumo o lo imagino. Mí energía mental contribuye en lo que
se manifiesta en mi vida – para lo bueno y para lo malo.
Sabía que mi pasión se estaba sofocando en este trabajo, por lo tanto, a pesar
de mis temores, comencé a planear una “fuga”. Visité a consejeros laborales,
hice tests de personalidad, hice entrevistas informativas y, finalmente, estuve
dispuesta a no detenerme ante las barreras. “Yo sé que ganaré menos dinero
por hacer un trabajo significativo, pero siendo sincera conmigo misma, eso es
más importante que hacer buen dinero. Lo dije noblemente. ¡Hablar acerca de
tomar adopciones! Antes de tener la oportunidad de renunciar, la oficina
quebró. Me dieron una generosa indemnización, y gracias a Dios, finalmente
era libre.
Los cuatro años siguientes los pasé en diversas organizaciones sin fines de
lucro, haciendo mi parte para salvar el mundo, de este o aquel horror, mientras
vivía mis expectativas trabajando intensamente con salarios bajos. Trabajaba
demasiado y muy duramente. Trabajé, trabajé y trabajé, hasta que después de
unos pocos meses, semanas, o quizas días colapsé con una fatiga devastadora.
En un primer momento, a esto lo llamé adicción al trabajo. Luego, lo
identifiqué como una forma de autodestrucción sin intencionalidad. Ahora, lo
identifico como una forma de deuda – una deuda física, emocional y espiritual.
Cualquiera sea el nombre utilizado, esto me ayudó, muchas veces, a salir
adelante. Cada vez que caía trataba de ajustarme a cambios alimenticios, a
exóticas alternativas relacionadas con la salud, hasta a planes de autocontrol.
Me recobraba por poco tiempo, después continuaba con mi esquema.
Mi último empleo puso en manifiesto mis visiones. Estaba en los medios de
comunicación; estaba en el campo de la recuperación y yo era la jefa. Me
sentía muy importante y mi ego amaba este trabajo. Todavía era otra batalla
sin beneficios. En este empleo tenía más responsabilidad como nunca la había
tenido antes. Tenía reuniones con gente de la empresa, público a quien servir.
Esa mayor responsabilidad se tradujo en más horas de trabajo y en un mayor
estrés. Aún cuando yo no estaba técnicamente en el trabajo, éste estaba dentro
de mí. Me iba a dormir y me ponía a hacer notas. Me despertaba con mi mente
funcionando velozmente, planeando cosas y planificando mi horario de ese
día. Al mismo tiempo, como mis ingresos eran inadecuados y no tenía seguro
de salud, algunas de mis necesidades físicas básicas no estaban cubiertas.
Trabajé allí por más de dos años; mi salud espiritual y emocional declinó
precipitadamente. No solamente estaba muy fatigada, de noche me despertaba
a raíz de sufrir espasmos en varias partes de mi cuerpo. Mis dientes se iban
aflojando a raíz de hacerlos rechinar inconscientemente. Durante los últimos
meses, gritaba y pateaba las paredes en la oficina. ¿Pero qué tiene que hacer
D.A. con esto?
Durante mí permanencia en la empresa, me hice muy amiga con dos mujeres a
quienes yo respetaba. Ambas estaban en D.A. Me di cuenta que no hablaban
mucho acerca del dinero. Ellas hablaban de pasar de la carestía a la
abundancia. Fui a mi primera reunión en D.A. Desde entonces, D.A. ha sido
mi programa principal. Todavía no comentaba mucho con las personas que
hablaban acerca del gasto compulsivo, o acerca de enormes deudas -debido al
uso de tarjetas de crédito: esos no eran mis problemas. En cambio, me sentía
identificada con los miembros que se estaban recuperando de la privación
crónica, la escasez, los bajos salarios y varias formas- de deudas con uno
mismo. Esa fue una revelación para mí. La noción de que podemos tener
deudas con nosotros mismos, de las formas más diversas, me proveyó una
nueva visión de mis problemas crónicos. De repente, vi que el no cuidarme a
mi misma era una manera de estar en deuda con mi persona. También
comencé a ver las muchas maneras de cómo no me cuidaba: el no tomar una
siesta, cuando mi cuerpo me lo estaba suplicando, y me esforzaba para ir a
nadar, estando exhausta, o no tener el tiempo suficiente para tener un
compromiso importante. Estas conductas son formas de auto-negación, es el
negar las necesidades genuinas de mi cuerpo o mi espíritu. La auto-negación
es la auto-deuda. Estoy reduciendo mi cuenta de salud, o mejor dicho, mi
cuenta de placer por no tener que cuidarme.
Continué trabajando como publicista mientras seguía asistiendo regularmente
a las reuniones. Me sentía muy bien con los Grupos de Alivio de Tensiones
que eran más creativos, más inspirados y que brindaban el mejor apoyo que yo
había conocido. Tomé una variedad de medidas que apuntaban a hacer mi
trabajo más saludable, por ejemplo, no trabajar a la hora del almuerzo y tener
un asistente que me ayudara, etc. Lo intenté, sinceramente, lo intenté porque
mi ego estaba poderosamente vinculado con este trabajo. Me llevó algún
tiempo reconocer que, alimentando mi ego, no alimentaba mi alma, y
destrozaba mi salud. Esto se fue profundizando.
En octubre de 1989, ocurrió el terremoto de San Francisco. Por supuesto,
estaba en la oficina. Algo había cambiado dentro de mí, dado que después que
pasó el terremoto consideré que estaba dispuesto a dejar el empleo. Así
comence un proceso que duró más de cuatro meses. Estaba asustada, creía que
no podría hacerme cargo de mí misma. Cuando los Grupos de Alivio de
Tensiones me preguntaron que era lo que yo deseaba, mi respuesta fue no
hacer nada durante seis meses. Y quise decir nada. Estaba tan agotada, que
sabía que no podría trabajar en ningún lado. Y como era, en forma crónica,
una persona con bajos salarios, estuve un mes viviendo a expensas de una
“prudente reserva”. Yo no creia que, de ninguna manera, podría cubrir mis
necesidades sin trabajar.
Mi Grupo de Alivio de Presiones, notando mi deterioro físico como resultado
del estrés, incluyendo una lesión en el hombro, sugirió que podría ser elegida
para beneficios por incapacidad. ¿Incapacidad? grité. ¡Yo no estoy
incapacitada! Tenía miedo a escuchar un diagnóstico no deseado. Pero, la
verdad era que, estaba incapacitada, que estaba agotada. Estaba tan
desesperada y con tanto dolor que decidí registrarme en Compensación a
Trabajadores, tal como el Grupo de Alivio de Tensiones, me lo había sugerido
en algún momento. Con eso, dejé mi empleo. Milagrosamente, fui elegida
para recibir beneficios por incapacidad -tanto por mi lesión en el hombro
como por mi estrés emocional. Tenía suficiente dinero para vivir y procedí a
mimarme durmiendo siestas, cuidando mi salud, haciéndome dar masajes y
otros tratamientos relacionados con la salud. Comencé a practicar un principio
fundamental de D.A.: por fin, estaba cuidando de mí.
En mi camino de recuperación, ocurrió algo simpático, algo que no había
planeado’y de lo cual no tenía idea que podía desearlo. Me convertí en una
artista. Comencé inocentemente. Estaba expresando mi dolor y mi angustia
con lápices de colores. Esto parecía más propio de un jardín de infantes. No
me importó. Yo no era una artista; esto era solo un proceso terapéutico,
podríamos agregar, un proceso simpático. En algún momento, miré algo que
había dibujado, y me dije a mí misma: “Oh, esto parece arte” Gradualmente,
evolucionó hacia lo que yo amaba como arte. Quedé sorprendida que a otras
personas les sucedía lo mismo que a mí. Mientras tanto, la poesía comenzó a
fluir dentro de mi cuerpo. Este fue un descubrimiento inesperado, porque a mí
nunca me había gustado la poesía. Ahora, también era una poetisa. Estuve
leyendo en público, y a la gente le estaba gustando mi labor. Eventualmente,
produje un libro de arte y poesía. El tema, aquí era, que había dejado de estar
en deuda conmigo misma y comenzaba a poner, en primer lugar, mis
necesidades reales, me estaba dando el regalo más valioso: mi creatividad. Y,
algo muy especial, descubrí que estas formas de auto-expresión alimentaban
mi alma, mi espíritu y mi ego. ¿Quién me podía pedir algo más? Bueno, yo.
Todavía tenía cierta abundancia financiera. Solamente hice lo necesario para
tenerla.
Pasé dos años gloriosos de incapacidad. A esto lo denomino como la mejor
cosa que hice por mí misma, después de haber conseguido la sobriedad y dejar
la droga. Cuando la abundancia financiera llegó a su término, aún no,me
sentía lista para comenzar a trabajar nuevamente. Le dije a mi Grupo de Alivio
de Tensiones que necesitaba más descanso. Necesitaba más tiempo para que
mi salud mejorara. Mi madrina me dijo que si no estaba lista para trabajar, que
no lo hiciera. Necesitaba otro milagro, y lo tuve. Uno de los principios de
D.A. que amo es el siguiente: Píde lo que deseas. Estas palabras me hacen
sentir bastante bien, mejorando todo el tiempo. Fuera del Grupo de Alivio de
Tensiones se me ocurrió la idea: sugerir un patrocinador para las artes. Pedí
específicamente, un apoyo financiero y un lugar gratuito para vivir mientras
desarrollaba mi trabajo como artista y produciendo un documental acerca desorpresa-
la adicción al trabajo.
Mi intención consciente, combinada con el mundo material de la publicidad y
el apoyo de la gente, crearon un lugar en una en una casa con cinco
dormitorios, en las afueras de San Francisco, con pileta de natación en el
parque y una impresora láser en el estudio. Mi patrocinador era un señor
jubilado, quien había viajado bastante, y quería una presencia humana en la
casa. A él le gustaba ser un patrocinador de arte. Sin embargo, no me dio
mucho dinero. Créanme, de donde yo venía, un lugar gratis para vivir – un
lugar hermoso, arbolado, con cancha de cricket- sí, un lugar gratis para vivir
plenamente. Estaba en el cielo. Permanecí allí casi un año, dedicada por
completo a mi arte, a la poesía, produciendo mi libro. Hice un tremendo
esfuerzo para crear una oficina de publicidad, con la esperanza de hacer el
suficiente dinero para solventarme a mí misma, trabajando medio día, así
podía dedicarme a escribir mis libros, lo cual me generaría abundantes
ingresos. Los negocios no llegaron a satisfacer mis visiones, por lo tanto, tuve
que trabajar en una oficina para cubrir mis necesidades. Después de estar casi
un año en el paraíso, mi patrocinador decidió vender la casa, a raíz de lo cual
tuve que írme. Me regaló un cheque por $5.000 para que me comprara un
equipo de computación.
Me fui a vivir con mi madre, hasta que pude encontrar un hogar permanente, y
comencé a trabajar tiempo completo para cubrir mis necesidades, dado que
ahora debía pagar un alquiler En este medio ambiente comencé a experimentar
el impacto de cómo vivimos: trabajamos en algo que no nos gusta, hasta el
agotamiento físico y emocional, sin tiempo para nutrir nuestra vida espiritual,
llegando al fin del día con la mínima energía como para cenar y ver TV. Este
tipo de vida fue una pesadilla para mí. Afortunadamente, fue una oportunidad
para cosechar abundante material para mi libro. Mientras tanto, trabajaba
desesperadamente para crear otra situación que me permitiera vivir sin pagar
alquiler. Entonces, me hice un chequeo, conmigo mismo. He descubierto que
mi espíritu me habla a través de mi cuerpo. Es por eso que pregunté: ¿Cómo
es eso de que yo desee proveerme por mí mismo? La respuesta impulsiva
surgió desde mi interior como un rugido: ¡Consigue tu lugar propio! Estuve de
acuerdo.
Estoy comprendiendo, aún en niveles bajos, lo esencial que es, que aprenda a
crear ingresos abundantes por mí mismo y, así de esta manera, no tener nunca
más que depender de golpes de suerte o de la bondad de extraños. Me he
comprometido a aprender a cuidarme a mí misma, en todos los niveles, al
mismo tiempo. Por ejemplo, no desear ni aceptar empleos que paguen salarios
miserables. No aceptar empleos que ocupen tanto tiempo de mi vida, que no
pueda reunirme con mis amigos, ni tener momentos de ocio, de reflexión, ni
poder viajar. Cuidarme a mí misma es lo más importante. Tengo pocos
modelos para un completo amor hacia mí misma. Este es mi camino. Estoy
agradecida porque tengo a través de D.A. un apoyo en este camino. Estoy
agradecida por pertenecer a esta comunidad de miembros, comprometidos
con- sus visiones, que se brindan apoyo mutuamente. D.A. hizo crecer mis
creencias en todo lo que es posible, dándome coraje para ir por mi visión, y
borrar mi disposición a “quedarme quieta”. Tengo fe que, con el compromiso
constante a aceptar que los principios de D.A., son la verdad para mí, mi
gratitud y la unión amorosa con el Espíritu de Vida Universal, y mi
disposición a crecer y cambiar, completaré la creación de mi visión: una vida
donde yo sea feliz, exitosa, próspera, haciendo lo que amo hacer.LA
INDIGNACION DEL MENDIGO SE TRANSFORMA EN UNA VISION
DE ALTO VUELO
Este deudor encontró un apoyo profundo a través de la hermandad y una
participación activa en el programa.
Si pones una rana en una cacerola con agua y dejas que el agua hierva
lentamente, la rana no se moverá. Permanece en el agua hirviendo hasta que
muere. Pero si mueves a la rana, esta saltará fuera del agua. Esta es una
metáfora para mi vida.
Depresiva, con vaguedades y una vida sin pasión alguna, yo era como la rana
hirviendo en el agua. No saltaba hacia fuera como la rana, pero iba muriendo
lentamente, no teniendo energía para saltar. Ni siquiera me había dado cuenta
de mi problema. Corría hacia el vacío, renunciando cuando las cosas se ponían
demasiado dolorosas, y nunca tenía éxito en algo que me interesara. Así fui
como vivía antes de mi llegada a D.A.
Ingresé a D.A. no teniendo ingreso alguno, hundiéndome lentamente en la
deuda, año tras año, durante más de una década. Era un deudor de mí mismo,
y en forma crónica, tenía bajos ingresos. Siempre estaba fatigado, y
deprimido. No tenía una visión o una esperanza para el futuro, solo la fantasía
de que. un día “los billetes grandes” llegarían para hacer funcionar mí vida.
También, dependía de préstamos ocasionales y de regalos de mis parientes.
Nunca tuve un empleo con e[ cual comprometerme, o que me interesara.
Estaba divorciado, sin un peso y con baja autoestima. Hice inversiones que
fracasaron. Tuve un empleo, pero casi no me pagaban, (Era a comisión, y casi
nunca hacía una comisión). Nunca me compré ropa nueva. Mis tarjetas de
crédito eran mi reserva de emergencia para vacaciones o para estudiar. Pedí
dinero prestado con la buena intención de devolverlo, pero nunca tuve
recursos para hacerlo.
Tuve una buena educación, pero mi vida no tenia rumbo fijo. Vivía una
existencia “decadente”, sin motivación para llevar a cabo las acciones que me
llevaran a tener éxito. El dolor de la peor relación de mi vida, una relación que
aumentó mi codependencia y acentuó mi enfermedad, la deuda compulsivo,
me puso de rodillas. Entonces me acerqué a mi primera reunión de D.A.
Cuando, hace cuatro años y medio entré en esos salones, mi vida comenzó a
cambiar. Desde entonces, cada día ha sido mejor. Recuerdo que alguien nos
dijo a los recién llegados: “Esta enfermedad te matará. Te enviará a prisión o
te llevará al suicidio.” Yo sé que estaba muriendo. Por primera vez, vi que mi
vida, lentamente, se iba deteriorando. Desde ese día, he tomado este programa
con profunda seriedad. He trabajado seriamente los Pasos, llamaba a mi
padrino, hacia servicio y tenía Grupos de Alivio de Presiones. Es un programa
simple, pero no ha sido fácil. El miedo y mi familia estaban allí para
detenerme, pero mi Poder Superior y mi nueva familia de D.A. estaban allí
para que lo pudiera llevar a cabo.
Este es un milagro increíble, tanto para mi vida interna como externa. A las
“Visiones” me gusta llamarlas Faz Dos de D.A. Después de dos años de estar
en el programa, escuché hablar sobre la idea de ver que era lo que, realmente,
deseaba en mi vida. Tenía un Grupo de Alivio de Presiones, con el propósito
de escuchar todo lo que yo quería ser, hacer o tener. Nos reuníamos durante
más de cinco horas, y he escuchado que algunas sesiones son aún más largas.
Para cada tema de mi lista, me hablaron de “búsqueda y oración”. Este modelo
ha traído una abundancia sorprendente a mi vida.
Tuve una visión de la casa de mi sueño en el Sudoeste. Durante tres meses
después de las visiones iniciales en el Grupo de Alivio de Presiones, hice
juego de piernas. Mi agente de bienes inmobiliarios, un miembro de D.A. y
yo, fuimos a cabalgar en la zona que a mí me interesaba. En el Sudoeste, había
una casa con puertas de estilo francés y con un hogar como si hubiera sido
arrojado desde una nave espacial. ¡Y estaba en venta! Siendo lo buen deudor
que yo era, no tenía ni ingresos ni ahorros. Fui a ver a mis padres a pedirles un
préstamo mediante una hipoteca contra la casa y me encontré con cien mil
dólares provenientes de una herencia dejada por mi abuelo, con la condición
de ser usada para la compra de una casa. ¡Yo había solicitado, exactamente
esa suma de dinero!.
La casa estaba hipotecada. Pude atravesar los altos y bajos de la compra de
esta propiedad con el apoyo de D.A. y el encuentro de mi autoestima.
Finalmente, el negocio no prosperó. Pero Dios, en la figura de la compañía de
seguros de la hipoteca del vendedor, intervino y la operación resurgió. Por fin,
pudimos cerrar la transacción, y me mudé a mi nueva casa. Sabiendo que era
un crónico empleado mal pago, pedí en mi visión original que la propiedad se
solventara por sí misma. Dos personas me alquilaron las otras dos casas que
yo tenía.
Otra de mis visiones era tener un caballo. No tenía ni idea de cómo esto podría
suceder. Construí un corral en mi propiedad. Mi teoría era “Construye, y ellos
vendrán” Así pasó, y no fue uno ¡sino dos caballos!.
Once meses después de mis visiones en el Grupo de Alivio de Presiones,
estaba viviendo en esa casa, con las puertas de estilo francés y el hogar. Seis
meses más tarde, tuve a Mouse, mi caballo. Pasé de alquilar un departamento
de un ambiente, en una zona de baja renta, apenas en condiciones de pagar la
cuenta de luz, a poseer la casa de mis sueños del Sudoeste, a la cual llamé
“Sueño de Adobe”. Llevar a cabo el Sueño de Adobe, es un milagro de D.A.
En mi tercer año comencé las reuniones de visiones. Una vez por semana, seis
de nosotros nos reuníamos. Ahora, un año y medio más tarde, concurren
quince personas, cada una de las cuales abrimos nuestras vidas a nuestras
visiones, como abrimos nuestras vidas a algún otro aspecto de nuestra deuda.
Es sorprendente, como cada persona, parece captar la onda de las visiones y
empezar y correr aventuras increíbles. Algunos de esos miembros están en
otras partes del país y del mundo, viviendo las visiones que ellos descubrieron
en nuestra reunión.
Mi visión más grande está todavía más allá de mi sistema corriente de
creencia (como la casa, el caballo y el auto … ) ¡Es tener mi propio Learjet! Le
dejé los resultados a Dios, me quedé con “la búsqueda y la oración”, y un día,
más adelante, te contaré acerca de ese milagro.
He trabajado mi programa como si mi vida dependiera de ello, y así es. Tengo
un padrino. Trabajo los Pasos. Concurro a las reuniones. Llamo por teléfono.
Pero la llave real de mi recuperación es el servicio: secretaría, recibir a los
recién llegados, tesorería, RSG (representante de Servicios Generales) a dos
Conferencias Mundiales y el compromiso semana¡ con otros a través de los
Grupos de Alivio de Presiones. Eso me lleva a concurrir a las reuniones y
tener el enfoque sobre mi recuperación. Todavía, hay muchos días en que me
siento sin ganas de hacer cosas, pero debido a mi hábito en D.A., el servicio,
ustedes saben donde estaré el martes a la noche.
Siento que los regalos de D.A. son tres. Primero, corté el círculo de la deuda y
gané la estima de tomar la responsabilidad sobre mi propia vida. Segundo,
construí una comunidad de apoyo y amistad, por lo tanto ya no estoy solo.
Tercero, tengo un despertar espiritual, una renovada gratitud, y una comunión
con mi Poder Superior, fuera de las cenizas de mi disfunción y depresión. Oh,
cuarto, me abrí a la creencia en visiones y pasiones que han transformado, en
magnitud, las áreas de mi vida espiritual, física, mental emocional y social.
Recientemente, estuvimos en el terremoto de Calífornía. A continuación, en
forma inmediata, los miembros de D.A. que habían perdido sus hogares
llegaron a mi puerta y encontraron un lugar donde estar, a través de nuestra
red.
Muchos ofrecieron sus viviendas y cualquier ayuda que fuera necesaria. Un
grupo de nosotros fue al departamento de un amigo para brindar ayuda. A la
noche siguiente, en mi hogar, con un grupo de amigos compartimos nuestras
experiencias y sentimientos. Comimos en un camping, sin luz, ni gas, ni agua
corriente, y yo sentí la inmensa bondad de la hermandad, su amor y su interés
por cualquier persona que necesitara ayuda. Chequeábamos todo, unos con
otros, y. tratábamos de solucionar cualquier necesidad que tuviéramos. Recibí
llamados desde distintas partes del mundo, de miembros de D.A., quienes
pasabas días intentando comunicarse conmigo.
Ser deudor ha sido un regalo increíble en mi vida. Desde el lado práctico, he
reducido mí deuda a la mitad en cuatro años y medio. El año pasado, dupliqué
mis ingresos, y espero poder hacer lo mismo este año, lo cual es otra de mis
visiones que va más allá de mi creencia, está en manos de Dios.
Todavía, algunas veces, no puedo pagar mis cuentas en término. Hoy, la
diferencia es, que ya no me siento una víctima. Tomo la realidad en sus
propios términos, negociando con mis acreedores y haciendo pagos que puedo
afrontar, tomando, primero, cuidado de mí mismo. Estoy dedicándome a una
de mis visiones, escribir, y lo hago, semanalmente, con un grupo de miembros
de D.A. Tengo un trabajo dentro. del campo de mis sueños y un potencial
ilimitado para ingresos, basados en mi habilidad y mi disposición a accionar,
algo que me enseñó D.A.
Era hábito estar más allá de mi creencia que, alguna vez, sería capaz dejar mi
enfermedad. No podía ver la salida. Por años, había hecho terapia. Había
hecho todo tipo de talleres de autoayuda. Tenía ganas de ser exitoso, pero mi
disfunción, mi dolor y mi miedo eran más fuertes. Solo a través de D-A.,
encontré la recuperación lo suficientemente fuerte para comenzar la vida que
yo realmente deseaba. Es un día a la vez. A menudo, mi miedo es grande, pero
ya no me inmovilizo. Si mi vida de aquí a cuatro años, es tan diferente, como
lo desde hace cuatro años hasta ahora, ¡no me reconoceré a mí misma!.
MI ENTREGA A DA
Esta deudora necesitaba mucho coraje para enfrentar a sus acreedores. Lo
encontró con la ayuda de su Grupo de Alivio de Presiones.
Cuando, por primera vez, llegué a D.A., yo era como un hámster sobre una
rueda. Yo estaba corriendo, cada vez a mayor velocidad, para trabajar, cada
vez más fuertemente, para tratar de mejorar mi situación, pero esta permanecía
igual, más allá de lo que yo hiciera. Nunca había dinero suficiente.
Pagaba mis cuentas con retraso. Nunca podía equílibrar el saldo de mi tarjeta
de crédito. Debía $ 50.000 a mí abogado, por un divorcio complicado, y
usaba, constantemente, mi línea de crédito. Alternaba entre gastar lo mínimo
posible, con la intención de poder controlar las cosas, y el gastar,
periódicamente, al no poder soportar la privación. Trabajaba arduamente, seis
o siete días a la semana, a menudo, de noche.
Un año antes de concurrir a mi primera reunión de D.A., había resuelto
obtener más dinero. Seguramente, esta sería la respuesta a mis problemas
económicos. Logré íncrementarlo en una pequeña suma, mi situación
permaneció exactamente igual. Lo habìa intentado todo; finalmente, abandoné
el intento. Durante años un amigo me había hablado de D.A., por lo tanto,
decidí hacer la prueba.
Lo que oí en mis primeras reuniones me dio esperanza. Dado que todos mis
esfuerzos habían fracasado, resolví hacer lo que me sugerían en D.A.
Comencé a registrar lo que gastaba, dejando de lado el uso de mis tarjetas de
crédito y pagando mis cuentas en término. Después de una timidez inicial,
comencé a conversar con la gente, cuando las reuniones finalizaban,
pidiéndoles el número de teléfono y llamándoles.
Yo sabía que necesitaba todas las formas de deudas, que necesitaba no incurrir
en nuevas deudas. Todavía estaba involucrada en una batalla de custodia con
mi ex – esposo. Me di cuenta que si continuaba con los servicios de mí
abogada, estaría en deuda, a menos que yo le pagara sus servicios en forma
inmediata y totalmente. Me asustaba dejar sus servicios en el medio del caso
judicial. Cuando compartí esto en una reunión, expresando todo mi miedo e
inseguridad, lloré. Dije que necesitaba una Reunión de Alivio de Presiones.
Me sentí muy agradecida por el apoyo que me dieron, incluyendo una mujer
que aceptó estar en mi Grupo de Alivio de Presiones.
Fue más difícil encontrar un hombre para mi primer Grupo de Alivio de
Presiones. Se lo pedí a cada hombre que encontraba en las reuniones a las que
concurrí, pero nadie estaba disponible. Finalmente, un sábado a la mañana,
llamé a un miembro de D.A., quien me sugirió que fuera a todas las reuniones
que me fuera posible – varias en un mismo día, si fuera necesario- y pedírselo
a cada hombre apropiado. Siguiendo su sugerencia, fui a una reunión esa
tarde. Escuché a un hombre, hablaba con palabras inspiradas y le pedí que
estuviera en el Grupo de Alivio de Presiones. Me dijo que sí, para mi sorpresa
y mi alegría.
El amor, el apoyo y el alivio que sentí desde la primera Reunión de Alivio de
Presiones, fue inmenso. Me sentí sumamente sorprendida, cuando me
sugirieron que tomara una moratoria sobre el pago de mis deudas. Dejé la
reunión convencida que no tendría el coraje de hacer eso. Una semana
después, decidí hacer lo que me había sugerido el Grupo de Alivio de
Presiones. Conocí lo que esto significaba al dejar los servicios de mi abogada.
Ella no me representaría más, a menos que le continuara pagando $ 100 cada
semana a cuenta de lo que le adeudaba.
Contacté a todos mis acreedores, tanto por teléfono como por escrito. Registré
todas las llamadas y copias de toda la correspondencia. Hice muchas llamadas
a D.A. antes y después de contactarme con mis acreedores. Llamé a mi
abogada para hacerle saber que, por un tiempo, no podría pagarle. Se puso
furiosa y me acusó de destruir su práctica de la ley. Me estremecí, mientras
transpiraba copiosamente. Mi corazón estaba martillando, pero mi voz era
calma, debido a que mi gente de presión me había dado un libreto para seguir.
Cumplí con el libreto y no entré en discusiones. Siempre les aseguré a mis
acreedores que me comprometía a pagarles lo que les adeudaba.
Comencé a accionar para encontrar ayuda legal que pudiera pagar. Este fue un
acto de fe. Hice numerosas llamadas telefónicas y seguí cada guía. Al final,
tuve dos ofrecimientos para ayuda legal gratuita. Este fue un milagro de D.A.
hacía mí, sólo una de las muchas pruebas que he experimentado teniendo un
Poder Superior que me cuida. Cuando estoy comprometido a no endeudarme,
mi Poder Superior me provee todo lo que necesito.
¿TODAVIA ESTOY A TIEMPO?
Este miembro desanudó una maraña de hilos para crear una tela colorida.
Mi miedo más grande es pasar por la vida sin haber vivido. Cuando era una
niña, me parecía que los adultos que me rodeaban, solo estaban vivos a
medias. Ellos parecían estar tan absorbidos por la rutina del trabajo, las tareas
domésticas y la crianza de los hijos, que nunca tenían tiempo para llevar a
cabo sus sueños personales. Fui una chica de los años sesenta. El cielo era el
límite: lbamos a construir un nuevo mundo, la gente iba a despertar o el
mundo iba a terminar en una guerra nuclear, en la codicia y la polución. Mis
padres eran hijos de la Gran Depresión de los años Treinta. Sus sueños de
prosperidad financiera, una casa hermosa, la escuela de sus sueños para sus
hijos, algo que yo creía que era un derecho divino y no algo basado en los
hechos de la vida. Para mí, la vida parecía ser una elección entre conformarse
y tener un lugar común en el bienestar financiero, con un espíritu apagado, o
vivir de acuerdo a los ideales espirituales, que te hacen pobre, pero feliz.
Entonces, elegí ser pobre, pero viviendo “plenamente”. Esto no sucedió hasta
que comencé mi recuperación en D.A., y vi que tener prosperidad financiera
no estaba relacionado con la moral.
Era la hija mayor de un alcohólico, criada en un hogar de comedores
compulsivos. Como primogénita, ayudaba a mi madre en el cuidado de los
otros tres hijos y de mi padre alcohólico. Nunca vi a mi madre leyendo un
libro o tener un hobby, o hablar de algún sueño que no fuera el de sus hijos.
En otras palabras, vi a mi madre vivir para nosotros, pero no para ella. Sabía
que no quería ser como ella. Pero no sabía como ser diferente, y estaba atraída
por su naturaleza espiritual, amorosa, desinteresada.
Por el contrario, mi padre, era un poderoso ejecutivo de una poderosa
corporación. A raíz de su sacrificio diario en una oficina, el pasaba su tiempo
ocupándose completamente, a sus deseos de relax, lectura, pesca, natación y
ver televisión, haciendo todo esto bebiendo para relajarse. Yo sabía que,
tampoco, quería ser como él, pero su poder y actividades eran para mí, mucho
más atractivos que el cuidado de la casa.
Lamentablemente, saqué ciertas conclusiones sobre mi familia que,
eventualmente, me llevaron a D.A.: Las mujeres trabajan constantemente,
teniendo como recompensa el amor y la dependencia financiera y la tolerancia
de la familia si ellos tienen otros intereses. Como personas independientes,
ellos simplemente no cuentan. Dado que las mujeres no ganan dinero fuera del
ámbito familiar, ellas deben dar todo su tiempo para ganar el apoyo financiero
y amoroso de un hombre.
Ahora, en mis cuarenta, veo que mi madre eligió y disfrutó su vida, mi padre
sufrió a causa del alcoholismo y mi madre de su codependencia. Puedo ver las
bases culturales que me condujeron a estas horribles conclusiones. Es evidente
que las mujeres no han sido valoradas en los lugares de trabajo, tan altamente
como lo han sido los hombres. La ironía para mí es que decidí valorarme, vivir
mi vida plenamente, y no estar, en una relación, un paso atrás del hombre,
pero todavía me encuentro viviendo dentro de la vieja estructura. Dentro de mí
llevo una enfermedad que sabotea y malgasta mis recursos: dinero, tiempo,
amor y energía.
Mi pesadilla es que, algún día, despertaré y el gran censor de la vida dirá:
“Cierra tu folleto de test. Deja tu lápiz. Tu tiempo vale”. ¿Cómo el tiempo de
deudas afectó mi vida? En resumen, he perdido años de mi vida en relaciones
adictivas. En dos ocasiones, casi he destrozado mi cuerpo por trabajar
demasiado. Ganar un sueldo miserable es otra forma de tiempo adeudado que
ha afectado, profundamente, mi sentido de mí mismo y mi habilidad para
cuidarme. Los sueños se han ido por la ventana mientras estuve ocupada
haciendo lo que yo creía que tenía que hacer. Nunca me permití imaginarme
muchos sueños, ¿por qué? ¿Cuál era el punto? Jamás fui capaz de convertir
mis sueños en realidad. El proceso de recuperación fue gradual. He estado
aprendiendo a vivir la vida un día a la vez, a través de la práctica de los Doce
Pasos. Entré en recuperación de la codependencia en Al-Anon, cuatro años
antes de llegar a Deudores Anónimos. Tenía que detener mi adicción a las
personas antes de que pudiera saber que mi vida me pertenecía. Mi cuerpo, mi
tiempo, mi trabajo y mi amor, todo me pertenece. Ha sido revolucionario vivir
mi vida cuando, realmente, creí en eso.
Al-Anon me devolvió mi vida, pero Deudores Anónimos me enseñó como
vivir para mí. Llegué a D.A. con pocas deudas financieras, pero sufría de un
gran desorden intestinal causado por exceso de trabajo. Había usado,
compulsivamente, mi energía de vida. Estaba vacía, completamente exhausta,
y sufrí de diarrea durante más de un año.
Mi incapacidad con respecto a los pagos, era más grande de lo q ue habla sido
mi salario, pero vivía aterrorizada de que no hubiera lugar para mí en este
planeta, que no hubiera tiempo para recuperarme y que no tuviera habilidad
para trabajar. Estaba cara a cara con mi creencia de que mi valor estaba en lo
que podía hacer o ser para otros. D.A. y mi Poder Superior me ayudaron a
saber que era una mujer dulce y valiosa, más allá de lo que haga o no haga.
Soy merecedora de un gran amor y de todas las generosidades de la vida.
Mi padrino de D.A. insistió en que mi primer tarea de recuperación en D.A.,
era sanarme física y emocionalmente. Insistió que tengo muchas cosas que me
pueden proporcionar alegría y entretenimiento. El sugirió que necesitaba
aprender a disfrutar de la vida y darme a mí misma placer. ¡pensé que él
estaba un poquito mal de la cabeza! Pero como yo había trabajado mucho en
mi otro programa de Doce Pasos, le di una oportunidad. Después siguió su
insistencia de que me había privado de una relación. A partir de la
recuperación, había conocido mis necesidades emocionales respecto a las
relaciones, y el pensamiento de una relación aterrorizó a mi corazón. Pero,
lentamente, abrí mi mente a la idea de tener una relación como parte de una
vida plena. Un día a la vez, aprendí que había tiempo, dinero y amor
suficientes para mí. El miedo que tenía a sacrificarme por amor o trabajo, se
había alejado de mí.
Surgió una relación con un miembro de D.A. Hemos disfrutado los regalos de
la recuperación en nuestro amor. Hemos hecho frente a los desafíos de
aprender a ser dos personas por completo, en una relación de casi seis años.
No fui absorbida, destruida o que me hayan hecho sentir de segunda clase. He
sentido el viejo tirón de posponer mis sueños hasta que la limpieza esté
realizada. El viejo argumento de “Yo estoy después”, todavía está presente,
pero nuestra relación y nuestra recuperación, rara vez apoyan esas palabras.
Los Grupos de Alivio de Presiones han sido muy valiosos, apoyándome en el
aprendizaje de cómo tener y trabajar hacia mis visiones de una manera
solvente. En los dos últimos años, he tenido la alegría de que las visiones se
hicieran realidad. Mi pareja y yo nos hemos mudado de la ciudad a una granja,
y cada día sentimos que nos despertamos en el paraíso. Por la noche, he
realizado caminatas con mujeres, experimentando la alegría de ver mujeres
proclamando que pueden caminar, de noche, sin sentir miedo. Estas visiones
fueron apoyadas, paso a paso, por mis Grupos de Alivio de Presiones, por
gente que está en el programa y por mi encuentro con Deudores AnónimosPropietarios
de Negocios (su nombre en inglés: Business Owners D.A.).
Antes, estas visiones hubieran parecido imposibles.
La recuperación ha sido un proceso de comprensión y aceptación de cómo
funciona la vida. Mis erróneas concepciones previas acerca del tiempo, la
energía y el dinero me pusieron de rodillas. Mi primer desafío fue aceptar que
soy un ser humano común con necesidades física y limitaciones. Por largo
tiempo, mi enfermedad física me produjo vergüenza.
Mi pensamiento mágico acerca del tiempo era muy fuerte. Creía que podía
“hacer diariamente largas listas y todavía tener tiempo para disfrutar y
descansar. Solo el trabajo diario con mi padrino rompió ese hechizo.
Constantemente, me decía que tiempo completo significaba equilibrio, no
comprometerse con un gran número de cosas importantes. Así, cada día
“hacía” mi lista con él. No podía haber más de diez ítems, con un equilibrio
entre lo espiritual, los negocios, la diversión y el hogar.
Cultivar un jardín vegetal en nuestra granja me enseñó acerca de la verdadera
naturaleza del tiempo. En el tiempo mágico, planto y cosecho en el mismo día.
En mi jardín, aprendí que para preparar el terreno se necesita tiempo. Abonar
un terreno es como el trabajo interior de la recuperación que transforma la
basura en un suelo rico. Imaginar y planear el jardín debe venir antes de que
las semillas sean plantadas.- Muchas semillas deben ser plantadas, dado que
no todas las plantas florecerán. Hay muchos días de riego, de quita de malezas
y de protección de las nuevas semillas, antes de que, se asíenten. Por largo
tiempo, la tierra permanece inalterable, y no podemos ver si algo ha brotado.
Después, parece que todo el trabajo fuera estéril, ya que las ardillas y los
insectos devoran algunas de las plantas. Los obstáculos surgen para bloquear
mis visiones, y creo que tengo que abandonar mis sueños. Pero comenzando
poco a poco y protegiendo la visión, permito que mi vida y mi jardín se
desarrollen a su tiempo y á su manera. Eventualmente, es tiempo de cosechar
y recoger el premio.
Cosechar en mi vida es cuando disfruto y comparto mi abundancia. Entonces,
es tiempo de alimentar el suelo nuevamente y soñar nuevos sueños. Estar
presente es la clave para vivir con abundancia. Darme cuenta que soy una
parte de un Poder Superior más grande que yo misma, y que este Poder
Superior está a cargo del tiempo, me ha permitido relajarme y confiar. Cuando
le pregunto a mi Poder Superior cual es, ahora, el mejor uso de mi tiempo, me
siento en. paz y capaz de hacer frente a lo que venga a continuación.
Como una pobre compulsiva, he sido capaz de guardar un montón de dinero.
El tiempo, sin embargo, debe ser gastado de alguna manera, y todos nosotros
tenemos veinticuatro horas al día. En mi tiempo de deudora, estaba perdida en
el torbellino de gastar mi vida. No era tarde para compromisos; era tarde para
mi vida.
Ahora, viviendo en el presente, siento el nacimiento del futuro. Al aceptar que
soy humana y que tengo limitaciones, gastos menos energías en la pelea por la
vida. Cuanto más me recupere, más me voy a valorar a mi misma y a mis
visiones. Cuanto más equilibrada sea mí vida, un día a la vez, tendré más
energía para la creatividad. Al creer que mis visiones son un regalo de mí
Poder Superior, reconozco un Poder más grande que yo misma. El mundo no
es lo suficientemente poderoso para detenerme cuando me apoyo en la
voluntad de Dios.
Estoy, serena, en el borde de una gran curva que me encamina hacía mi Poder
Superior. Abrazando todo mí sufrimiento y a mí misma, entregaré mi voluntad
y mi vida a mi Poder Superior.
SOÑAR CON LA PAZ
D.A. se convirtió en una fuente invalorable en el desarrollo de su
espiritualidad.
Nací en el Este. Mi padre estaba bastante enfermo acerca del dinero. Mi madre
tenía “conciencia de la abundancia” y una generosidad que saltaba, sin
embargo, al gasto compulsivo. En ese momento, mi país no era muy
materialista, aunque las conductas y esquemas de mis padres crearon un gran
estrés en el hogar, y todo esto estaba relacionado con el dinero.
Como era una niña pequeña, que quería que sus padres permanecieran juntos,
decidí reducir el estrés y no “desear” nada más de mis padres. No es muy
difícil de entender que esto me mantuvo apartada de las actividades de los
niños que estuvieran involucradas con el dinero. Mentía al decir que no me
gustaba el helado, mentí al decir que no podía salir porque mí madre me
esperaba temprano en casa, mentí al decir que no podía tolerar ir a un
campamento de verano, etc., etc.
No iba a muchas fiestas de cumpleaños, por que deseaba evitar pedir dinero a
mis padres para comprar un regalo. Sin embargo, una vez me atreví a
pedírselo. Mi padre me dio una lapicera para el cumpleaños de una chica.
Cuando mi amiga abrió los regalos, a ella le hizo gracia que sobre uno de los
lados de la lapicera, estaba escrito el nombre y la dirección de la empresa
donde mí padre trabajaba.
La parte más dura de nuestra privación fue cuando mi padre decidió, para
bajar las cuentas, bañarme en agua fría, a pesar de que nunca fuimos pobres,
ni por falta de dinero para cubrir las necesidades básicas.
A través de los años el aislamiento fue mayor. Yo era una niña brillante, sin
voluntad para estudiar, a pesar de que estaba en una escuela especial de arte.
Tenía miedo de que si estudiaba, alguien pudiera descubrir que yo no era tan
inteligente como ellos creían. En mi ciudad natal, la educación tiene un valor
muy alto, y al ser una estudiante mala me arrojó “fuera” del círculo “in”.
Comencé a desarrollar una imagen de “diferente”, hacia lo cual, hoy me siento
agradecida, porque me dio fortaleza para hacer cosas que requieren
resistencia, yendo hacia donde nadie había estado antes.
A los 18 años, me uní al ejército. Servir fue un concepto familiar, Por que
durante toda nuestra vida, sabíamos que seríamos convocados a cumplir con el
deber. Mi amor profundo por la tierra y la gente, me puso en un campo donde
podía ver y actuar claramente. Sin embargo, por dentro, mi espíritu estaba
devastado, por que ahora estaba claro que deseaba ser “como trigo en la
tormenta”, uno que se mueve con el miedo. Como una hoja sobre un árbol
verde, deseé ser parte integral de la naturaleza, pero todavía estaba
contaminada. La naturaleza era liviana y pura, yo era pesada.
Después de dos años y medio, terminé mi servicio sosteniendo en mi mano
seis meses de salario. La realidad era dura. No tenía motivación, ni capacidad
emocional para ser productiva. Me sentía paralizada y no sabía como arrancar.
Descubrí que era difícil mejorar la forma de vivir en una familia tribal,en un
país complicado. Necesitaba perspectiva, un espacio donde respirar Un tiempo
antes, mis padres se habían ido a Europa y me dejaron un espacio del negocio
para usarlo como campamento infantil de verano. Era un trabajo fácil, de
pocas horas, con el cual gané mucho dinero, gastándolo en taxis, restaurantes,
y amistades. Cuando el trabajo terminó, sabía que tenía que dejar el país. No
comprendía porque; sólo sabía que tenía que hacerlo para sobrevivir.
Hice planes para ir al extranjero y me sorprendió descubrir que me quedaban
doscientos dólares del “gran negocio rentable”. No podía entender hacia donde
se había ido el dinero. En ese momento, me hice a mí misma la promesa
inconsciente de ser como mi padre, lo cual significaba guardar cada peso.
Mi madre me convenció de ir a América, donde teníamos parientes, en lugar
de ir a Europa. Me dijo que me pagaría el pasaje si iba a América en lugar de
Europa. Acepté. Con $ 200, y $600 que, sorpresivamente, me dio mi padre a
último momento, con un idioma Inglés muy pobre, y el deseo de permanecer
viva, me encontré sobre un avión que se dirigía a las veredas, que según se
decía, estaban hechas de oro.
Mis primeros tiempos en Nueva York podría ser una historia en sí misma.
Me mudé muchas veces ese primer año, viviendo en departamentos
estrafalarios con personas estrafalarias. Mis parientes americanos me
ofrecieron dinero de regalo, pero lo rechacé. Era demasiado orgullosa, y tenía
que mantener mí estado de privación. Durante mi primer año en América, la
batalla más grande fue mantenerme sana. Muchas veces pensé que no lo
estaba.
Trabajé lo más que pude, pero ninguno de mis empleos fueron para usar mis
habilidades naturales, por lo tanto no gané autoestíma. Nunca se me ocurrió
buscar un trabajo de acuerdo a lo que deseaba de corazón, ni aún cuando
aprendí inglés y obtuve mi residencia permanente.
Una amiga me arrastró a Al-Anon. Este fue el comienzo de mi camino
espiritual. En una reunión, oí a una mujer mencionar a Deudores Anónimos.
Ella me dijo donde podría encontrar reuniones, y mencionó los términos “mal
pagados” y “privación” como si nunca hubieran existido en el idioma ing!és.
Mi primera reunión de Deudores Anónimos me causó sobresalto. Pensé que
esto sucedía al descubrir que otros acarreaban la obsesión más desconcertante
de todas.
Recordé a mi madre cuando contaba que mi padre se sentaba, en el baño a
oscuras, para ahorrar electricidad, como cada vez que había comida gratis
apilaba tal cantidad que podía competir con lo que come un elefante, como él
robaba hojas de afeitar en los supermercados en países extranjeros, todo esto
sucedía mientras era diplomático de nuestro país. Al final, mi madre siempre
agregaba que ella agradecía poder decirme esto porque, ¿a qué otra alma
viviente le podría decir estas cosas?
Al finalizar la primera reunión, no me hacía sentir feliz descubrir que yo sufría
del mismo monstruo horrible de la privación que provenía de mí familia,
probablemente, desde muchas generaciones anteriores. Quería librarme de esta
prisión, y la única cosa que sabía era ir a las reuniones. “Esto funciona si tú
trabajas en esto”, para mí no fue un chiste. Lo tomé muy en serio, y usé todas
las herramientas posibles. Como mínimo, asistía a siete reuniones por
semana.. Después de tres meses, comencé a llevar el registro de una reunión
de “principiantes”. Aunque esta parte del programa, para muchos, es
dificultosa, a mí me gustaba porque descubrí que tenía buena memoria para
los números. Recordaba hasta el último centavo que gastaba diariamente. Por
primera vez, mi obsesión por los números tuvo un aspecto positivo.
Después, estuvo el Grupo de Alivio de Presiones. En ese entonces, D.A. tenía
ocho años de existencia. Mientras unas pocas personas eran miembros con
experiencia, muchos recién llegados les pedían un Grupo de Alivio de
Presiones. Tuve que esperar mi turno para ese día de salvación tan importante.
Mientras tanto, usé otras herramientas. Estaba claro que D.A. no era un
programa de “conversación”. D.A. estaba totalmente orientado a la acción. Si
yo deseaba trabajar el programa, podría encontrarme a mí misma haciendo una
o dos cosas que no esperaba, ni aún en mis sueños más extravagantes. La
energía que surgía en las reuniones era tan reconfortante que yo estaba
orgullosa de pertenecer. Se tenía la sensación de que era un programa para
ganadores. Para alguien que odiaba a cualquier persona que llevara un
portafolio, era una experiencia saludable de “igualdad” estar en un salón con
artistas famosos, empresarios, abogados inteligentes, o con otros que reciben
salarios bajos, o no desarrollados potencialmente, como yo.
Las herramientas, como las reuniones de negocios, ayudaban, en tal medida,
que aprendí el formato que usaba la gente de negocios. Ahora, ya no me siento
como un bebé ignorante rodeado por un ramillete de portafolios.
Otra experiencia profundamente saludable fue hombres compartiendo sus
historias de incesto: como el incesto fija sus sentimientos de falta de
valoración, privación y baja auto-estima, causantes de deudas. Yo también
tuve resultantes de incesto para resolver. Nunca había sabido que los hombres
fueran víctimas de abuso sexual y también derramé lágrimas, especialmente a
causa de los portafolios.
En mi segundo o tercer Grupo de Alivio de Presiones, derramé una “gran
lágrima”. A pocos días de la Navidad, me preguntaron que haría cuando mi
escuela cerrara por un mes. “Puedo ser un mensajero en bicicleta”, respondí
con tranquilidad. Escuché “¿es eso todo lo que sabes o puedes hacer? Tus
regalos están en las artes. ¿Qué es eso de mensajero en bicicleta?” Entonces,
me dieron una acción: Comprar cada semana The Víllage Voice y marcar
todas las ofertas de trabajo que estuvieran relacionadas con el arte. Eran
estrictos respecto a que no podía hacer llamados telefónicos o entrevistas.
“¡Solo marcar los avisos!”, me dijeron. Bueno, así lo hice. Pensé que era una
acción brillante, porque de un modo simple conseguí, exactamente, lo que yo
necesitaba. A través de los avisos, aprendí que había vida más allá de
Greenwich Village. A las tres semanas consegui un empleo en un estudio de
grabados, con un vista panorámica maravillosa. El trabajo no surgió de los
avisos, pero mi conocimiento abrió un espacio para esto, y a través de amigos,
cayó en mis manos.
Por lo menos, fui a dos reuniones semanales de visiones, y comprendí que, sin
una visión, mi “caminata” no tiene dirección. Una de las personas que me
inspiró, fue un arquitecto, de cincuenta y cinco años, quien decidió proseguir
su visión presentando un talkshow. A los tres meses, llegó a convertirse en
anfitrión de su talkshow favorito. Me dije a mí misma, “si él puede hacer esto
con la responsabilidad de una esposa, hijos, hogar, auto, yo también puedo
hacerlo.” En mi Grupo de Alivio de Presiones, dije que me gustaría hacer
exhibidores de vidrieras.
El tres parece ser un número mágico en el programa. A las tres semanas,
estaba en un equipo que trabajaba, en forma exclusiva, para tiendas
importantes ubicadas en el área de la Quinta Avenida y la calle Cincuenta y
Siete. ¿Cómo lo hice? Simple: ¡A la manera de D.A.! Pequeñas acciones traen
grandes resultados. Volviendo del Grupo de Alivio de Presiones, escribí sobre
mi calendario “D.A. en acción”. En aquellos días, yo tenía que hablar, por lo
menos una vez, con alguien en el campo del diseño. Más adelante, pregunté a
la gente si ellos conocían a alguien en este campo. En un día de ‘D.A. en
acción’, hice una sola llamada telefónica, a gente que conocía. Pronto, no tuve
más nombres, por lo tanto, el paso siguiente fue llamar a gente a las cuales
veía una, dos, tres veces al año, quizás en una fiesta o en otro evento social.
Esta acción trajo gran disconformidad, especialmente incomodidad, pero de
cualquier manera, lo hice. Pensaba, “¿qué tengo para perder?”. Descubrí que,
por lo general, las personas son felices cuando ayudan.
Hacer exhibidores era una especie de juego. Por primera vez, obtuve una
ganancia a través de algo que me gustaba hacer. Mi autoestima subió, y había
llegado el momento de una nueva realización. Amaba este trabajo. Todavía no
ganaba lo suficiente, no hacía más de $ 10 en una hora. Mi gente de presión
me demostró que para seguir mi listado de visión, necesitaba comenzar a
razón de $ 25 por hora y trabajar hasta alcanzar los $ 65. Al día siguiente, pedí
ganar $ 25 por hora. Mí jefe obtenía $ 12 por hora. La persona que me había
contratado me dijo que era imposible, a raíz de su respuesta renuncié. La
mayoría de mis ingresos provenían de ese trabajo, pero confiaba en abrir un
espacio a la abundancia. Esa fue una de las cosas que hice con más miedo; ese
era el camino. Nuevamente, llegué a un acuerdo con Dios, o el Gran Misterio,
como lo llamo actualmente: “mantenerme en la verdad” no me haría endeudar.
Después de una semana, la directora del estudio llamó y dijo que había
encontrado una manera para que yo obtuviera $ 25 por hora. Me conectó con
dos artistas; gané dos trabajos donde elegía el horario y trabajaría en mi casa.
Con gratitud, puse mi corazón y mi alma en esto. Trabajé para ellos poniendo
la energía del amor. Ellos vendían con la rapidez de un rayo de luz. Después
de un tiempo, uno de los artistas me dijo que yo era muy caro, y que solo me
podría contratar cuando tenía que cubrir un vacío de trabajo. Lo entendí, pero
le dije que no podía bajar mis honorarios porque eso heriría mi autoestima.
La vida se fue configurando. El programa era un importante fundamento
espiritual, y ahora deseaba expandirlo. Tenía dinero suficiente para ir a talleres
y conferencias dadas por maestros espirituales. Un día, uno de estos maestros
dio una medítación y nos pidió que visualizáramos un lugar donde nos
sintiéramos realmente seguros. En mi mente, apareció un centro de yoga,
donde una amiga mía pasaba su verano. La conferencia continuó,
compartiendo como escuchábamos a Dios las veinticuatro horas del día. Esa
fue una idea incomprensible para mí. Pasó un mes, y aún
no había conseguido empleo. En ese momento, estaba enraizada con los
principios de D.A., y sabía que si hacía un esfuerzo constante y no aparecía
trabajo alguno, probablemente, Dios quería que hiciera otra cosa. Dije: ‘muy
bien Dios, no se cómo escucharte, pero estoy segura que lo descubriré’. No salí
durante dos semanas, tratando de comprender lo que Dios me estaba diciendo.
En mi mente, continuaba viendo el flash del centro de yoga surgido en mi
meditación. ¡Por fin, mi cabeza grande y dura lo consiguió! No tenía trabajo,
estaba libre para ir al centro de yoga, algo que, probablemente, no hubiera
hecho bajo otras circunstancias. En una semana dejé todo pagado y me quedó
un remanente de $ 67.
Yo sé que la espiritualidad es mi enfoque principal, y mi visión es ser una
maestra espiritual. El centro de yoga fue algo importante en mi vida. Allí, el
guru me recomendó no saltar de una cosa a la otra, sino “elegir una trayectoria
y profundizarla lo más que se pueda . Eso sonaba a verdad. Tuve que elegir.
Amaba el centro de yoga pero, todavía mi corazón, estaba con la filosofía del
Americano Nativo, porque, eso cumplimentaba mi viejo deseo de estar
integrada con la naturaleza. Cuando hice mi elección, el “agujero” que estaba
machacando que “algo estaba faltando”, se llenó completamente.
Pasé cuatro años y medio en una reserva del Americano Nativo, viviendo con
los principios de D.A. Aunque estaba muy lejos de cualquier reunión de D.A.,
tenía grabaciones. Entre todos los residentes, era la única que tenía un trabajo,
auto y no tenía deudas. Cuando llegué por primera vez, no había
absolutamente nada. Con mi educación para la abundancia, establecí una
oficina equipada en forma divertida, con gente que la administraba, sin
deudas. Comencé con la “oficina del espacio”, por medio del sorteo de un
cuadro donado por alguien, continué para construir, solo proyectos que
pudieran pagarse por sí mismos.
Hoy, estoy en transición, preparándome para regresar a mi tierra. Viví con los
Americanos Nativos de esta particular nación, porque ellos fueron parte de
una Confederación de Paz, de cinco naciones que, han vivido en paz, por
cientos de años. Proveniente de una tierra con situaciones conflictivas, estaba
dispuesta a vivir sin confort, con el objeto de aprender los principios de la paz
que esta Confederación sostuvo. Mi visión era que la paz volviera en el Medio
Este. Puse todos los pequeños placeres que hacen que la vida valga la pena
viviría, en sostener el enfoque sobre el estudio intenso que me lleve a
cumplimentar mi misión.
Hace poco tiempo, tuve una revelación que me trajo tristeza y desilusión.
Descubrí que sólo soy humano. Aunque quise la armonía perfecta con la
Tierra, como los animales y los pájaros, las águilas son águilas y las personas
son personas. Me gustaría ser una pacifista, pero mi responsabilidad principal
es disfrutar cada momento, aquí y ahora. Una vez, una maestra me dijo que
vivir en el futuro o en el pasado, era negar a Dios, porque lo bueno es el
presente, exactamente el ahora.
Después de años de ejercitación espiritual, y de enseñanza de los principios de
espiritualidad, descubrí que, lo más importante para mí, era disfrutar el aroma
de una flor, tocar el viento, siempre recordando dar las gracias al sol por su luz
y su calor, a la Tierra por el alimento, a la luna y al precioso aire de la vida. Es
decir: Gracias, Gran Misterio.
DEL RESENTIMIENTO A LA LIBERTAD
El retraso se convirtió en un antídoto por ser el chíco perdído en mi familia.
Hoy estoy viviendo un milagro. Hace un año y medio que estoy en el
programa de D.A., y definitivamente, puedo decir que he crecido como nunca
lo hubiera imaginado. Nací en Texas, dentro de una familia que nunca creció
lo suficiente para realizar sus sueños. Mí madre se casó por que estaba
embarazada de mí, y mi padre se hizo cargo de ella cuando dejó la escuela
para dar a luz. Ella nunca experimentó la vida por sí misma. Mi padre,
realmente, tampoco creció. El bebía todos los días y abandonó la carrera de
abogacía para trabajar con su padre, en el negocio de la familia. Aún hoy, soy
dependiente y guardo resentimiento hacía mis abuelos, quienes los apoyaban.
En mi familia, los abuelos son los portadores del dinero, que reparten o
guardan como a ellos les parece. Ellos son los adultos y mis padres, que están
en los cuarenta, son los chicos.
Este es mi historia, y agradezco a Dios y a D.A. por mostrarme el camino para
apoyarme a mí mismo financiera y emocionalmente. Al salir de la reunión de
D.A., camino a casa, me digo que podría escribir un manual de cómo las
personas llegan a ser dependientes. Probablemente, allí afuera hay un montón
de gente como nosotros. Cuando compré un auto, al ir a la estación de
servicio, no sabía como se cargaba el gas. Cuando comencé los estudios
superiores, no sabía como usar el lavarropas en la lavandería. Puedo ver que
esto sucedió, porque mis padres lo hacían todo y no me dieron la oportunidad
de aprender Aprendí a buscar quien me cuidara, creyendo, de alguna manera,
que esto funcionaría. Crecí, y esto se tradujo en “el dinero estará allí”. Cuando
crecí otro poco, me di cuenta que mi padre era totalmente nulo respecto al
dinero. En un sentido, él “pedía prestado” para comprar regalos, o tener
vacaciones extravagantes. Todos los pagos referentes a la casa y a la
educación de los hijos, eran manejados por mis abuelos. Mis padres sienten
que es su derecho. Realmente, están resentidos con respecto al dinero de mis
abuelos, pues creen que ellos deberían tener más.
Yo recibí como enseñanza este resentimiento. En resumen, estoy resentido
desde que era joven. Cuando era un niño, todas las mañanas, esperaba que mi
madre me llamara una y otra vez, para desayunar antes de mover un solo
músculo para vestirme. Todos los días tenía problemas. A menudo, mi padre,
durante todo el camino a la escuela, me señalaba lo perezoso que era, debido a
que siempre se me hacía tarde. Un día me dejó en la escuela quince minutos
más tarde, y cuando entre en mi aula no había nadie allí. Me asusté. Todas las
luces estaban apagadas. Gritando, corrí hacia el auto de mi padre, pero él ya se
había ido. Salí corriendo detrás del auto, me caí y me lastimé una pierna.
Después me enteré que la escuela había tenido un simulacro de incendio. Ese
es uno de mis recuerdos más lejanos, y el trauma de la tardanza siempre me
invadió.
Mi familia, los amigos, los parientes, cada empleo que he tenido, cada clase a
la que he asistido y cada persona a la que he conocido, fueron afectadas por
mis llegadas tarde. Cuando tenía cinco años, nació mi hermano, con un
defecto de nacimiento, que requería una atención especial por parte de mis
padres. Ya no era hijo único, mi madre admitió que, después del nacimiento
de mi hermano, ella me ignoró. En ese entonces, ella pensaba que yo era un
chico grande y podía cuidarme a mí mismo. Una de las maneras más
significativas de demostrar mi enojo en mi niñez, era llegar tarde. Hasta que
inicié los estudios superiores, mis padres amenazaban con abandonarme, cosa
que me llenaba de pánico. Ocasionalmente, me golpearon. Mi tardanza me
permitía estar invisible, era mi antídoto ante el hecho de ser el chico perdido
de la familia.
Al crecer, sentí resentimiento hacía el temperamento de mi padre y su forma
de beber. Yo era un hijo insaciable; nunca me daban lo suficiente. Quería que
los adultos me escucharan, me conocieran, no meramente comprarme algo
para calmarme. En la escuela secundaria, intenté impresionar a mis amigos
con regalos costosos. Manejaba un auto muy lindo. Pero, todavía, creía que no
tenía lo suficiente. Regularmente, robaba dinero de la billetera de mi padre,
veinte pesos para esto, veinte pesos para aquello. Usaba las tarjetas de crédito
de mi madre para comprar cosas por correo, sin pedírle autorización. Cuando
llegaban las cosas, mi madre que era de actitudes imprecisas, no recordaba si
ella las había solicitado. Yo tenía miedo, me escapaba de casa, me hacían
multas por exceso de velocidad, sacaba ceros en mis calificaciones, una vez al
año chocaba con el auto. Mi existencia era desastrosa.
Mi tardanza, mis tiempos de deudas, fueron un modelo antipático en mi vida
de relación. Mis amigos, amenazaban con no esperarme, cuando no estaba
listo a tiempo. A la escuela llegaba tarde, comiendo una dona. Cuando empecé
la universidad, continué con mi costumbre de llegar tarde. A menudo, se me
veía corriendo hacia la clase, con las tareas en la mano. En las clases que
tomaba, dependía que aceptaran la entrega, con retraso, de las tareas.
En la universidad, estaba enojado porque me pasaba lo mismo que en la
escuela secundaria. Traté de conseguir más dinero. Compraba todo tipo de
libros que no figuraban en el listado de la clase, regalos de Navidad y comida
en el almacén estudiantil, para conseguir un reembolso. Sonreía al pensar “de
esta manera hice cincuenta dólares. Está bastante bien”. En mi familia el lema
era ‘consíguelo mientras el conseguirlo sea bueno’. Con este espíritu, gastaba
dinero a lo loco en cosas y alimentos. Afortunadamente, mi tío trabajaba en el
banco donde yo tenía mi cuenta corriente, por lo tanto, el me echaba un cable
cada vez que me rechazaban un cheque.
Un día, mí padre me dio $ 500 para mi clase de fotografía. Eso era mucho
dinero, y el equipo era caro. Pero yo me decía que era rico. Procedí a
comprarme todo tipo de cosas. La cuenta fue tan grande, que como no me
quedaba lo suficiente para el equipo de fotografía, extendí más cheques sin
fondos. Suponía que el dinero habia que gastarlo rápidamente, mientras estaba
allí.
Eventualmente, aprendí a controlar mis gastos y aumenté mis ingresos con
trabajos. De tanto en tanto, tenía momentos de vagancia, mi abuela me
ayudaba. Conseguí la tarjeta de crédito para estudiantes. Aunque crecí y
aprendí acerca de ser independiente y solventarse a uno mismo, todo eso era
en teoría. Nadie me dijo que pasaría cuando me graduara: insolvencia, soledad
y depresión. Permanecí sumergido en la ignorancia y no hice plan alguno,
aunque ya estaba graduado. Por unas pocas semanas, fantaseé que el mundo
me ofrecería trabajos, pero tenía un problema, no había presentado ninguna
solicitud de empleo, ni aún en escuelas, porque tenía miedo de ser rechazado.
Paralizado por el miedo, deseaba que alguien se hiciera cargo de mí. Tres
meses después de la graduación, vivía en la más completa privación, con un
poco de dinero que me daba mi familia, y trabajando veinte horas semanales
solo cubría alojamiento y comida. Para mi familia, era el momento de
regresar, el experimento había terminado. Pero la última cosa que quería era
dejar el lugar donde yo estaba.
Durante muchos meses, viví con miedo. ¿Podría aguantar hasta tener que
regresar derrotado? Durante aquellos meses de infelicidad, desesperación, sin
descanso suficiente, descubrí que necesitaba dos cosas: recuperarme del gasto
excesivo y recuperarme para hacer frente al abuso sexual y emocional.
Menciono estas dos cosas juntas, porque los antecedentes de mi familia están
relacionados con mis gastos y mis actitudes acerca del dinero. Cuando estoy
en casa con gente que no me escucha, me vuelvo vulnerable a la compulsión
de gastar. Gasto para impresionarlos y paralizar mi temor.
En mi familia, sus integrantes usaban el dinero para tener poder sobre otros.
Hoy, sé que no tengo que tolerar el trato abusivo a cambio de dinero. Como
mi independencia económica se hace realidad, tengo confianza en que puedo
protegerme de las situaciones dependientes respecto a mi familia u otras
personas.
Una cosa dolorosa que he aprendido acerca de la tardanza, es que está basada
en la creencia de que no hay tiempo suficiente, en dirección opuesta a la
afirmación de D.A. Para mí, esta creencia proviene, de no haber estado un
tiempo suficiente con mi madre. En mí familia, el dinero, el tiempo y los
afectos eran tan escasos, que nosotros nos sentíamos como que teníamos que
robarlos. El tiempo que robé, a raíz de mis llegadas tarde, me hacía sentir que
esos eran mis únicos momentos de paz y libertad, pero esto era una agresión
pasiva a causa de la ira y el resentimiento. Aprendí que hay una relación entre
mi tardanza y el resentimiento. Si la ira me domina o estoy deprimido, o algo
está sin resolver, me retraso. Si me siento respetado y escuchado, soy
responsable. Ahora, la deuda de tiempo, no funciona para mí, en el tiempo
real. Después de luchar por tanto tiempo, estoy aprendiendo que hay tiempo
suficiente para descubrir que necesito y que hay tiempo suficiente para la
recreación. Cuando me descubro a mí mismo pensando que no hay suficiente
dinero, amor o tiempo, recuerdo que en el mundo hay abundancia.
Correr detrás de los horarios, también contribuye a bajar la autoestima. Como
adicto, siempre estoy corriendo para atrapar algo. Volver a viejas escenas
familiares, esperando lograr resultados diferentes, es la definición de la
insanía. En lugar de usar mi tardanza como un test de amor incondicional,
necesito trabajar los Pasos respecto a esto: admitir mi impotencia, hacer un
inventario, y cuando esté dispuesto, pedirle a Dios me remueva mis defectos
de carácter. Después puedo seguir con otras lecciones.
Hace cuatro años que estoy en recuperación. En 1992, concurrí por primera
vez a una reunión de D.A., y durante los primeros meses, solo escuché. Los
miembros parecían tener esperanzas. Como era mi caso, algunos no tenían
empleo. Algunos eran sub-ocupados. Algunos eran felices. Esta era una nueva
y extraña experiencia para mí. ¿No se suponía que la vida y el trabajo era una
tarea penosa? La reunión que elegí como reunión casera cubría todo: un
orador compartiendo su experiencia, fortaleza y esperanza, su trabajo. Su
deuda de tiempo y las visiones. Como deuda de tiempo, el concepto de las
visiones captó mí interés: Realmente, la gente puede elegir lo que ellos desean
en sus vidas y moverse para obtener los logros.
Así, comencé a registrar mis gastos en un cuademo muy simpático, que
todavía tengo conmigo. Además, tuve mí primera reunión con el Grupo de
Alivio de Presiones. Hablar con dos miembros acerca del dinero y los
acontecimientos de la vida, es la herramienta más valiosa del programa de los
Doce Pasos. Es nutrirse de lo que muchos de nosotros no hemos tenido. Es la
información práctica que mucha gente con problemas de dependencia, no
hemos tenido. Y, en algún lugar, también está el crecimiento y los milagros
increíbles. En mi Grupo de Alivio de Presiones, todos nos hemos hecho
buenos amigos. Los miembros de mi grupo me comprenden. Me aceptan tal
como soy, aún mi tardanza. Ser amado por estas personas ha producido una
gran diferencia en mi vida, y creo que en la de ellos, también.
Me he encontrado a mí mismo haciendo servicio voluntario, a partir de la
entrada del amor incondicional en mi vida. Ahora, dado que mis amigos de
D.A. me aman, deseo ayudarlos. Seguramente, de tanto en tanto, había
ayudado a mis padres, pero no deseaba hacerlo. A causa de esto, sufrí ataques
de ira y robé dinero a mis padres. Pero D.A., me está enseñando a ser honesto
y confiable para mí mismo.
La recuperación es aprender a tener equilibrio. Cuando trabajo duramente, a
menudo me produce miedo. A menudo, me pregunto por qué. El miedo es un
símbolo de mi crecimiento y me indica que estoy recobrándome. Causa miedo
salir de la zona de confort y tomar riesgos. ¿Dónde estoy hoy? Durante un
año, he registrado mis gastos, tuve un maravilloso Grupo de Alivio de
Presiones, viví de mis propios ingresos y tuve un padrino que me ayudó a
trabajar con los Pasos. Soy, en muchas generaciones de mi familia, en vivir en
otro lugar que no fuera el de origen. Soy, la primer persona de la familia, en
vivir en un departamento propio. Estoy orgulloso de mi hogar. Es la primera
de muchas visiones que se hizo realidad. Tengo un empleo de tiempo
completo, que me permite solventarme totalmente. Lentamente, con la ayuda
de mi padrino de D.A. y del Grupo de Alivio de Presiones, estoy aprendiendo
que mis padres no me deben nada, solo porque yo sienta que no tienen un
buen empleo. En estos últimos meses, que me solvento por mí mismo, aprendí
que me siento mejor cuando el dinero es mío. Puedo ahorrar y esto me
enorgullece. Puedo cometer mis propios errores. Después de lograr el control
de mis gastos, tengo dos cuentas de ahorro con reservas prudentes para tres
meses de alquiler y sustento. Hace dos días, dos personas me pidieron que
fuera su padrino. Alguna vez, pensé que yo no tenía nada para compartir.
Gracias, Dios, por D.A.
¿QUÉ TIENE QUE HACER LA FAMILIA?
El deseo de una madre de dar a sus hijos la “mejor educación que el dinero”
podía comprar.
En el término de tres años, intenté tres veces, llevar a cabo el programa de
Deudores Anónimos, pero no continué. Para mí, no tenía sentido. Un amigo de
otro programa, me sugirió que intentara en D.A. después de escucharme
compartir en una reunión, a la cual ambos concurríamos. Yo no creía que mi
lugar de pertenencia era D.A. Cada vez que fui, no pude escuchar que se
estaba diciendo debido a mi estado de pánico. Si tengo pánico, no puedo
respirar correctamente, y no puedo escuchar. Me siento miserable a causa de
mis cheques sin fondos y la deuda con una escuela privada. Yo sabía que no
podía hacer nada por cambiar mis presentes circunstancias, ya lo había
intentado. ¿Cómo podía sacar a nuestras hijas de ese colegio maravilloso
donde ellas podían conseguir la “mejor educación que el dinero podía
comprar? ¿Qué podía sucedernos si hacía el cambio? Era demasiado
insoportable hasta el hecho de pensar en ello, llevar a cabo esa acción para
aliviar la situación financiera. Cuando no tuvimos fondos suficientes para
financiar la educación, comenzamos a usar nuestras inversiones. Usamos
nuestras acciones y bonos. Yo estaba descontrolada. Esta escuela se volvió la
cosa más importante en mi vida. Creía que no podría vivir conmígo misma sí
las hijas dejaban de asistir a esa escuela.
No podía encontrar un trabajo de jornada completa. Era obvio que necesitaba
regresar a la escuela. En el pasado, había trabajado como enfermera, pero esta
tarea me consumía mucha energía para continuar Proseguí firmando cheques
sin fondos, porque ni siquiera podía controlar una libreta de cheques. Había
firmado un gran número de cheques que no podría afrontar. ¡Nuevamente, el
pánico se apoderó de mí!
Era noviembre, lo que para mí, era un momento horrible del año. Siempre me
sentí paralizada por la prisa y el pánico del ‘frenesí por las compras’. Me sentía
avergonzada por no poder comprar a mi familia, lo que otros padres, de la
escuela privada, podían comprar. Estaba enojada y celosa. Recé, pero esto no
parecía calmar mi enojo ni mis sentimientos de inferioridad. Me sentía
miserable, comencé a usar la comida para insensibilizarme a mí misma. Ahora
no sabía que hacer. En la otra reunión de Doce Pasos a la cual asistía, me
acerqué a un miembro, quien nuevamente, me sugirió concurrir a Deudores
Anónimos.
Me ‘arrastré’ hasta D.A. y traté de escuchar. Estaban leyendo el Primer Paso y
reían graciosamente. ¿Qué era lo que encontraban gracioso? ¿ Acaso, no
sufrían ellos al igual que yo? Mientras escuchaba a la gente compartir este
Paso, comencé a soñar despierta, con hechos de mí niñez. Parecía recordar
como mis padres “quebraban, controlaban, domesticaban” mi espíritu. Ellos
creían que esta era una manera saludable para disciplinarme. Me sentía
aterrorizada ante el pensamiento de un espíritu quebrado. ¿Cómo alguien
podría vivir sin su espíritu? Comencé a sentírme avergonzada. Sentía como si
cada uno en esa reunión, fuera mejor que yo. Pensaba acerca de la vergüenza
que había sentido acerca de la forma de beber de mis dos abuelos. Pensaba
acerca del gran secreto de mi familia: el incesto. En el momento de un
pequeño recreo, alguien se me acercó y me dijo: ¡’Hola’! Era mi amiga del otro
programa. Me puse de pie, me abrazó y comencé a llorar. Otros miembros se
acercaron, pero no dijeron palabra alguna. Me sentí aliviada. La presión iba
disminuyendo a medida que hablábamos los unos con los otros. Luego, se
reanudó la reunión. Cuando la misma terminó, me sentía mucho mejor, en
resumen, notablemente mejor. Decidí “seguir concurriendo”.
Sinceramente, deseaba regresar. Tuve un Grupo de Alivio de Presiones y
comencé a trabajar los Pasos con una madrina. La vida se había convertido en
un milagro. Comencé a asistir a más de una reunión de D.A. Fui voluntaria en
el servicio. Ya no sentía tanto pánico. Todavía enviábamos a nuestras hijas a
colegio privado, pero yo dejé de librar cheques sin fondos. Podía respirar y me
sentía mejor.
En una reunión, nuestra Representante de Servicios Generales nos comunicó
que ella estaba asistiendo a la Conferencia de Servicio Mundial de D.A., en la
ciudad de Boston, y necesitaba fondos para representar nuestra reunión. Ella
estaba en un comité especial y deseaba hacer servicio a nivel mundial. Me
ofrecí a hacer servicio y organicé una “Noche de Actuación”. El trabajo fue
intenso, pero divertido. Cuándo estuvo finalizado, pude ver lo mucho que
habíamos hecho por nuestra Representante de Servicios Generales, y comencé
a sentir que ¡yo también podía hacer servicio en este nivel! Asistí a otra
reunión de D.A. y los miembros estuvieron dispuestos a permitir que los
representara. Esto ocurrió dos semanas antes de la conferencia. En la reunión
mensual, nuestra Representante de Servicios Generales anunció que se había
recaudado lo suficiente, y que ella, ahora, podía viajar a Boston. Me di cuenta
que yo también deseaba ir Estaba asustada, pero levanté la mano y dije que me
gustaría ir a Boston. Todos los otros Representantes de Servicios Generales
díjeron: “Puedes ir. Sólo pregunta a tu grupo si ellos desean enviarte, y si la
respuesta es afirmativa, irás”. Pedí que me apoyaran económicamente, y lo
hicieron. Cada vez que abría el correo, gritaba de alegría por los cheques que
recibía de parte de la gente para posibilitar mi viaje a Boston.
Estando sobre el avión, me pellizcaba para ver si esto que me pasaba era real.
Desesperadamente, deseaba hacer servicio, porque me sentía mejor con
respecto a mi pánico. Sentía que estaba viviendo en un mundo de sueños, al
estar obteniendo lo que le había estado solícitando á la hermandad. Tomé
seriamente mi servicio de Representante de Servicios Generales. Amaba poder
hacer servicio para D.A.
Cuando regresé tenía nuevos amigos y un sentido maravilloso de mí misma.
Había dejado de comer en exceso, y estaba saliendo de la deuda. Sentía que
tenía porque vivir. Mi familia y yo nos mudamos a otra ciudad; las chicas
fueron a escuelas públicas. Vi que Dios estaba haciendo por mí lo que yo no
podía hacer por mí misma. La promesa de recuperación se había hecho
realidad para mí y mi familia.
¿Dónde comienza y termina esta enfermedad? No conozco la respuesta, pero
sí sé que, teniendo la disposición de “Seguir Viniendo” me ayudó a pasar del
estado de pánico a un estado de gracia. Recibí muchas bendiciones. Mi
crecimiento, algunas veces se parece a un cohete espacial despegando, y otras
veces al paso de un caracol. Esta es la parte más dura del programa, sin
embargo, crecí mucho en D.A. A través de la ayuda de los otros miembros de
D.A., del los Grupos de Alivio de Presiones, de la madrina, trabajando los
Doce Pasos, asistiendo a las reuniones, y sobretodo, de la oración y la
meditación. Un día a la vez, continúo en el camino de la recuperación. Soy un
miembro agradecido de D.A., y rezo para permanecer aquí hasta el último día
de mi vida. Gracias D.A. Gracias, miembros de la hermandad.
RECUPERACION EN NEW HAMPSHIRE
D.A. estaba a una distancia de cuarenta millas, pero le ayudó mucho más que
lo que este deudor trajo a su hogar.
Deudores Anónimos es el programa de mayor empuje que he conocido. Al
mismo tiempo, me ofrece esperanza y recuperación de la deuda compulsiva.
Me ha llevado a examinar esperanzas, sueños, miedos y viejas creencias,
muchas de las cuales estaban bien escondidas debajo de una mentalidad con
carencia de alegrías, que ni siquiera sabía que las tenía.
Cuando hace once meses llegué a D.A., tenía miedo y no tenía esperanza,
sepultado por una deuda de alrededor de $101.500. Al comienzo, el círculo
vicioso de pedir prestado y reembolsar, parecía perfectamente lógico. La
fluidez del dinero en efectivo para mis negocios, había declinado, y yo tenía
miles de dólares en créditos a través de líneas de crédito bancarias y tarjetas de
crédito de todo tipo y color, incluyendo las doradas, plateadas y las de platino.
Yo sabía que era conflable y solvente, de lo contrario, esa gente no me hubiera
dejado avanzar en mis solicitudes de ampliación de mis créditos. Y así
comencé a deslizarme por la pendiente de la deuda, de la depresión y del
miedo; lo peor fue que, cuanto más aumentaba mi deuda más me
inmovilizaba.
Por un tiempo, me escondí como una ostra. Los mayores niveles de deuda
provenían de los establecimientos comerciales, gastando en extravagancias.
En resumen, cuando toqué fondo, sólo una tarjeta de crédito de un
establecimiento no fue afectada. Las deudas se debían al intento de mantener a
flote mi negocio, cosa que me costó mucho dinero y me forzó a examinar,
realmente, mi egocentrismo. ¿Por qué una persona se compromete en
aventuras de negocios problemáticos, con escasos conocimientos y sin un plan
de desenvolvimiento? Dado que mi gran deuda no era por “beneficios” para
mí mismo, racionalicé que esto realmente no contaba. Siempre habría más y
más tarjetas de crédito para obtener dinero prestado, aumentar el dinero en
efectivo, y milagrosamente me salvaría.
Estaba enfrentando miles de dólares en deudas viejas y recientes, con poco
remanente en efectivo, y los acreedores comenzaron a rondarme diariamente.
En ese momento encontré a D.A. Y así fue que me comprometí interiormente,
a no contraer deuda alguna, no importando para qué, un día a la vez.
El camino hacia la recuperación ha sido lento y decididamente errático. Yo
desearía poder decir que debido a mi decisión, el dinero en efectivo creció.
Que hice un progreso constante en deshacerme de las deudas, y que he logrado
una gran reserva de dinero. Nada de esto es verdad.
Lo que sucedió es que cancelé las tarjetas de crédito y me puse en contacto
con todos mis acreedores (un doloroso proceso), pero estaba recibiendo
amenazas y llamadas telefónicas intimatorias de casi todos ellos. El nivel de
mi dinero en efectivo permanecía bajo. Aún poniendo mis propias necesidades
en primer lugar -pago del alquiler, alimentación-, ha sido una batalla diaria.
Frecuentemente, pagaba la cuota del auto con dinero destinado a pagar la
factura del teléfono. Ese es el lado oscuro, pero he tenido muchas cosas
positivas. Mi beneficio más importante ha sido que sin importar que sucediera,
yo no me endeudaba un día a la vez. Algunas veces, era muy doloroso, pero
aprendí. Aprendí como participar en mi propia recuperación. Constantemente,
trabajo en el programa.
Me cuido de no gastar en exceso, hago planes de gastos y registro los
contactos con mis acreedores. Al hacer el registro de los contactos con mis
acreedores, descubrí que, a menudo, desfiguraban lo que les había dicho, o me
dicen que les he prometido algo cuando no ha sido así. Eventualmente,
interrumpí los contactos telefónicos, y ahora insisto en tenerlos por escrito.
Cuanto más continúo con estos pasos, más se pone de manifiesto mi propio
poder.
Me quedó claro a mí mismo que, por mi propio compromiso de devolver cada
centavo que debía, no era la “mala persona” a quíenes los acreedores se
estaban dirigiendo. Esto cambió el tenor de nuestras conversaciones. También
aprendí que, sus amenazas eran sólo eso, amenazas. Si ellos tenían el poder y
la autoridad que decían tener, moverían los hilos de la intimidación. Aprendí a
responder con calma, a la manifestación de sus enojos.
Tan frecuentemente como pude, concurrí a las reuniones de D.A. No es fácil,
porque vivo y trabajo en un lugar que está a 40 millas de las reuniones. Asistir
a las reuniones me pudo haber costado tiempo y dinero, pero hacer el esfuerzo
era participar en mi propia recuperación.
Se me hizo claro que necesitaba apoyo en mi propia área, y eso me llevó a un
paso significativo en mi recuperación: comenzar a hacer reuniones en mi
propia área. Asistí a las reuniones de lntergrupo para saber como abrir un
grupo en mi ciudad. Trabajando independientemente, una persona abrió un
grupo en otra ciudad que está a 20 minutos de distancia. Ahora, trabajamos
juntos, apoyándonos mutuamente, dándonos Grupos de Alivio de Presiones, e
intentando formar D.A. en el estado. Hice las cosas lo mejor que pude.
Encontré un lugar para las reuniones, puse carteles en los negocios, puse un
aviso en nuestro diario comunitario, y semana tras semana, publicaba algo. La
concurrencia a nuestras reuniones fue creciendo, así la palabra de D.A. se fue
esparciendo.
Finalmente, comencé a trabajar en algunos de mis objetivos. Me di cuenta,
que había pasado la mayor parte de mi vida en el círculo que va de la deuda a
mayor deuda, pagando y comenzando a deber nuevamente. Todavía hay una
parte activa de mí que quisiera continuar con esto, pero mi compromiso con el
programa es tal, que no lo podría hacer por mucho tiempo. Algunas veces,
esto es una lucha, dado que la parte destructiva que hay dentro de mí y mis
conductas compulsivas, aún están vivas.
Miré mis gastos y me di cuenta que la causa -tanto el querer mantener a flote
mi negocio o comprar ropa para lucir mejor- no importaba. Mis gastos y mis
deudas estaban fuera de la proporción de mi realidad. Uno de los regalos que
recibí de D.A., fue darme cuenta que podía balancear mis ingresos con mis
egresos. Acostumbraba a gastar y a endeudarme para sentirme mejor, para
aparentar como un adulto equilibrado y tratando de estar bien conmigo mismo.
Ahora, no tengo que hacer esas cosas. Puedo retroceder, pensar, caminar a
través de sentimientos no muy confortables, sin endeudarme.
Hace casi un año que estoy en D.A. y mi deuda se ha reducido a $ 88.500. Sé
que es una reducción importante, pero tengo, todavía, un largo camino que
recorrer. Lo que no entendía cuando, por primera vez vine a D.A., es que el
dinero no es el tema. Lo que importa es la fortaleza y la recuperación que
tengo. He aprendido que deber dinero no me convierte en una mala persona.
He aprendido que en una operación comercial, lo que ellos desean de mí es el
dinero, y yo deseo pagarles. Solo tenemos que discutir el cómo.
D.A. me ha devuelto cierto control sobre mi vida y mis finanzas. He aprendido
a estar en positivo, no entrar en la deuda y la desesperación que vienen con
esta enfermedad compulsivo. He aprendido que tengo una enfermedad
compulsiva, pero que con la ayuda de mí Poder Superior y de D.A., puedo
sanarme. Gracias, D.A. Gracias, Poder Superior.
EL PAJARO HERIDO
Al principio, las tarjetas de crédito eran su red de seguridad; luego, se
convirtieron en una telaraña enceguecedora. Cuando pudo cortarla se encontró
con el dolor y la realidad.
Deudores Anónimos es mi programa más importante. En 1989, mientras
viajaba hacia París, leí en una revista, acerca del mismo. Iba a París por un
trabajo de cuatro meses, con un buen sueldo y beneficios importantes. La
mujer que había escrito el artículo, decía que, en Deudores Anónimos, había
aprendido a ser financieramente responsable y a detener el círculo de la deuda,
siendo, ahora, su vida más próspera. Me dije “Algo de esto lo tendré en
cuenta”.
Mientras estaba en París, decidí llevar un registro de mis números. Yo era una
persona capaz de tomar unas lindas vacaciones mientras estuviera allí, pagar y
pedir préstamos y comprar regalos para mí y para otros al finalizar mi estadía.
Lamentablemente, al regresar a los Estados Unidos, me olvidé completamente
de Deudores Anónimos. Tenía más de $ 15.000 dólares en el banco. Pude
haber firmado un cheque y así pagar la mitad de lo que debía. Por el contrario,
decidí iniciar mi propio negocio. Alquilé una oficina, y salí a buscar clientes.
Coincidentemente, dejé de controlar mi libreta de cheques, no deseando saber
el correspondiente saldo. De este modo, comencé mi círculo de deudas en una
forma grandiosa.
Comencé a conseguir tarjetas de crédito con líneas de crédito importantes:
$5.000, $7.500 y $10.000-. Sentía que me lo merecía; me hacían sentir
importante. Algunas las usaba para “financiar” mis negocios – pago de sueldos
y cubrir lo que los clientes no pagaban. Mi deuda creció en más de $ 60.000.
Comencé a darme cuenta que estaba en problemas. Compré un libro
fotocopiado que recomendaba a Deudores Anónimos y así encontré mi camino
en D.A.
Odié mi primera reunión. Se llevaba a cabo en el subsuelo de un edificio
bancario de Beverly Hills. Mí subconsciente critícaba las agallas de los
deudores que pensaban que les estaba permitido estar en Beverly Hills. El
salón era de color marrón, allí no había contadores o financistas, ellos
hablaban de Dios. No me sentí que pertenecía a ese lugar, hasta que un
miembro relató que un día entró en un banco y firmó pidiendo un préstamo
inseguro de $ 1.000.000. Esto hizo que mis problemas me parecieran menos
riesgosos y que después de la deuda podía haber vida. Este miembro parecía
haberla encontrado y pensé que yo también podría.
Asistí, con regularidad, a las reuniones, dos o tres veces por semana. Lloré
mucho, aprendí mucho. Pero para las fiestas navideñas, aún continuaba
debiendo. Nuevamente, comencé a registrar mis números financieros, pero
aún no había cambiado mis antiguos hábitos. Más adelante, después de haber
escuchado una vez más la grabación sobre la recuperación, me di cuenta que
tenía que dar un paso decisivo, y anulé mis tarjetas de crédito. Un amigo me
sugirió que pensara en la vida sin tarjetas de crédito, “sólo como un
experimento” – que lo intentara. Siempre podía volver a la situación anterior.
Sentía mucho miedo. ¿ Quién se ocuparía de mí si yo no tenía las tarjetas de
crédito como apoyo? ¿De dónde sacaría el dinero para pagar el próximo mes
de alquiler? ¿Cómo haría para pagar mis cuentas y mi préstamo estudiantil?
Dentro de las veinticuatro horas de haber dejado de usar las tarjetas de crédito,
comencé a recordar a mi hermano y algunos de mis vecinos violándome. Esto
había sucedido varias veces. Yo tenía cinco años. No lo había olvidado, pero
había elegido no pensar acerca de esto. Aquí estaban estos recuerdos,
golpeteando en mi cerebro como si fueran una vieja película de terror. ¿Qué
era todo esto? ¡Estos recuerdos surgían en un momento inoportuno,
demandando mi atención, cuando yo necesitaba hacer un cierre y resolver
como haría para lograr que ambas puntas se unan! Esto comenzó a ponerme
muy mal. Mi cuenta bancaria estaba disminuyendo y los recuerdos se
volvieron más intensos. La película que surgía en mi memoria incluía otros
tipos de abusos que sufrí de parte de mi familia y mis vecinos – sexual, física y
emocionalmente. En ese momento mi cuenta bancaria era de $ 21. Ya no
podía soportar el suspenso y el nerviosismo, y tomé un adelanto de $ 2.000.
Los recuerdos desaparecieron y conseguí un poco de paz, al menos por un
tiempo – el tiempo suficiente para pedir ayuda. Comencé sesiones de terapia y
comencé a ordenar como la enfermedad se había desarrollado.
Mi padre es un deudor. A medida que fui creciendo, me prometía ir de
compras con sus tarjetas de crédito cuando yo tuviera dieciséis años. Nunca
llevó registro de su dinero y, frecuentemente, me pedía prestado mis ahorros
los fines de semanas, cuando los bancos estaban cerrados. Sus saldos de
tarjetas de crédito, a menudo, mostraban fuertes deudas. Cuando fui a la
universidad, conseguí apoyo financiero el cual, incluía, préstamos
estudiantiles. Mi padre tenía mucho miedo. El decía que eso era “dinero
gratis”. El me decía: ” No te preocupes, si tienes algún problema, yo te ayudo
a pagar”. Cuando obtuve mis propias tarjetas de crédito, comenzó a controlar
los saldos y a decirme que las utilizara para ayudar a mi hermano que no podía
pagar sus cuentas a tiempo ni podía conseguir tarjetas de crédito. Mi padre
decía: “Dado que tienes tarjetas de crédito, puedes cuidarte a ti misma”. Yo
había alcanzado el status dorado de la adultez. Yo era considerada
“responsable”.
Mi madre también era deudora, pero no era una gran gastadora compulsiva.
Era, emocionalmente, inestable y fue una de las personas que abusaron de mí.
Las lecciones acerca del dinero que ella me enseñó fueron: 1. El dinero viene
y se va; nunca se queda. 2. Nuestra familia estaba en la cima del 3% de
ingresos en la nación; pero éramos pobres. Es un misterio de cómo esto pudo
ser cierto. 3. A mí no se me permite tener lo que realmente deseo, pero mi
madre me comprará cinco cosas que están en liquidación, aunque sean
escasamente tolerables. 4. Las cuentas referentes a alimentación provenientes
del almacén, del country club, de los restaurantes y de la escuela, son siempre
demasiado elevadas. 5. Los hijos no deberían tener dinero extra para gastar.
Esto creó la situación de que mi padre cuando nos daba dinero extra lo hacía
en secreto, no podíamos decírselo a nuestra madre. Esto parecía significar que,
realmente no lo merecíamos, pero que él hacía una excepción. Nosotros
deberíamos apreciar su sacrificio y buena voluntad.
Cuando tenía diecisiete años, mis padres se divorciaron, derrumbando
cualquier fundamento que yo tuviera. Fui a la universidad sintiéndome sola y
abandonada, sin hogar a donde regresar. Las tarjetas de crédito se convirtieron
en mi red de seguridad y mi proveedor. Me ayudaron a obtener la graduación,
viajar alrededor del mundo, comprar libros, ropas, que yo no podía solventar.
Me sentía importante. Era una deudora super responsable, siempre pagaba mis
cuentas antes que cualquier otra cosa. Llegando al término de mi deuda,
incurría en nuevas deudas. Intentaba vivir dentro de mis posibilidades, pero un
presupuesto basado en una tarea laboral, parecía insondable para mí, que sólo
le servía a esa gente “aburrida” que nunca iban a ningún lado o no hacían
nada. Para mi estilo de vida, las tarjetas de crédito eran herramientas para
ayudarme a mí misma, al mismo tiempo que me hundía más y más
profundamente en la irrealidad.
Dejar de lado las tarjetas de crédito y enfrentar la realidad, realmente, fue un
shock. No pagar mis deudas si no tenía el dinero para pagarlas era un concepto
nuevo para mí, pero mi Grupo de Alivio de Presiones insistió en que lo
intentara. Era pavoroso para mí, admitir ante la universidad que no podía
pagar mis préstamos estudiantiles. Me hice experta en la redacción de cartas
pidiendo moratoria y aprendí a tratar con acreedores. Pase de “responsable” a
“de gran riesgo”, al tiempo que me tornaba responsable hacia mí misma y mis
necesidades para cubrir alimentación, vivienda y cuidado de la salud.
El regalo más grande que me ha dado D.A. es los Doce Pasos. Asistí a un
taller donde, durante todo un día, se habló sobre los Pasos. Mis recuerdos
sobre el incesto todavía estaban frescos. Al trabajar en los Pasos en ese taller,
pude ver como había sido lastimada y como me había desenvuelto a causa de
esas heridas. Era más instructivo ver como yo había lastimado a otros, mis
rasgos de personalidad desagradables y hacer una lista de personas a quienes
necesitaba pedirles perdón. La noción de que yo, la víctima, el pájaro herido,
debía disculparme y necesitaba cambiar mi conducta me hizo volar llevada
por el viento. Esta fue mi primera comprensión real de lo que era la
compasión.
Hoy, un día a la vez, no tengo deudas. En los últimos tres años, he descubierto
que debía de formas que nunca había imaginado. He aprendido lo que
significa la deuda. La deuda, por lo general, me hacía sentir Valiosa. Hice
mucha terapia, concurrí a muchas reuniones, y encontré apoyo de otros
deudores que trabajan el programa. Estoy aprendiendo a vivir nuevamente,
estoy tanto más estable y fuerte que es difícil recordar como había estado
antes.
Desde que comencé a asistir a D.A. he aprendido que la vida es más
misteriosa de lo que imaginaba. Ahora, puedo ver, con compasión, las
conductas compulsivas de otras personas. Ahora, veo mis propias conductas
compulsivas. Algunas veces, las puedo detener. Soy consciente de mis
miedos, he aprendido a vivir con ellos, pude conocerlos. Reconozco cuando
otras personas son abusivas, y esto no lo tolero. Me niego a ser golpeada
emocionalmente. Yo sé cuando estoy siendo abusada. Ahora puedo cambiar
mis modelos de conducta y dejar de herir a otros, con el fin de saciar mi alma
herida. Establecí límites y los di a conocer. Mi trabajo en la autopista no
consiste en golpear a nadie, sino desearle que pase un día agradable. Más allá
de eso, puedo felizmente, hacer cualquier cosa que sea legal. Nunca más
llevaré la ira conmigo a lo largo del día. He encontrado mi camino espiritual y
gané una consciencia social. Ahora, soy honesta, aún cuando crea que no es
importante. Tengo una nueva perspectiva con relación al dinero, lo que este
puede hacer y lo que no puede hacer.
Progreso, no perfección. Mis viejos miedos me están abandonando. Dios es mi
fuente. Hoy, estoy trabajando en sentir mi valor verdadero, desde lo más
profundo de mi alma. Le agradezco a Dios, por haberme bendecido. Por esto y
por Deudores Anónimos te agradezco a ti, Dios.
LA DEUDA FUE UN PELIGRO PARA MI SALUD
Un gran almacén le otorgó su primera tarjeta de crédito en momentos en que
ella no tenía trabajo, ni casa ni auto. Pronto consiguió otras y las usó hasta que
no pudo imaginar su vida sin ellas.
Hoy tengo una buena situación económica y vivo con prosperidad. En cinco
años, pasé del miedo constante y de contemplar mi bancarrota a un sentido de
bienestar y gozo. La fe me llevó a romper mi dependencia del crédito y a
confiar que mi seguridad dependía de un Poder Superior más grande que yo
misma. Para mí, todo empezó hace más de 25 años cuando regresaba a mi
hogar natal, después de mis primeros dos años en la ciudad de Nueva York.
Hasta entonces, solo trabajé sin pensar en el uso del crédito. Cuando conseguí
un empleo en una corporación, pedí prestado $ 800 a la unión corporativa de
crédito para comprar un auto Chevrolet Custom lmpala. La unión de crédito,
no vacilaba en descontarme mensualmente la cuota de mi sueldo. Un año más
tarde, vendí el auto en la suma de míl pesos, y cancelé el préstamo.
Comprendí muy poco las consecuencias que ocasiona el pedir un préstamo.
Aprecio muy poco la libertad de una vida libre de deudas. En D.A. hay dos
categorías de deudas: deuda segura y deuda insegura. La deuda segura tiene
garantía, por ejemplo una casa o un auto. D.A. apunta a la deuda insegura; es
decir, aquella que no tiene garantía, nada que la respalde. Una tarjeta de
crédito o un préstamo personal está comprendidas en este tipo de deudas. El
préstamo del auto fue la única deuda segura en los próximos 15 años.
Cuando cumpli 26 años, regresé a Nueva York con planes para comenzar otro
negocio. Fui a vivir a la casa de unos amigos hasta que ganara el dinero
suficiente para comprarme un departamento. Un día, entré en un gran negocio
para disfrutar del aire acondicionado. Era un día caluroso de verano. Una
mujer parada en el medio del local me detuvo y me preguntó si tenía tarjeta de
crédito de ese establecimiento. Le contesté: “Por supuesto que no”. Ella me
preguntó: “¿Le gustaría tener una?”. Mi respuesta fue: “por supuesto, porqué
no”. El aire acondicionado me hizo sentir bien, y quise ver la expresión de su
rostro cuando le dijera mi estado financiero. Yo estaba más que dispuesta a
darle respuestas sinceras a sus preguntas personales: no tengo trabajo. Nadie
me solventa. No tengo vivienda. No tengo auto. No tengo tarjeta de crédito o
préstamos bancarios. No tengo ingresos privados. No tengo activos. No tengo
nada. Espere un minuto: ¿se tiene en cuenta un préstamo para un auto
otorgado por una unión de crédito corporativa?
Le di la dirección de mis amigos creyendo que nunca me otorgarían esa
tarjeta. Tampoco la deseaba. No tenía esperanza de conseguirla. Pensé que era
un gran chiste, estaba segura que nunca me darían la tarjeta. El chiste me lo
hicieron a mí.
Acepté un trabajo de tiempo completo y pronto usé mi status laboral y la
referencia del departamento crediticio del establecimiento comercial para
obtener muchas más tarjetas de crédito. Más tarde usé mis ingresos salariales
para obtener préstamos de consolidación de deudas para limpiar de vez en
cuando mi estado crediticio. Aunque yo tenía sinceras intenciones de nunca
volver a pedir créditos sobre aquellas tarjetas, los préstamos de consolidación
de deudas sólo me libraron de un tipo de deuda para entrar en otras.
Mis intenciones no tenían una mala motivación, y pedía prestado y cargaba
con cada intención de pagarle a mis acreedores. Yo tenía la idea que la gente
que me otorgaba un crédito sabía algo que yo ignoraba; por ejemplo como
podría, en el futuro, conseguir el dinero para pagar las cosas sin las cuales no
podría vivir- no tan inusual en estos días de gratificación instantánea.
Sin embargo al aumentar mi deuda los pagos mensuales a mis acreedores me
hacían disminuir más y más mi efectivo. En unos pocos años, la única forma
en que yo podía comprar ropa, cenar afuera, o pagar algún entretenimiento,
era usando mi tarjeta de crédito. Cuatro años después de haber obtenido una
tarjeta de crédito, usaba mis tarjetas de créditos hasta para comprar en el
almacén. En ese entonces, ganaba alrededor de $15.000-.
Cuando pude admitir y hablar acerca de mi problema, un amigo me habló
acerca de un servicio para aconsejar a consumidores de tarjetas de créditos. Al
día siguiente, hablé con un consejero quien tomó mis cuentas que sumaban
$8.000, llamó a mis acreedores, y negoció con todos ellos un plan de pago. Yo
sólo tenía que enviar mensualmente un cheque al servicio, y ellos enviaban los
pagos a mis acreedores. Esta fue la forma menos dolorosa de resolver el
problema. En cinco años mis deudas fueron pagadas, nuevamente podía usar
mis tarjetas de créditos y fui recompensada con mayores y mejores líneas de
crédito. Me había demostrado a mí misma el mérito de incurrir en una deuda
que era ridícula de acuerdo a mis ingresos, y luego haber demostrado que
estaba en condiciones de pagarla. Realmente había alcanzado la condición de
ser un buen riesgo con respecto al crédito. Creía que como usuaria de tarjetas
de créditos, había aprendido mi lección.
Durante seis años, el matrimonio intervino en mis hábitos de gastar
demasiado. Establecí nuestro presupuesto, porque sabía acerca de los gastos
extravagantes que hacía mi esposo, pero estaba ciega con respecto a los míos.
Compartíamos el dinero de ambos. Viajábamos extensamente por cuestiones
de trabajo y teníamos cuentas abiertas para tal fin por parte de la empresa,
aliviando de esta manera nuestros gastos diarios. Cuando nos separamos, él
pagó todas las cuentas de las tarjetas de créditos. Nuevamente las cuentas de
mis tarjetas de crédito estaban balanceadas.
Durante los cinco años siguientes, incurrí en una deuda superior a los $25.000,
incluyendo $2.200 en impuestos. Quince años después, obtuve mi tarjeta de
crédito en un establecimiento. Solamente estaba trabajando tres días por
semana y ganaba $36.000 anuales, no había comprado una vivienda, tenía dos
préstamos personales bancarios y las tarjetas de créditos estaban cargadas al
límite. Todavía no tenía vivienda, no tenía auto, nadie que solventara mis
gastos, no tenía ingresos privados ni activos. Había empezado un programa de
Mastercard mediante un préstamo que me hizo mi padre, pero no podía
continuar mi educación con préstamos. Pensé que mi problema era que mi
padre no pagaría por mi educación. No se me ocurrió que la deuda estaba
haciendo mi vida ingobernable.
En diez años, mi deuda sobre préstamos pasó del 53% al 70% de mis ingresos
anuales. Yo negaba mi problema con la deuda. A menudo, tuve que sacar de
una tarjeta para pagar otra o, periódicamente, refinanciar mi préstamo personal
llamado “consolidación de deuda”. Pagaba el mínimo cada mes, pagaba el
alquiler y no escuchaba advertencia alguna acerca de hacia donde me dirigía,
excepto a mi contador. Este me había sugerido pagar mis tarjetas de crédito,
teniendo en cuenta el interés que se iba acumulando año tras año. Yo
justificaba el interés que estaba pagando porque lo descontaba del impuesto a
los ingresos. El mencionó que muy pronto eso no sería deducible, si es que yo
necesitaba una motivación mayor para deshacerme de estas líneas de créditos.
Me pregunté a mí misma “que podés esperar de un simple contador? Para mí
no hay un centavo, gracias.”
La primera vez que tuve la sensación que podía tener un problema con la
deuda, fue cuando me rechazaron la solicitud de otro préstamo de
consolidación de deuda. Aunque yo pagara mensualmente mis cuentas como
buena ciudadana que sabía que era, no había efectivo remanente ni siquiera
para comprar cospeles para ir y volver del trabajo. No estaba en condiciones ni
siquiera de pagar el mínimo mensual. Algo estaba mal calculado. Cuando
constaté a qué suma ascendían mis gastos mensuales, incluyendo los pagos
mínimos mensuales, quedé paralizada al darme cuenta que ya no podría cubrir
ni los gastos básicos, si no era subsidiada por una tarjeta de crédito. ¿En qué
estaba pensando? La respuesta es que no estaba pensando pero que estaba
atrapada en el síntoma común del deudor de “las vaguedades terminales”. Esa
chispa de verdad, sin embargo, no cambió mis hábitos con respecto a la deuda.
Mi segundo despertar fue punzante y poderoso. Todavía confundida con los
problemas financieros, un día decidí que comenzaría mi propio negocio. Sin
prestar atención a los detalles financieros, anuncié mi alejamiento del empleo.
Revisé mis finanzas y me entró la curiosidad acerca de cómo podría sobrevivir
financieramente. Esa noche tuve pesadillas. A la mañana siguiente fui a la
lavandería y le hablé a un amigo acerca de mis problemas financieros. El me
dijo que suspendiera el pago a mis acreedores, que me cuidara a mí misma y
comenzara a vivir con el dinero que tenía. Los acreedores podían esperar.
Si él me hubiera dicho que llegara hasta el borde de un precipicio y me
arrojara desde allí, hubiera respetado sus palabras por su sentido común.
¿Dónde vivió este idiota? ¿En el Central Park? ¿Cómo podría abandonar a los
acreedores que me habían mantenido a flote todos estos años, que me habían
permitido irme de vacaciones a Italia, que me habían enviado a retiros en
California cuando me sentía mal, a quienes me alimentaron, me dieron
alojamiento y ropa durante quince años? Este muchacho definitivamente, era
un perdedor y no sabía qué vida realmente quería.
Sin embargo, lo escuché cuando me habló acerca de Deudores Anónimos,
lugar al que asistía todas las tardes. En la primera reunión de D.A. me di
cuenta que yo tenía un problema que estuvo profundamente escondido detrás
de mis pagos mínimos mensuales. El test verdadero era este: ¿Podría yo vivir
con un efectivo básico y pagar mis mínimos mensuales? La respuesta era
negativa. Esto significaba que tendría que comunicarle a mis acreedores que
no podría seguir realizando los pagos usuales tal como habíamos acordado. En
D.A., escuché que mis acreedores no se sentirían felices con mi decisión, pero
había maneras en que yo podría negociar nuevos términos de pago, y
eventualmente pagar a mis acreedores según mis propios términos. “En mis
propios términos” era un concepto nuevo interesante que tomaría un gran
significado a medida que progresaba en Deudores Anónimos.
Corté todas mis tarjetas de crédito. Era muy incómodo, y me sentía despojada
y vulnerable. Las líneas de mi tarjeta de crédito y los préstamos bancarios
cayeron en mora. Estaba en mí comenzar mi propio negocio y sentía terror de
saber de dónde vendría el próximo pago. Aún después de tener el apoyo de
D.A., por cinco meses fui al servicio de asesoramiento crediticio. Tenía la
esperanza de que ellos me brindaran el servicio de negociar con mis
acreedores tal como lo habían hecho previamente. Esta vez, sin embargo a
causa de mis ingresos oscilantes y mi deuda desproporcionado, no pude
obtener su ayuda. En cambio, ellos me dieron información sobre lo que
significa una quiebra.
Con alguna adicción, nosotros realmente creemos que no podemos irnos de
casa o vivir sin ella. El “no salir de casa sin ella” que aparece en la publicidad,
no me preparó para lo que sucedería cuando las cargara demasiado. Nunca
dejé la casa sin “ella”. En una palabra, nunca salí sin “ellas”. También tenía
una línea de crédito relacionada con mi cuenta bancaria, lo cual tenía el mismo
efecto que produce una hamburguesa. Esta te añade peso sin nutrición. Todo
esto me hizo sentir muy segura de que yo podría hacer frente a cualquier
emergencia, como por ejemplo llevar a mis sobrinos a pasear en barco antes
de que fuera “demasiado tarde”. Nunca me pregunté “¿demasiado tarde para
qué?”
Escuché en D.A. que la deuda era como una adicción. Después de varias
reuniones, llegué a describir la adicción como un estado negativo; por
ejemplo, si yo fuera adicta al alcohol, a las drogas o al tabaco, la ausencia de
la sustancia se sentiría como una deficiencia. Sin la sustancia, la falta de
confort aparece al no usarse la sustancia adictiva, y la falta de voluntad para
dejarlo nos permite experimentar la tenacidad de la adicción. Realmente creía
que ni yo, ni alguien más, podría vivir con prosperidad sin una o más tarjetas
de créditos o préstamos bancarios.
En las cuentas mensuales se podía leer la siguiente advertencia: “Si por alguna
razón usted no puede cumplir con estos términos y no puede cubrir su mínimo
mensual,o pagar el total de su préstamo, nos reservamos el derecho de enviar
su cuenta a la agencia de recaudación que abusará de usted emocional y
psicológicamente.” La agencia de recaudación es como un tiburón que te
morderá y amenazará matarte a ti o a tus hijos si no pagas el préstamo. La
agencia de recaudación está moderada por la ley, pero esto no les impide
comunicarse por teléfono perturbando tu carácter y actitud.
La agencia de recaudación me amenazó con juicios y con considerarme “un
deudor de mal rating” sin lo cual, como todos saben, no podemos vivir en este
planeta. Incluso me dijeron que ellos no eran abogados y que no sabían que
podía suceder. Ellos sólo querían conversar conmigo para saber porqué
sucedió esto. Me hablaron como si era una criatura, no permitiéndome decir
una sola palabra- No hablaban acerca de los hechos, solo hablaban de mí -de
mí como una mala persona. Uno de ellos me dijo que ellos, de esta manera,
recibían más dinero del que yo me ofrecía a pagar. Me preguntaron por qué no
tenía un empleo, qué había hecho para resolver el tema. Ellos me insinuaron
que había algo definitivamente erróneo en mí, y ellos querían saber qué era.
La vergüenza y la desesperanza se instalaron en mí, ellos estaban haciendo
sólo su trabajo.
No hay prisión para los deudores, pero después de unas cuantas llamadas
telefónicas yo deseaba que la hubiera, quizás podría escapar del abuso
psicológico y verbal. No hablé con mis amigos acerca de este problema,
porque su desdén sería demasiado desmoralizador. El miedo, la vergüenza y la
presión de los demás y especialmente la mía propia, me estaba paralizando.
Esto era descender al infierno de la deuda. Ya sabía que yo era una desplazada
social, porque nunca más tendría una tarjeta de crédito, pero ahora tenía que
experimentar la degradante humillación porque no podía pagar mi mínimo
mensual. ¿Qué podía hacer? ¿suicidarme? ¿declararme en bancarrota? ¿dejar
la ciudad y cambiar mi nombre, no dejando ningún número telefónico?
En D.A. escuché a deudores contemplar el suicidio como una primera
solución a la deuda. Cuando era más joven y escuché acerca de la gente que se
suicidaba a causa de la depresión económica de 1.929, yo no podía creerlo.
Me dije a mí misma “¿sólo por dinero?”. Ahora lo comprendo.
La siguiente solución considerada comúnmente es la quiebra. Para mí era una
forma de aliviar la presión de las agencias de recaudación. Recordando el
séptimo capítulo, fui a D.A. y les pedí a otros miembros que me dieran otra
buena razón para que yo no me declarara en quiebra. En D.A. me dieron muy
buenas razones. Muy parecido a lo que me pasó previamente con el servicio
de crédito al consumidor o con mi primer marido haciéndose cargo de “los
hilos sueltos”, cualquier persona que llega a la bancarrota no aprende las
lecciones: Cómo vivir próspera y felizmente con lo que uno gana. Cómo
adquirir paz mental. Cómo vivir independientemente del crédito, lo cual nos
permite convertirnos en dueños de nuestras vidas. Cómo no ser una víctima.
Cómo negociar dentro de nuestros propios términos y resolver nuestros
propios problemas.
Yo solamente tenía deudas inseguras, en consecuencia, nada para vender y
nada para perder. Durante seis meses no pagué a mis acreedores, poniendo fe
en las herramientas que me daba D.A. para prevenirme de llegar a la banca
rota. Las herramientas son los Doce Pasos y las Doce Tradiciones,
acompañado con sugerencias. Fui a muchas reuniones, guardé cada peso que
podía, aprendí cómo crear planes de gastos, comencé a aprender como
sentirme bien a pesar de ganar mucho menos en el pasado. Más que nada, el
hecho de tener un plan de gastos e irlo creando mes a mes, me hizo ver como
siempre había vivido con miedo a la carencia. Ví que aún habiendo ganado
más, todavía había tenido miedo de no tener lo suficiente. Hice elecciones que
reflejaban mis miedos. Las herramientas de D.A. me enseñaron como hacer
elecciones y sentirme más equilibrada. La lección más grande que aprendí fue
que confiar en un Poder más grande que yo, me permitía alejar el miedo. El
miedo fue lo que más me lastimó. Durante el primer año de D.A, a menudo
estaba enferma. La mayoría del tiempo me dolía el estómago. Durante diez
meses tuve al principio de cada mes cero pesos en mi cuenta corriente. Pero
después, estuve en condiciones de pagar mi alquiler, las cuentas de luz y
teléfono, comprar mercadería, ir al cine y visitar amigos. La diferencia entre el
primer y décimo mes es que al principio tenía miedo, no podía dormir, estaba
obsesionada acerca del dinero y no podía ver salida alguna. Después de diez
meses, miré mi cuenta corriente que estaba en cero, encogí mis hombros y
tuve un día agradable. Esa noche, en una reunión me di cuenta que mi miedo
había desaparecido, el dinero ya no controlaba cómo debía sentirme ni
dictarme si yo iba a apreciar las cosas positivas en mi vida. El remover el
miedo de una inseguridad financiera es el regalo más grandioso que recibí de
D.A.
Eventualmente con la ayuda de los miembros de D.A comencé a pagar a mis
acreedores, algunas veces sólo podía pagarles $10 o $15 mensuales… lo que
me quedara después de cubrir mis necesidades. A medida que mis ingresos se
hicieron más estables y contables, incrementé los pagos a los acreedores.
Hace cinco años que ingresé a D.A. y que dejé de usar tarjetas de crédito. Mi
deuda se redujo de $25.259 a la actual de $8.000. Mi padre me perdonó el
préstamo que me había dado. Negocié un plan de pago a dos años para pagar
los impuestos adeudados. Consolidé y refinancié mis préstamos bancarios con
una tasa de interés menor y con pagos mensuales más accesibles, pagué mis
deudas en los almacenes. Mi negocio está progresando y mi plan es saldar
toda mi deuda en dieciséis meses. Yo no me tengo que esconder detrás de una
agencia que hablara por mí a los acreedores. No importa el miedo que yo tenía
de las agencias de recaudación, aprendí que ellas, realmente, no me pueden
herir. Aún en el caso de que esto sucediera, la justicia me escucharía. Ahora,
tengo la certeza, que no sólo puedo pagar toda mi deuda, sino que seré capaz
de ahorrar dinero en lugar de pagar enormes sumas de intereses. Esto es un
milagro.
Desde que llegue a D.A., cada vez pagué el alquiler, comí bien, disfruté
vacaciones y entretenimientos, regresé a la universidad para finalizar mi
carrera de master y pagué en efectivo cada elemento que incluí en mi
computadora y en el software de mi planilla de cálculos- La planilla me
permite guardar cada peso y me ofrece una gama de posibilidades para hacer
en mi vida. También aprendí que una tarjeta de débito, la cual luce y actúa
como una tarjeta de crédito pero que deduce la suma de la compra
directamente de mi cuenta personal, controla el pago de mis alquileres, las
reservas hoteleras y cualquier compra que pudiera necesitar tarjeta.
La gran diferencia es que más allá del peso que yo vaya deduciendo de mi
deuda, está el hecho de que desde que entré a D.A., he vivido sobre la base del
dinero en efectivo, después de quince años de sostener la ilusión de que las
tarjetas de crédito me cuidarían. En una palabra, he sido cuidada por
instituciones mediante el pago de grandes intereses. El enfoque de D.A. es que
me cuide a mi misma. D.A. me enseñó de que si yo no aprendía de esto, nadie
más cuidaría de mí. Sin D.A. yo no hubiera podido revertir el proceso de
incurrir en deudas, o aprender a vivir una vida próspera sin deudas. En este
proceso, mi paz mental fue esencial, y necesité el apoyo y la comprensión de
mis compañeros en el programa. Ellos también hablan sentido la humillación
y la situación embarazoso de haber estado en el mismo lugar … la deuda.
Como deudora no era culpable: sin embargo tenía la responsabilidad de
cambiar mi conducta autodestructiva, necesitaba ayuda en un lugar seguro,
donde nadie me juzgara. Sin D.A., no hubiera podido prescindir de mis
tarjetas de crédito. Sin D.A., nunca hubiera confiado en mí misma para
sobrevivir sin una línea de crédito. En D.A. aprendí a manejar mi dinero, no
importando lo mucho o lo poco que tuviera. Aunque al principio quería ser
uno de aquellos miembros de la hermandad que triplicaron sus ingresos o
enriquecieron, me di cuenta que cualquiera sea el nivel de dinero que yo
ganara, tenía opciones acerca de que si la abundancia en mi vida me hiciese o
no feliz. Nunca más experimentaré el falso sentido de la seguridad basada en
una persona, lugar, circunstancia, o línea de crédito. El dicho “las mejores
cosas en la vida son gratuitas”, ya no es un cliché hueco.
Creer que yo podría vivir sin deudas dio una vuelta al destino de las creencias
comunes de esta sociedad, creencias que son alentadas por un montón de
consejos acerca de cosas que yo tendría que desear o necesitar y acerca de las
líneas de crédito que me ayudarían a conseguirlas.
Cada día mi libertad es mayor, porque elijo lo que realmente necesito para
vivir plenamente, y lo que es importante: mi bienestar, mi goce y mi paz.

 

LA DEUDA FUE UN PELIGRO PARA MI SALUD
Un gran almacén le otorgó su primera tarjeta de crédito en momentos en que
ella no tenía trabajo, ni casa ni auto. Pronto consiguió otras y las usó hasta que
no pudo imaginar su vida sin ellas.
Hoy tengo una buena situación económica y vivo con prosperidad. En cinco
años, pasé del miedo constante y de contemplar mi bancarrota a un sentido de
bienestar y gozo. La fe me llevó a romper mi dependencia del crédito y a
confiar que mi seguridad dependía de un Poder Superior más grande que yo
misma. Para mí, todo empezó hace más de 25 años cuando regresaba a mi
hogar natal, después de mis primeros dos años en la ciudad de Nueva York.
Hasta entonces, solo trabajé sin pensar en el uso del crédito. Cuando conseguí
un empleo en una corporación, pedí prestado $ 800 a la unión corporativa de
crédito para comprar un auto Chevrolet Custom lmpala. La unión de crédito,
no vacilaba en descontarme mensualmente la cuota de mi sueldo. Un año más
tarde, vendí el auto en la suma de míl pesos, y cancelé el préstamo.
Comprendí muy poco las consecuencias que ocasiona el pedir un préstamo.
Aprecio muy poco la libertad de una vida libre de deudas. En D.A. hay dos
categorías de deudas: deuda segura y deuda insegura. La deuda segura tiene
garantía, por ejemplo una casa o un auto. D.A. apunta a la deuda insegura; es
decir, aquella que no tiene garantía, nada que la respalde. Una tarjeta de
crédito o un préstamo personal está comprendidas en este tipo de deudas. El
préstamo del auto fue la única deuda segura en los próximos 15 años.
Cuando cumpli 26 años, regresé a Nueva York con planes para comenzar otro
negocio. Fui a vivir a la casa de unos amigos hasta que ganara el dinero
suficiente para comprarme un departamento. Un día, entré en un gran negocio
para disfrutar del aire acondicionado. Era un día caluroso de verano. Una
mujer parada en el medio del local me detuvo y me preguntó si tenía tarjeta de
crédito de ese establecimiento. Le contesté: “Por supuesto que no”. Ella me
preguntó: “¿Le gustaría tener una?”. Mi respuesta fue: “por supuesto, porqué
no”. El aire acondicionado me hizo sentir bien, y quise ver la expresión de su
rostro cuando le dijera mi estado financiero. Yo estaba más que dispuesta a
darle respuestas sinceras a sus preguntas personales: no tengo trabajo. Nadie
me solventa. No tengo vivienda. No tengo auto. No tengo tarjeta de crédito o
préstamos bancarios. No tengo ingresos privados. No tengo activos. No tengo
nada. Espere un minuto: ¿se tiene en cuenta un préstamo para un auto
otorgado por una unión de crédito corporativa?
Le di la dirección de mis amigos creyendo que nunca me otorgarían esa
tarjeta. Tampoco la deseaba. No tenía esperanza de conseguirla. Pensé que era
un gran chiste, estaba segura que nunca me darían la tarjeta. El chiste me lo
hicieron a mí.
Acepté un trabajo de tiempo completo y pronto usé mi status laboral y la
referencia del departamento crediticio del establecimiento comercial para
obtener muchas más tarjetas de crédito. Más tarde usé mis ingresos salariales
para obtener préstamos de consolidación de deudas para limpiar de vez en
cuando mi estado crediticio. Aunque yo tenía sinceras intenciones de nunca
volver a pedir créditos sobre aquellas tarjetas, los préstamos de consolidación
de deudas sólo me libraron de un tipo de deuda para entrar en otras.
Mis intenciones no tenían una mala motivación, y pedía prestado y cargaba
con cada intención de pagarle a mis acreedores. Yo tenía la idea que la gente
que me otorgaba un crédito sabía algo que yo ignoraba; por ejemplo como
podría, en el futuro, conseguir el dinero para pagar las cosas sin las cuales no
podría vivir- no tan inusual en estos días de gratificación instantánea.
Sin embargo al aumentar mi deuda los pagos mensuales a mis acreedores me
hacían disminuir más y más mi efectivo. En unos pocos años, la única forma
en que yo podía comprar ropa, cenar afuera, o pagar algún entretenimiento,
era usando mi tarjeta de crédito. Cuatro años después de haber obtenido una
tarjeta de crédito, usaba mis tarjetas de créditos hasta para comprar en el
almacén. En ese entonces, ganaba alrededor de $15.000-.
Cuando pude admitir y hablar acerca de mi problema, un amigo me habló
acerca de un servicio para aconsejar a consumidores de tarjetas de créditos. Al
día siguiente, hablé con un consejero quien tomó mis cuentas que sumaban
$8.000, llamó a mis acreedores, y negoció con todos ellos un plan de pago. Yo
sólo tenía que enviar mensualmente un cheque al servicio, y ellos enviaban los
pagos a mis acreedores. Esta fue la forma menos dolorosa de resolver el
problema. En cinco años mis deudas fueron pagadas, nuevamente podía usar
mis tarjetas de créditos y fui recompensada con mayores y mejores líneas de
crédito. Me había demostrado a mí misma el mérito de incurrir en una deuda
que era ridícula de acuerdo a mis ingresos, y luego haber demostrado que
estaba en condiciones de pagarla. Realmente había alcanzado la condición de
ser un buen riesgo con respecto al crédito. Creía que como usuaria de tarjetas
de créditos, había aprendido mi lección.
Durante seis años, el matrimonio intervino en mis hábitos de gastar
demasiado. Establecí nuestro presupuesto, porque sabía acerca de los gastos
extravagantes que hacía mi esposo, pero estaba ciega con respecto a los míos.
Compartíamos el dinero de ambos. Viajábamos extensamente por cuestiones
de trabajo y teníamos cuentas abiertas para tal fin por parte de la empresa,
aliviando de esta manera nuestros gastos diarios. Cuando nos separamos, él
pagó todas las cuentas de las tarjetas de créditos. Nuevamente las cuentas de
mis tarjetas de crédito estaban balanceadas.
Durante los cinco años siguientes, incurrí en una deuda superior a los $25.000,
incluyendo $2.200 en impuestos. Quince años después, obtuve mi tarjeta de
crédito en un establecimiento. Solamente estaba trabajando tres días por
semana y ganaba $36.000 anuales, no había comprado una vivienda, tenía dos
préstamos personales bancarios y las tarjetas de créditos estaban cargadas al
límite. Todavía no tenía vivienda, no tenía auto, nadie que solventara mis
gastos, no tenía ingresos privados ni activos. Había empezado un programa de
Mastercard mediante un préstamo que me hizo mi padre, pero no podía
continuar mi educación con préstamos. Pensé que mi problema era que mi
padre no pagaría por mi educación. No se me ocurrió que la deuda estaba
haciendo mi vida ingobernable.
En diez años, mi deuda sobre préstamos pasó del 53% al 70% de mis ingresos
anuales. Yo negaba mi problema con la deuda. A menudo, tuve que sacar de
una tarjeta para pagar otra o, periódicamente, refinanciar mi préstamo personal
llamado “consolidación de deuda”. Pagaba el mínimo cada mes, pagaba el
alquiler y no escuchaba advertencia alguna acerca de hacia donde me dirigía,
excepto a mi contador. Este me había sugerido pagar mis tarjetas de crédito,
teniendo en cuenta el interés que se iba acumulando año tras año. Yo
justificaba el interés que estaba pagando porque lo descontaba del impuesto a
los ingresos. El mencionó que muy pronto eso no sería deducible, si es que yo
necesitaba una motivación mayor para deshacerme de estas líneas de créditos.
Me pregunté a mí misma “que podés esperar de un simple contador? Para mí
no hay un centavo, gracias.”
La primera vez que tuve la sensación que podía tener un problema con la
deuda, fue cuando me rechazaron la solicitud de otro préstamo de
consolidación de deuda. Aunque yo pagara mensualmente mis cuentas como
buena ciudadana que sabía que era, no había efectivo remanente ni siquiera
para comprar cospeles para ir y volver del trabajo. No estaba en condiciones ni
siquiera de pagar el mínimo mensual. Algo estaba mal calculado. Cuando
constaté a qué suma ascendían mis gastos mensuales, incluyendo los pagos
mínimos mensuales, quedé paralizada al darme cuenta que ya no podría cubrir
ni los gastos básicos, si no era subsidiada por una tarjeta de crédito. ¿En qué
estaba pensando? La respuesta es que no estaba pensando pero que estaba
atrapada en el síntoma común del deudor de “las vaguedades terminales”. Esa
chispa de verdad, sin embargo, no cambió mis hábitos con respecto a la deuda.
Mi segundo despertar fue punzante y poderoso. Todavía confundida con los
problemas financieros, un día decidí que comenzaría mi propio negocio. Sin
prestar atención a los detalles financieros, anuncié mi alejamiento del empleo.
Revisé mis finanzas y me entró la curiosidad acerca de cómo podría sobrevivir
financieramente. Esa noche tuve pesadillas. A la mañana siguiente fui a la
lavandería y le hablé a un amigo acerca de mis problemas financieros. El me
dijo que suspendiera el pago a mis acreedores, que me cuidara a mí misma y
comenzara a vivir con el dinero que tenía. Los acreedores podían esperar.
Si él me hubiera dicho que llegara hasta el borde de un precipicio y me
arrojara desde allí, hubiera respetado sus palabras por su sentido común.
¿Dónde vivió este idiota? ¿En el Central Park? ¿Cómo podría abandonar a los
acreedores que me habían mantenido a flote todos estos años, que me habían
permitido irme de vacaciones a Italia, que me habían enviado a retiros en
California cuando me sentía mal, a quienes me alimentaron, me dieron
alojamiento y ropa durante quince años? Este muchacho definitivamente, era
un perdedor y no sabía qué vida realmente quería.
Sin embargo, lo escuché cuando me habló acerca de Deudores Anónimos,
lugar al que asistía todas las tardes. En la primera reunión de D.A. me di
cuenta que yo tenía un problema que estuvo profundamente escondido detrás
de mis pagos mínimos mensuales. El test verdadero era este: ¿Podría yo vivir
con un efectivo básico y pagar mis mínimos mensuales? La respuesta era
negativa. Esto significaba que tendría que comunicarle a mis acreedores que
no podría seguir realizando los pagos usuales tal como habíamos acordado. En
D.A., escuché que mis acreedores no se sentirían felices con mi decisión, pero
había maneras en que yo podría negociar nuevos términos de pago, y
eventualmente pagar a mis acreedores según mis propios términos. “En mis
propios términos” era un concepto nuevo interesante que tomaría un gran
significado a medida que progresaba en Deudores Anónimos.
Corté todas mis tarjetas de crédito. Era muy incómodo, y me sentía despojada
y vulnerable. Las líneas de mi tarjeta de crédito y los préstamos bancarios
cayeron en mora. Estaba en mí comenzar mi propio negocio y sentía terror de
saber de dónde vendría el próximo pago. Aún después de tener el apoyo de
D.A., por cinco meses fui al servicio de asesoramiento crediticio. Tenía la
esperanza de que ellos me brindaran el servicio de negociar con mis
acreedores tal como lo habían hecho previamente. Esta vez, sin embargo a
causa de mis ingresos oscilantes y mi deuda desproporcionado, no pude
obtener su ayuda. En cambio, ellos me dieron información sobre lo que
significa una quiebra.
Con alguna adicción, nosotros realmente creemos que no podemos irnos de
casa o vivir sin ella. El “no salir de casa sin ella” que aparece en la publicidad,
no me preparó para lo que sucedería cuando las cargara demasiado. Nunca
dejé la casa sin “ella”. En una palabra, nunca salí sin “ellas”. También tenía
una línea de crédito relacionada con mi cuenta bancaria, lo cual tenía el mismo
efecto que produce una hamburguesa. Esta te añade peso sin nutrición. Todo
esto me hizo sentir muy segura de que yo podría hacer frente a cualquier
emergencia, como por ejemplo llevar a mis sobrinos a pasear en barco antes
de que fuera “demasiado tarde”. Nunca me pregunté “¿demasiado tarde para
qué?”
Escuché en D.A. que la deuda era como una adicción. Después de varias
reuniones, llegué a describir la adicción como un estado negativo; por
ejemplo, si yo fuera adicta al alcohol, a las drogas o al tabaco, la ausencia de
la sustancia se sentiría como una deficiencia. Sin la sustancia, la falta de
confort aparece al no usarse la sustancia adictiva, y la falta de voluntad para
dejarlo nos permite experimentar la tenacidad de la adicción. Realmente creía
que ni yo, ni alguien más, podría vivir con prosperidad sin una o más tarjetas
de créditos o préstamos bancarios.
En las cuentas mensuales se podía leer la siguiente advertencia: “Si por alguna
razón usted no puede cumplir con estos términos y no puede cubrir su mínimo
mensual,o pagar el total de su préstamo, nos reservamos el derecho de enviar
su cuenta a la agencia de recaudación que abusará de usted emocional y
psicológicamente.” La agencia de recaudación es como un tiburón que te
morderá y amenazará matarte a ti o a tus hijos si no pagas el préstamo. La
agencia de recaudación está moderada por la ley, pero esto no les impide
comunicarse por teléfono perturbando tu carácter y actitud.
La agencia de recaudación me amenazó con juicios y con considerarme “un
deudor de mal rating” sin lo cual, como todos saben, no podemos vivir en este
planeta. Incluso me dijeron que ellos no eran abogados y que no sabían que
podía suceder. Ellos sólo querían conversar conmigo para saber porqué
sucedió esto. Me hablaron como si era una criatura, no permitiéndome decir
una sola palabra- No hablaban acerca de los hechos, solo hablaban de mí -de
mí como una mala persona. Uno de ellos me dijo que ellos, de esta manera,
recibían más dinero del que yo me ofrecía a pagar. Me preguntaron por qué no
tenía un empleo, qué había hecho para resolver el tema. Ellos me insinuaron
que había algo definitivamente erróneo en mí, y ellos querían saber qué era.
La vergüenza y la desesperanza se instalaron en mí, ellos estaban haciendo
sólo su trabajo.
No hay prisión para los deudores, pero después de unas cuantas llamadas
telefónicas yo deseaba que la hubiera, quizás podría escapar del abuso
psicológico y verbal. No hablé con mis amigos acerca de este problema,
porque su desdén sería demasiado desmoralizador. El miedo, la vergüenza y la
presión de los demás y especialmente la mía propia, me estaba paralizando.
Esto era descender al infierno de la deuda. Ya sabía que yo era una desplazada
social, porque nunca más tendría una tarjeta de crédito, pero ahora tenía que
experimentar la degradante humillación porque no podía pagar mi mínimo
mensual. ¿Qué podía hacer? ¿suicidarme? ¿declararme en bancarrota? ¿dejar
la ciudad y cambiar mi nombre, no dejando ningún número telefónico?
En D.A. escuché a deudores contemplar el suicidio como una primera
solución a la deuda. Cuando era más joven y escuché acerca de la gente que se
suicidaba a causa de la depresión económica de 1.929, yo no podía creerlo.
Me dije a mí misma “¿sólo por dinero?”. Ahora lo comprendo.
La siguiente solución considerada comúnmente es la quiebra. Para mí era una
forma de aliviar la presión de las agencias de recaudación. Recordando el
séptimo capítulo, fui a D.A. y les pedí a otros miembros que me dieran otra
buena razón para que yo no me declarara en quiebra. En D.A. me dieron muy
buenas razones. Muy parecido a lo que me pasó previamente con el servicio
de crédito al consumidor o con mi primer marido haciéndose cargo de “los
hilos sueltos”, cualquier persona que llega a la bancarrota no aprende las
lecciones: Cómo vivir próspera y felizmente con lo que uno gana. Cómo
adquirir paz mental. Cómo vivir independientemente del crédito, lo cual nos
permite convertirnos en dueños de nuestras vidas. Cómo no ser una víctima.
Cómo negociar dentro de nuestros propios términos y resolver nuestros
propios problemas.
Yo solamente tenía deudas inseguras, en consecuencia, nada para vender y
nada para perder. Durante seis meses no pagué a mis acreedores, poniendo fe
en las herramientas que me daba D.A. para prevenirme de llegar a la banca
rota. Las herramientas son los Doce Pasos y las Doce Tradiciones,
acompañado con sugerencias. Fui a muchas reuniones, guardé cada peso que
podía, aprendí cómo crear planes de gastos, comencé a aprender como
sentirme bien a pesar de ganar mucho menos en el pasado. Más que nada, el
hecho de tener un plan de gastos e irlo creando mes a mes, me hizo ver como
siempre había vivido con miedo a la carencia. Ví que aún habiendo ganado
más, todavía había tenido miedo de no tener lo suficiente. Hice elecciones que
reflejaban mis miedos. Las herramientas de D.A. me enseñaron como hacer
elecciones y sentirme más equilibrada. La lección más grande que aprendí fue
que confiar en un Poder más grande que yo, me permitía alejar el miedo. El
miedo fue lo que más me lastimó. Durante el primer año de D.A, a menudo
estaba enferma. La mayoría del tiempo me dolía el estómago. Durante diez
meses tuve al principio de cada mes cero pesos en mi cuenta corriente. Pero
después, estuve en condiciones de pagar mi alquiler, las cuentas de luz y
teléfono, comprar mercadería, ir al cine y visitar amigos. La diferencia entre el
primer y décimo mes es que al principio tenía miedo, no podía dormir, estaba
obsesionada acerca del dinero y no podía ver salida alguna. Después de diez
meses, miré mi cuenta corriente que estaba en cero, encogí mis hombros y
tuve un día agradable. Esa noche, en una reunión me di cuenta que mi miedo
había desaparecido, el dinero ya no controlaba cómo debía sentirme ni
dictarme si yo iba a apreciar las cosas positivas en mi vida. El remover el
miedo de una inseguridad financiera es el regalo más grandioso que recibí de
D.A.
Eventualmente con la ayuda de los miembros de D.A comencé a pagar a mis
acreedores, algunas veces sólo podía pagarles $10 o $15 mensuales… lo que
me quedara después de cubrir mis necesidades. A medida que mis ingresos se
hicieron más estables y contables, incrementé los pagos a los acreedores.
Hace cinco años que ingresé a D.A. y que dejé de usar tarjetas de crédito. Mi
deuda se redujo de $25.259 a la actual de $8.000. Mi padre me perdonó el
préstamo que me había dado. Negocié un plan de pago a dos años para pagar
los impuestos adeudados. Consolidé y refinancié mis préstamos bancarios con
una tasa de interés menor y con pagos mensuales más accesibles, pagué mis
deudas en los almacenes. Mi negocio está progresando y mi plan es saldar
toda mi deuda en dieciséis meses. Yo no me tengo que esconder detrás de una
agencia que hablara por mí a los acreedores. No importa el miedo que yo tenía
de las agencias de recaudación, aprendí que ellas, realmente, no me pueden
herir. Aún en el caso de que esto sucediera, la justicia me escucharía. Ahora,
tengo la certeza, que no sólo puedo pagar toda mi deuda, sino que seré capaz
de ahorrar dinero en lugar de pagar enormes sumas de intereses. Esto es un
milagro.
Desde que llegue a D.A., cada vez pagué el alquiler, comí bien, disfruté
vacaciones y entretenimientos, regresé a la universidad para finalizar mi
carrera de master y pagué en efectivo cada elemento que incluí en mi
computadora y en el software de mi planilla de cálculos- La planilla me
permite guardar cada peso y me ofrece una gama de posibilidades para hacer
en mi vida. También aprendí que una tarjeta de débito, la cual luce y actúa
como una tarjeta de crédito pero que deduce la suma de la compra
directamente de mi cuenta personal, controla el pago de mis alquileres, las
reservas hoteleras y cualquier compra que pudiera necesitar tarjeta.
La gran diferencia es que más allá del peso que yo vaya deduciendo de mi
deuda, está el hecho de que desde que entré a D.A., he vivido sobre la base del
dinero en efectivo, después de quince años de sostener la ilusión de que las
tarjetas de crédito me cuidarían. En una palabra, he sido cuidada por
instituciones mediante el pago de grandes intereses. El enfoque de D.A. es que
me cuide a mi misma. D.A. me enseñó de que si yo no aprendía de esto, nadie
más cuidaría de mí. Sin D.A. yo no hubiera podido revertir el proceso de
incurrir en deudas, o aprender a vivir una vida próspera sin deudas. En este
proceso, mi paz mental fue esencial, y necesité el apoyo y la comprensión de
mis compañeros en el programa. Ellos también hablan sentido la humillación
y la situación embarazoso de haber estado en el mismo lugar … la deuda.
Como deudora no era culpable: sin embargo tenía la responsabilidad de
cambiar mi conducta autodestructiva, necesitaba ayuda en un lugar seguro,
donde nadie me juzgara. Sin D.A., no hubiera podido prescindir de mis
tarjetas de crédito. Sin D.A., nunca hubiera confiado en mí misma para
sobrevivir sin una línea de crédito. En D.A. aprendí a manejar mi dinero, no
importando lo mucho o lo poco que tuviera. Aunque al principio quería ser
uno de aquellos miembros de la hermandad que triplicaron sus ingresos o
enriquecieron, me di cuenta que cualquiera sea el nivel de dinero que yo
ganara, tenía opciones acerca de que si la abundancia en mi vida me hiciese o
no feliz. Nunca más experimentaré el falso sentido de la seguridad basada en
una persona, lugar, circunstancia, o línea de crédito. El dicho “las mejores
cosas en la vida son gratuitas”, ya no es un cliché hueco.
Creer que yo podría vivir sin deudas dio una vuelta al destino de las creencias
comunes de esta sociedad, creencias que son alentadas por un montón de
consejos acerca de cosas que yo tendría que desear o necesitar y acerca de las
líneas de crédito que me ayudarían a conseguirlas.
Cada día mi libertad es mayor, porque elijo lo que realmente necesito para
vivir plenamente, y lo que es importante: mi bienestar, mi goce y mi paz

 

LIBRE DE LA JAULA DORADA
Después de trabajar en el programa sola, ella se unió a otros miembros para
comenzar a reunirse y con el apoyo de ellos, encontró que podía ser
independiente de la dependencia de la riqueza de su familia.
“Vengo de una familia lastimada”
Alguien dijo eso en una reunión de D.A. y supe que ese era mi hogar. Yo
también vengo “de una familia Lastimada”. Y el arma usada con mayor
frecuencia es el dinero. El dinero es usado para controlar. Es usado para
abusar y es usado como un soborno para mantenerte dentro de los limites
invisibles. Recordó mi niñez y ahora le digo a la gente que era como crecer en
una jaula dorada… la jaula era hermosa, y parecía que nosotros teníamos todo
lo que el dinero podía comprar. Y lo hicimos. Estábamos atrapados,
controlados y con el cerebro lavado.
Hoy, sólo soy el pájaro que ha descubierto que la llave estaba en la jaula
durante todo el tiempo. La llave era la creencia. La creencia de que el mundo
exterior era cálido y nos daba la bienvenida. La creencia en un Poder Superior
que no era un gato amenazante. La creencia que las alas nunca usadas puedan
ser la fortaleza para aprender de otros pájaros que no sólo han aprendido a
volar, sino a gritar fuertemente que ellos sabían que era posible. La creencia
de que yo soy mi fuente. No lo son ni mis padres, ni mi esposo ni mi
empleador.
Aferrarme a esta creencia fue mi logro en D.A.. Me hablaron como a una hija,
como a una joven adulta, “el mundo que está ahí afuera es frío y cruel. El
único lugar donde estás segura es aquí.”
Mi padre es un hijo adulto de un alcohólico. El mundo que él conoció fue
cruel. La pobreza, la violencia y el abuso, eran su experiencia. Hoy sé porqué
él me guardaba en la jaula; sólo estaba intentando mantenerme segura.
En D.A., he aprendido que nosotros creamos nuestra propia seguridad. Nadie
puede hacerlo por nosotros. Pero podemos hacerlo juntos. Esta es parte de mi
historia. Cómo era, qué sucedió y cómo es el hoy. Tengo la esperanza de que
al leer estas líneas te ayuden a crear tu propia seguridad.
Mi primera deuda fue por $400. Tenía 18 años. No habiendo tenido una
carrera de preparación, yo era la candidata ideal para lo que mi co-madrina y
yo ahora llamamos “aquellas compañías de marketing de alto nivel.” Una de
ellas prometió autos, tapados de piel, anillos de diamante y atención. Lo que
yo más deseaba era que se fijaran en mí. Mi sueño era estar sobre un
escenario…
Pasé 10 años tratando de lograr lo que yo no podía creer. Había un dicho: “No
has fallado hasta que no hayas renunciado.” No renuncié. No quería fracasar.
Sin embargo perdí todo lo que tenía, incluyendo mi dinero, mi esposo, mi
bebé, mi obra social. Fui derivada a una institución mental, (esas que ahora se
llaman centros de tratamiento) usando un traje de cuero y con una deuda de
$15.000.
Conseguí subirme a un escenario. ¡Fueron los dos minutos más caro de mi
vida!
Mi hermano me pagó la fianza, él siempre había tenido mucho dinero porque,
siguiendo la tradición de nuestra familia, los hombres tienen todo el dinero y
las mujeres tienen la expectativa de hacer un buen matrimonio. Unos años
antes, me habían diagnosticado que era una persona maníaco-depresiva e
ingería litio. Como podrán ver, el litio no funcionaba muy bien. Mis días en el
hospital eran una pesadilla que aún no han desaparecido. Estoy agradecida al
episodio que me hizo llegar al consultorio de un neuropsiquiatra.
El diagnóstico fue “epilepsia temporal”, esta enfermedad es tratada con una
medicación adecuada. Con una medicación adecuada yo soy tan “normal”
como yo puedo llegar a ser. Tiene pocos efectos colaterales, y ahora puedo
hacer cosas a las cuales considero milagros, aún cuando son cosas comunes a
cualquier persona.
El mismo médico también me diagnosticó que sufría de un desorden en la
atención. También tomo medicación para eso y la confusión crónica que plagó
mi existencia en esta tierra, lentamente ha comenzado ha desaparecer. ¡Si
olvido tomar una dosis, inmediatamente aparece delante de mis propios ojos!
Todo esto sucedió antes que conociera a D.A.. Hubiera deseado conocerlo
cuando estaba endeudada. Traté de compartir en las otras reuniones de Doce
Pasos a las cuales concurría, pero me miraban como si yo estuviera en el lugar
equivocado. Lo estaba.
Hace tres años leí un libro acerca de D.A. Sentí alivio y una sensación de
claridad inundó mi cuerpo. Sentía que ya no estaba sola. Había otras personas
como yo. Algunas, hasta hablan hecho cosas mucho más locas. Algunas,
tenían deudas mayores. Estaba decidida a encontrar a Deudores Anónimos.
Bueno, lo hice. El problema era que la reunión más cercana estaba en otra
ciudad, a las seis de la tarde. Tenía dos hijos pequeños que cenaban a las seis
de la tarde y un esposo que, a esa hora, todavía estaba trabajando.
Decidí trabajar sola este programa.
Durante tres meses, escribí mis gastos diarios y no me endeudaba, un día a la
vez. Mis finanzas y las de mi familia comenzaron a cambiar. Estaba
asombrada.
Fui a una conferencia y a una reunión con otros dos miembros de D.A. ¡Fue
maravilloso! Quería más. Encontré – un miembro que vivía en mi estado,
encontramos un lugar y comenzamos una reunión con tres personas. Cuatro
meses más tarde, concurrían 25 miembros. Nos apadrinábamos unos a los
otros y nos comunicábamos por teléfono. No éramos rígidos. Después de todo,
nosotros éramos todo lo que nosotros teníamos. Discutíamos y nos teníamos
aprecio. Leíamos la literatura. Veíamos videos y los usábamos como
experiencia, fortaleza y esperanza. En mi opinión, lo mejor que hacíamos era
tratarnos con gentileza. Si alguien cometía un error, otro decía que había que
perdonar y ser amables.
¡Heredé una suma de dinero y permanecí en el banco! El interés sobre ese
dinero lo usé para asistir a una Conferencia Mundial. De regreso, traje todo lo
que pude, especialmente, entusiasmo.
Me llevó casi dos años darme cuenta que mi problema oculto era el ganar
poco. Cuando era una niña, había sufrido tanta privación de diversas maneras,
que permanecer en cero era confortable.
Comencé a hacer pequeñas cosas- Mantuve el tanque de gas lleno en lugar de
vacío. Guardé dinero en mi billetera y en mi cuenta bancaria. Pedí por aquello
que deseaba. Ordenaba la comida que deseaba comer, no sólo lo que era más
barato. Guardaba alimento en la casa. Compraba dos cosas para comer en
lugar de una.
Cuando cumplí dos años dentro de D.A., me aburrí. No tenía deudas. Casi
había terminado el Master, que había comenzado siete años atrás.
Una de las cosas que había aprendido era hacer “un póster de logros’. Pensé
que podía intentarlo nuevamente. Corté fotos de cosas que yo deseaba de
viejas revistas. Las pegué sobre una hoja grande y coloreé las afirmaciones.
Esta vez puse algunas que fueran fáciles. En el pasado, las cosas que no
sucedían las abandonaba en una semana. Esta vez, puse cosas manejables
como ser chicos sonriendo. Puse una foto de vegetales. Agregué un símbolo
que representaba a mi Poder Superior y pedí sólo aquellas cosas que son
importantes para ser manifestadas.
Colgué mi póster y esperé. Los logros comenzaron a aparecer. Ahora, dos
años más tarde, la mayoría se hicieron realidad.
Le conté a un amigo acerca de mi póster. Yo había estado frustrada en D.A.
Estaba casada y no tenía ingresos propios. Es difícil tener un plan de gastos
cuando no tienes algo para gastar.
Los cambios en mi vida, a partir de las Visiones, son increíbles. Apareció un
empleo. Era una tarea de cuatro horas a la semana, pero era algo que a mí me
gustaba, por lo tanto, lo acepté. Al poco tiempo, trabajaba 20 horas semanales,
luego bajó a 17 horas semanales. Luego el empleo se convirtió en un trabajo
de tiempo completo con grandes beneficios. El dinero era terrible. Le dije a mi
empleador que no podía cumplir la tarea con un salario tan bajo. Me puse a
rezar. Ocho horas más tarde se agregó a mí salario la suma de $2.000-.
Negocié las horas y acepté la proposición. En el medio de este proceso, surgió
una madrina. No eran coincidencias, eran milagros en los cuales Dios elige
permanecer anónimo.
Hoy vivo con alegría. Aguardo con expectativa la jornada que tengo adelante.
Sé, con certeza que ese será el camino que mi Poder Superior ha elegido para
mí, y es así que yo elijo escuchar a mi voz interior y hacer elecciones
saludables. Esto me llevó a escribir esta historia. Una de mis visiones es ser
escritora. Como con tantas otras cosas, creo que ya lo soy. Sólo tengo que
decir que ese regalo es mío y que lo uso para el mayor bien. También hay
momentos que no son tan buenos. Es difícil ver como el resto de mi familia
tiene mucho dinero – Mi hermano es millonario. Mis padres son los
verdaderos sostenedores de la responsabilidad, y es así que fueron sus
decisiones las que permitieron que la riqueza de nuestra familia fuera
distribuida en la forma en que lo está. Todavía me enojo con Dios cuando
siento que no tengo lo suficiente.
Cuando el miedo aparece lo reemplazo con la fe. Sí, ellos tienen más dinero
pero yo soy acaudalada. Soy libre. Nadie controla lo que compro, cómo
trabajo, cuando descanso. Observo que ellos trabajan a veces entre 18 y 24
horas diarias, y yo estoy agradecida por la paz que tengo en mi vida. Amo mi
trabajo. Amo estar en un lugar donde soy respetada y valorada. No tengo
muchas cosas como mi familia, sin embargo las cosas que tengo me hacen
estar bien. Y creo que por cualquier razón, este es el lugar al cual pertenezco.
El regalo más grandioso es ser capaz de ayudar a mis hijos. Ellos tienen
permisos para salir, pero no lo hacen si no tienen buena conducta. Mi hijo de 9
años tiene un plan de gastos y una cuenta de ahorro. El de 4 años tiene un
permiso y está aprendiendo a no permanecer todo el tiempo frente a los videos
juegos. Ambos me ayudan en las tareas de la casa, porque también es de ellos.
Cuando están cansados, dejan de ayudar y descansan. Nunca son castigados
con el dinero ¡ellos ya están pensando en la graduación universitaria! Ellos
parecen los locos de la familia y conversan de lo que sienten. Conocen la
diferencia entre deseos y necesidades. Ayudándolos a crecer también yo estoy
creciendo. Gracias, D.A..
LOS VIEJOS BUENOS TIEMPOS:ALGUIEN INGENUO MIRA HACIA
ATRÁS.
D.A. fue su último recurso; se convirtió en su primera inversión.
Hace siete años, un día domingo desperté de un profundo sueño y me encontré
a mí mismo debiendo $20.117,96 a seis tarjetas de crédito, a muchos amigos,
a mi banco y el préstamo estudiantil.
Yo no sabía cómo había sucedido todo esto. Estaba realmente desconcertado.
Todo lo que yo sabía era que era un ser humano decente y conflable, y que
con ninguna intención quería que mis amigos se sintieran tristes, impacientes,
frustrados y enojados conmigo. Nunca tuve la idea de dejar de pagar mis
deudas. Siempre tuve la intención de devolver el dinero que pedía prestado y
gastaba. Creía que una desafortunada combinación de circunstancias-una
niñez mala, malas amistades, una enfermedad, un trabajo perdido, un cambio
de carrera y hasta un trabajo mal pago- habían hecho imposible que dejara de
endeudarme. Es decir, yo era la persona más maligna y más mal comprendida
que habitaba sobre la tierra.
Por otro lado, sabía “exactamente” cómo había sucedido todo esto. Recuerdo
que al egresar de la escuela, ya había librado cheques sin fondo y había pedido
préstamos con la garantía de mis tarjetas de crédito. Los gastos que hacía por
status, mi pobre conocimiento de un estado financiero, mi extremado amor por
el dinero, y mi negación, todo esto y mucho más sabía que era verdad, pero
todavía no había llegado a mi alma.
No sabía que hacer. Estaba atemorizado. Literalmente no tenía un peso. Tenía
cuentas que no podía pagar, un auto sin combustible y necesitaba mantenerme.
La heladera estaba vacía. Créanme, intenté pedir más dinero prestado. Aún
sabiendo que era imposible salir de la deuda pidiendo más dinero prestado,
todo lo que me interesaba era la supervivencia básica. Pedir prestado era el
único camino que conocía. Le rogué a mi banco que me prestara más dinero,
imploré a las compañías de tarjetas de crédito elevar los límites de mi crédito
(¡qué humillación!), pero mis esfuerzos fueron en vano. Nadie quería darme
un nuevo préstamo. Ahora, al mirar hacia atrás, eso fue una bendición
encubierta.
Conocía a Deudores Anónimos desde un año antes de llegar a mi primera
reunión. Había escuchado por primera vez hablar de esta institución en un
curso sobre adicciones y abusos de sustancias. Me dije a mí mismo: “Hmmm,
Deudores Anónimos”. “Esto suena como algo que yo podía usar”. Sólo por
curiosidad, decidí asistir a una reunión, pero por cosas del destino, cuando
llegué me informaron que la reunión había sido trasladada a otro lugar. Decidí
que una llegada tardía era demasiado embarazoso, por lo tanto, opté por
regresar a la semana siguiente. Regresé al año siguiente. Nuevamente, cuando
miro hacia atrás, no sé porque fui a esa primera reunión. Todavía estaba en el
apogeo de la deuda y aún no había tocado fondo- Me dije a mí mismo: “D.A.
es mi último recurso”. “Si realmente estoy en aprietos, entonces iré”. ¡Sí, yo
estaba en apuro!
Al año siguiente asistí a mi primera reunión en D.A.. Yo era extremadamente
arrogante. Si miro hacia atrás, no sé como alguien podía soportarme. Creía
que mis gastos eran extraordinarios, que yo no estaba hecho polvo. Realmente
urgué en mi interior cuando una vez que me gradué, conseguí un empleo real.
No llevaba un registro de gastos ni tampoco tenía un plan de gastos, y aún
usaba mis tarjetas de crédito. Antes de ingresar a D.A. sólo hablaba acerca de
cuentas y de dinero.
Sin embargo, poco a poco, las cosas comenzaron a cambiar. Estaba
comenzando a internalizar lo que había oído en las reuniones. Esto no era algo
consciente- estaba comenzando a escuchar con mi alma. Antes de D.A., en mi
otra vida noté diferencias en mis pensamientos. No era tan desordenado e
impaciente, ni tan amargado y resentido. Me sorprendió darme cuenta que no
estaba haciendo nada que disfrutara. Yo hacía lo que creía que los otros
esperaban de mí, o estaba viviendo para los demás a causa de mi incapacidad
para establecer límites.
D.A. me enseñó estas verdades: el hecho de no tener todo lo que deseo no
significa que no tenga nada, el dinero no puede comprar lo que el dinero no
puede comprar, y justamente no podía comprar lo que a mí me estaba
faltando. El gastar para llenar el vacío de mi alma no iba a funcionar. Llené el
vacío de mi alma con acciones y rápidamente descubrí que el vacío había
desaparecido. Ahora disfruto lo que es mío, tanto mis posesiones materiales
como mis atributos personales. Mi vida ha sido llenada plenamente.
Sentí alivio y que era libre. Sin haber tenido privación alguna, he liquidado
más de $4.000 de mi deuda. Inclusive pude tomar dos semanas de vacaciones,
que me eran muy necesarias y pagué al contado. Continúo registrando mis
gastos diarios y realizando un plan de gastos mensuales. Extrañamente, nunca
me di cuenta, cuánto ganaba hasta hace muy poco tiempo.
Todos estos regalos están más allá de mis sueños más extraños. Cuando yo
debía, mí vida estaba enteramente constituida de pñvación y presión, pero este
viaje hacia el pasado a través de mi memoria ha sido revelador y
recompensador. Ahora, sé cuánto me recuperé en estos diez meses desde mi
llegada a D.A., y también sé cuánto más lejos puedo llegar todavía. Este viaje
no ha sido fácil. Todos mis defectos de carácter y compulsiones giran
alrededor del dinero. A través de D.A., aprendí que el dinero en sí mismo no
es el problema. El problema real es las consecuencias que aparecen al gastar el
dinero. Transformar mi existencia miserable en una vida con significado no
está lejos de ser un milagro. Ahora, puedo mirar hacia el futuro. Viviré mejor,
no peor de lo que lo he hecho en otros tiempos. Agradezco a D.A. los regalos
recibidos.
COMO APRENDÍ A AMAR LO QUE TENGO
Compras, gastos y culpa por esconder mis reales y percibidas deficiencias
consumieron mis momentos de vigilia.
D.A. me ha mostrado la naturaleza real de mi deuda compulsiva, cómo y
porqué la he usado, para esconder mi naturaleza verdadera y negarme
tranquilidad a mí misma. En D.A., aprendí que mí deuda había transformado
cruelmente mi carácter, exagerando mis defectos y distorsionando mi
fortaleza. Las actividades, que alguna vez fueron fuente de placer y
autoestima, se transformaron en lamentos que se acumularon en mí memoria.
Volver a descubrir ese placer ha hecho que la prosperidad vuelva a mi vida.
Leer ha sido un hobby a lo largo de mi vida, ya cuando tenía dos años, cuando
me enseñé a mí misma a leer. Ahora, leo por año aproximadamente 200 libros.
Antes de entrar en la compulsión de gastos, pedía prestado todos los libros que
yo leía a una biblioteca pública, comprando sólo aquellos que me interesaban
muchísimo. Recuerdo haberme sentido orgullosa de haber obtenido mi
primera tarjeta en una biblioteca, esa tarjeta me permitía pedir prestado dos
libros cada semana. Al cumplir doce años, podía pedir prestado diez libros a la
semana. ¡Ya tenía el status de adulto respecto a los préstamos de los libros!
Los leía todos del principio al final, aún aquellos que no eran de mí agrado.
Pasaba fines de semana en la biblioteca y me preguntaba sí había tiempo
suficiente en el universo para leer a todos los libros. Recuerdo que los
bibliotecarios me conocían muy bien, primero como una niña y después como
una adulta.
Todo cambió cuando conseguí mis primeras tarjetas de crédito. No cambiaron
mis gustos, pero sí mis motivaciones. Mientras estaba debíendo, compré
cientos de libros con mis tarjetas de crédito en lugar de pedirlos prestados a la
biblioteca. Mi razonamiento era el siguiente: “tengo que formar una respetable
biblioteca personal, de lo contrario nadie creerá todo lo que sé. Además no
hay estacionamiento en la biblioteca”. En lugar de considerar que el
conocimiento era algo valioso para mí, utilicé el conocimiento para
impresionar a mis amigos, para mostrarles cuan culta era. Comprar libros se
convirtió en una carrera para ver quien era la primer persona en comprar las
obras completas de un autor. Para ser un auténtico aficionado, se debe poseer
libros con tapas de cuero, hojas doradas, ediciones autografiadas, sino esos
libros no tenían valor alguno.
El resultado fue que dejé de leer para mí misma. Dejé una actividad esencial
para mi bienestar, ya no era una fuente de placer. Compraba los libros a través
de diarios, órdenes postales, catálogos, comprando en cada negocio que veía
cargando con los libros en una mochila y tratando de encontrar espacio para
guardados alfabéticamente por tema y autor. Era una tarea agotadora. Es un
milagro que haya leído lo comparativamente poco que leí.
Sin embargo, y esta es la parte más triste, una vez que los libros ingresaban en
mi hogar, la mayoría de ellos quedaban en un estante sin ser tocados. Peor
aún, “olvidaba” que los tenía y los volvía a comprar una y otra vez. Unas
simples palabras justificaban mis compras: “¡Tengo que comprar este libro!
¡Si no lo hago el mundo se va a terminar!” Cuando salía de la librería mi
corazón latía con prisa. Pero, tan pronto llegaba a mi hogar y los colocaba en
un estante, no volvía a dedícarles un segundo pensamiento.
En consecuencia, no disfrutaba mi biblioteca,o cualquiera de mis otras
compras compulsivas. Comprar, gastar y cargar en las tarjetas para esconder
mis reales deficiencias me consumía cada momento del día. Mi compulsión
iba desde libros a cassettes, desde la música a los videos, desde los libros de
cocina al hecho de comer afuera. Perdí de vista mi identidad. Estaba
demasiado ocupada tratando de disfrazarlos, suprimirlos y cambíarlos.
Necesitaba decir con desesperación: “¡Un momento! ¿Qué estoy haciendo?
¡Todo esto es un error!”. Sólo en D.A. yo podía decir esto y así lo hice.
Leer no es la única cosa que redescubierto. Cocinar para mí misma en lugar de
comer afuera la mayoría de las veces, es algo que yo disfrutaba en el pasado.
Puedo demostrar el resurgimiento de mis habilidades culinarias ¿por qué no?
Tengo cuarenta libros de cocina. Otras formas de ocupar mi tiempo es ser
voluntaria para organizaciones sociales y escribir en mi diario.
La calidad superó la cantidad. Años de gastos compulsivos acumularon
montañas de cosas sin ningún esfuerzo. Atacar el guardarropa, mis cajones,
los estantes de la biblioteca, lo acumulado debajo de la cama, el auto, las cosas
guardadas en el sótano, era algo exhaustivo pero hilarante. Trato de utilizar mí
tiempo con calidad, mis comunicaciones y mis llamadas telefónicas son
hechas con calidad.
Lo que no tengo, no lo tengo, es así de simple. No significa falta de mérito. No
significa que soy tonta. No significa que no tengo nada. ¿Cuánto tiempo me
llevó darme cuenta de esto? “Demasiado tiempo”. Cada uno de nosotros toma
todo el tiempo que necesitamos.
Todavía amo gastar dinero. Esa es mi enfermedad y la acepto. Luchar contra
esto no me hizo bien. Cada vez que salgo de compras, ya sea para comprar
pasta dentífrico o un saco de invierno, mi corazón late más aprisa y mi espíritu
se levanta. Cuando llego a un negocio, aunque tenga una lista, todavía me
descubro a mí misma mirando cosas que no necesito, buscando excusas para
comprar algo más, cualquier cosa. A veces, pienso en todo el dinero que gasté
en restaurantes, en taxis, libros, intereses sobre tarjetas de crédito y me invade
la ira y la tristeza. Algunas veces me siento derrotada por mis deudas
pendientes.
Cuando me surgen estos sentimientos ya no intento taparlos. Conozco su
existencia. Finalmente después de largas e infructuosas búsquedas, he
obtenido la tranquilidad que yo creía era un mito. Ahora, sé que mi problema
no es el dinero en sí mismo sino lo que hago con el dinero. Mis crisis
financieras fueron síntomas de alguna enfermedad que yacía oculta. Los
beneficios de D.A., son más valiosos que el mejor balance de una cuenta
corriente. Hace un año, alguien intentó decírmelo, y pienso que me reí.
Estoy segura que todos hemos tenido algo que hemos amado y que luego lo
perdimos a causa de nuestras compulsiones. Tómate el tiempo para
descubrirlo. Esto todavía funciona. Ya lo verás.
DEPENDER DEL PLASTICO
Un comprador compulsivo surge de un modelo de familia de encubrimientos.
Soy una gastadora compulsiva y una deudora en recuperación. Hace dos años,
tenía una deuda de $15.000 sobre la tarjeta de crédito. En ese entonces, mi
matrimonio estaba en crisis. Mi esposo me había salvado siempre, pero esta
vez me dijo que estaba cansado de ser mi “salvador” y que nunca más lo sería.
Me dio seis meses para hacer cambios radicales en mi vida, caso contrario,
nuestro matrimonio de siete años concluía. Por suerte, para mis dos hijos y
para mí, tomé sus palabras en serio. Un día a la vez, desde hace más de dos
años, no he usado las tarjetas de crédito o incurrido en nuevas deudas.
Crecí dentro de una familia de clase media. Recuerdo que mis padres discutían
acerca del dinero. Mi madre firmaba cheques, usaba sus tarjetas de crédito y
esperaba que mi padre pagara. Para mis hermanas mayores y para mí era
obvio que nuestra madre discutía, por adelantado con papá acerca de sus
compras, antes de que llegaran las cuentas y mi padre golpeara el techo. Era
irónico que como adulta, me halla encontrado a mí misma repitiendo el mismo
modelo con mi propio esposo.
Algunos de los mensajes que aprendí acerca del dinero, cuando era una niña
eran:
1) Si te sientes triste o depresiva, vete de compras y adquiere alguna prenda
nueva. Inmediatamente te sentirás mejor.
2) No te preocupes si no puedes afrontar el pago de tu compra. Sigue adelante
y compra. Siempre habrá alguien, que más tarde, te salvará.
3) Guarda tus deudas en secreto. Durante muchos años, mi madre gastaba en
secreto, el dinero que ella realmente no tenía. Después, ella intentaba esconder
a mi padre la extensión del daño.
El mejor o peor ejemplo de la discreción de mi madre con respecto al dinero
fue, cuando mi hermana mayor se casó y planeó lo que yo llamo una boda
“espectacular”. Desde que mi padre quedó ciego antes de su muerte, mi madre
tuvo que pagar las cuentas y manejar el dinero de la casa.
Mi padre estaba de acuerdo en tener un presupuesto de $7.000 para la boda de
mi hermana. Toda la familia pensó que esto era justo. Años más tarde, nos
enteramos que mi madre realmente había gastado casi $30.000 sin el
conocimiento de mi padre. Creo que mi hermana hubiera preferido que le
entregaran el dinero en efectivo. Había unas pocas señales de que mi madre
estaba gastando demasiado, como por ejemplo que pagó el vestuario y el
calzado de las damas del cortejo, gasto, que comúnmente, eran cubiertos por
las damas del cortejo. Tener un “plan de gastos” para la boda y comparar lo
presupuestado a los gastos reales, hubiera sido algo extraño a las costumbres
de mí familia.
Antes de ingresar como miembro de deudores anónimos, de acuerdo a lo
enseñado por mi madre, yo iba de compras cuando estaba triste o enojada, en
lugar de expresar directamente mis sentimientos verdaderos, y cada día correr
rápidamente a recibir la correspondencia y esconder las cuentas de la tarjeta de
crédito a los ojos de mi marido.
Siempre me gustó ir de compras a las grandes tiendas, cosa que todavía me
gusta, porque los vendedores son sumamente solícitos. No importa que ellos
estén motivados por las comisiones que esperan ganar; la cosa importante es
que me siento mimada y respetada. Para alguien que sufre de baja estima,
puede llegar a resultara simpático escuchar a un desconocido que diga: “¡oh,
eso le queda maravilloso! Yo simulaba ser una persona de alto poder
económico, y que esas compras eran bagatelas para mí. Era halagador si el
vendedor seguía mi juego tratándome en esa forma especialmente reservada
para los ricos y famosos. Tenía por costumbre sentirme muy importante
cuando abría mi billetera y elegía una tarjeta de crédito entre las muchas que
allí guardaba. Aún cuando usaba una tarjeta de crédito, deseaba que todos
supíeran que yo tenía una tarjeta dorada y que en cualquier momento iba a
recibir la de platino. Cuando yo veía esas tarjetas de crédito en mi billetera,
me sentía rica y exitosa. No sentía que me podía sentir poderosa si no
mostraba la tarjeta de crédito. La gente pobre paga en efectivo, la rica siempre
carga todo en alguna tarjeta, ¿correcto? Incorrecto.
Recuerdo cuando mi deuda estaba creciendo, y había llegado al límite de
varías tarjetas de crédito. Tenía que recordar muy bien el saldo en cada una
para asegurarme que alguna fuera rechazada. Ir de compras se estaba
volviendo agotador. Extrañamente, yo casi siempre sabía si había llegado al
límite de cada tarjeta de crédito pero, a menudo, tenía una noción vaga del
monto total de mi deuda y tampoco estaba muy claro para mí si yo podía
afrontar una compra. Sin embargo, me parecía digno de mérito, cuando yo
salía de los locales comerciales con ropas nuevas envueltas en hermoso papel
de regalo y colocadas en bolsas de compras.
Apenas llegaba a casa con mis compras, trataba de esconder las cosas para que
mi esposo no las viera. Inmediatamente le quitaba las etiquetas con los
precios. A través de unas cuantas semanas, iba presentando, lentamente las
distintas prendas, siempre simulando que esas ropas habían estado en mí
guardarropa desde hacía largo tiempo, y que no las había usado hasta ese
momento. Hacía lo mismo cuando mis amigos me halagaban mi compra
simulaba que esa ropa había sido comprada mucho tiempo atrás, sólo que ellos
no habían tenido oportunidad de verlas con anterioridad.
Más allá de mis compras compulsivas, usaba dinero de mis tarjetas de crédito
para pagar cuentas mensualmente. Mi esposo y yo, en forma arbitraria,
habíamos decidido que $2.500 parecía ser un montón de dinero, lo suficiente
para cubrir la mayoría de los gastos mensuales. Por lo tanto, cuando no tenía
el dinero suficiente en mi cuenta para pagar la cuenta del teléfono, por
ejemplo, yo asumía que esto era una falla mía. Sacaba dinero a través de la
tarjeta de crédito para pagar la cuenta, sin que mi esposo tuviera
conocimiento. Una vez que nosotros pudimos sentarnos y elaborar juntos un
presupuesto o plan de gastos, nos dimos cuenta que en realidad el pago de las
cuentas mensuales tenía un costo cercano a los $5.000, sin ser necesario, yo
había incurrido en la deuda.
La peor parte acerca de las tarjetas de crédito fue cuando llegaban las cuentas.
Todos los días corría hacia la casilla de correo tratando de evitar que lo hiciera
mi esposo. Después de un tiempo, él entendió que a mí me gustaba recoger la
correspondencia. No se daba cuenta, que esto era doloroso. La realidad de mis
gastos excesivos estaba en el blanco y negro, adicionándole un 18% de interés.
Habitualmente, sólo estaba en condiciones de pagar el mínimo.
El mayor beneficio de D.A. es concurrir todos juntos, semana tras semana
para hacer nosotros mismos y a estar dispuestos a compartir, abierta y
honestamente con el grupo. Recordar que no estoy sola, es para mi muy
importante.
Mucha gente en D.A., también ha dicho: “sólo somos tan culpables como
nuestros secretos”. He descubierto que esto es verdad. Confesar mis
dificultades económicas, primero a mi esposo, luego a mi terapeuta y luego a
los miembros de mi grupo de D.A., fueron pasos cruciales en mi proceso de
recuperación. Para mí fue importante decir la suma exacta de mi deuda y ser
precisa acerca de cómo había gastado el dinero.
Otra acción importante fue suprimir el uso de las tarjetas de crédito. Seis
meses antes de haber “tocado fondo”, había suprimido mis tarjetas excepto
una. Yo pensaba que ya que la cuenta tenía que ser pagada dentro de los
treinta días, yo no entraría en graves problemas de deudas. La realidad fue que
me sobrepasé en el gasto con mi tarjeta y tuve que pedir prestado a través de
otras fuentes para hacer los pagos. He llegado a darme cuenta que si no tengo
el suficiente dinero para comprar algo, no puedo hacer el gasto. También, si
tengo intención de comprar algo cuyo costo es superior a $100, primero,
necesito discutirlo con mi esposo. Sin embargo, aunque él esté de acuerdo,
que es importante para mí esperar 24 horas antes de hacer una compra
importante. Después me puedo sentir bien por lo que voy a comprar y no
sentirme mal por haber comprado algo en forma compulsivo.
No tener la última tarjeta de crédito fue simbólico para mí. Significó que,
nunca más, mi bienestar iba a depender de una pieza plástica. Significó que
cada mes iba a vivir dentro de mis posibilidades. Significó que estaba lista
para actuar como una “adulta” y tomar responsabilidad por mi vida financiera.
Un día, al recordar el aniversario del momento en que prescindí de las tarjetas
de crédito, tomé los trozos en que las había convertido y los transformé en un
collage. A la izquierda del mismo se puede observar un hombre rodeado por
tarjetas de crédito y metido dentro de una lata de sopa de tomates. Sobre el
lado derecho, el collage es un tributo a la “honestidad y disposición”. Inclusive
hay fotos que han llegado a representar a mí Poder Superior, como lo es una
montaña para la fortaleza, una ballena para la profundidad. Estas cualidades
no están fuera de mí, sino que, ahora, me doy cuenta que están dentro de mí.
Por años, viví una vida de tranquila desesperación. Siempre fui una persona
complaciente, habiendo aprendido desde muy pequeña a darme cuenta lo que
otros necesitaban y deseaban a menudo sin tener en cuenta mis propias
necesidades y deseos. Era importante que yo pareciera competente y perfecta,
pero me sentía que no era valiosa. Todavía, algunas veces tengo miedo de que
si me muestro tal cual soy, incluyendo mis imperfecciones, nadie me va a
amar ni respetar. Hasta que no estuve dispuesta a enfrentar y admitir que sólo
soy un ser humano, fui incapaz de darme cuenta de quien era yo realmente.
Estoy comenzando a aprender, por primera vez en mi vida qué deseo y qué
necesito.
Cuando llegué a D.A. por primera vez, no estaba segura de tener algo común
con la mayoría de las personas que estaba en el salón.
Quería desprenderme de mi aflicción, salir de la deuda y mudarme tan pronto
me fuera posible. Ahora registro mis gastos día por día, y estoy fuera de la
deuda. Ahora comprendo lo que la gente quiere significar cuando dicen que
D.A. no trata realmente el tema del dinero. Tener mis finanzas en orden es
sólo una parte del programa. La solvencia es un efecto colateral de trabajar los
Doce Pasos y darse cuenta de las aplicaciones espirituales de ser un deudor.
Ahora sé que tengo algo en común con cada una de las personas que asisten a
las reuniones de D.A., más allá de sus situaciones financieras. Todavía amo ir
de compras y amo el perfume de las prendas nuevas, pero ahora me siento
fantástica cuando compro algo, lo puedo solventar, y lo pago en efectivo.
¡Esto funciona!
REBELDE Y RESISTENTE
Ella pasó, en seis meses, de poseer una fortuna a la deuda continua. En D.A.
aprendió que, mientras el dinero había cambiado, ella no.
Yo no soy una de esas personas que entró a D.A. con la esperanza brillando en
sus ojos. Odiaba ese lugar, no deseaba estar allí, y me hacía feliz decir cuánto
lo odiaba.
Estudié en la universidad, y tengo experiencia en varios campos de la
comunicación, pero no era capaz de conseguir ingresar en un empleo con alto
nivel. Me había rehusado a aprender a tipear, por lo tanto después de haberme
graduado mis empleos habían incluido trabajar en un comercio de limpieza
comercial, trabajar de puerta en puerta para un grupo político, trabajar como
vendedora y encargarme de la limpieza de las jaulas en una pequeña
veterinaria. Ninguno de estos empleos pagaba más que el mínimo; algunos
pagaban menos.
Cuando conseguí un trabajo de venta de publicidad, sentí que progresaba. El
diario para el cual trabajaba era pequeño y muy rara vez pagaba las cuentas.
Trataba de vender la publicidad en base a comisiones. No tenía auto, por lo
tanto esta tarea consumía mi tiempo. No soy una buena vendedora, por lo
tanto mis comisiones no eran altas ni fijas. Mi paga estaba basada en mis
recibos reales, por lo tanto nunca supe sí mi cheque semanal sería de $20 o de
$500. Se suponía que tenía que pagar mis impuestos trimestralmente, pero
nunca lo hice, nunca me alcanzaba para pagarlos, ya que el pago de la renta y
la alimentación me llevaban todo lo que ganaba.
Cuando me mudé a una casa que compartí con amigos, las cuentas podían
estar a mi nombre, dado que para hacerlo tenía que pagar un depósito
sustancioso. Cuando recibía las cuentas de mis numerosos acreedores no las
abría, las guardaba en un cajón. Algunas veces, pedía prestado pequeñas
sumas a mi familia y amigos, devolviéndoles la suma cuando me llegaba la
próxima paga, por lo tanto cada vez que recibía mi cheque ya estaba gastado
por anticipado.
Por las noches no podía dormir. Era como una pequeña niña que estaba
perdida al no recibir instrucciones. Estaba aterrorizada, amargada, resentida y
confusa. Sentía que había fracasado, no veía la manera de que las cosas
cambiaran para mejor Tenía casi un año en otros dos programas de Doce
Pasos, y asistía de cinco a siete reuniones semanales. Creía que hacía lo
suficiente, por lo tanto me resistía a D.A.. Cuando concurrí a la primera
reunión, encontré cosas por las cuales quejarme: ellos cobraban la literatura,
ellos no decían “por tres reuniones no solicitamos a los recién llegados
contribución alguna”, tal como lo hacían los otros programas. Aún más, yo
creía que ellos estaban haciendo todo mal. En consecuencia, fui una semana,
falté a la siguiente, regresé a la próxima, pateando y protestando todo el
tiempo. Esto sucedió durante varios meses. Al principio, permanecía sentada y
callada. Después de un tiempo comencé a compartir. Las primeras veces que
compartí, lo hice con lágrimas, amargura e ira. Era culpa de D.A. que yo
tuviera tanto miedo. Si estarían haciendo las cosas correctamente, tal como lo
hacían los otros programas, yo no pasaría momentos tan duros.
Para mi disgusto, los miembros no se ofendían. Muchos de ellos, al finalizar la
reunión, agradecían mi honestidad. Su apoyo no significó la disminución de
mi miedo, pero me ayudó a seguir regresando. Aunque odiaba las reuniones,
sabía que necesitaba estar allí.
Me llevó largo tiempo descubrir que mi miedo y mis defectos de carácter eran
dos cosas distintas. Dejé de ir por varios meses. Cuando regresé, las reuniones
se hacían en una Iglesia. Ahora, asistían más miembros, las reuniones se
tornaron amables. Eso me hizo sentir mejor
Pero esto nada tenía que hacer con mi rebelión y enojo. Si la reunión había
sido perfecta, aún así sentía miedo. Estaba enojada porque cada uno de los
miembros estaba mejor. Todavía no sé porqué enfrentar que yo era impotente
frente al dinero, era mucho más difícil y penoso que mis otros problemas, eso
era lo que pasaba. Algunas veces, aún sigue pasando. Mi rebelión no ha
desaparecido, sólo está más tranquila.
Cuando regresé, comencé a escuchar lo que la gente compartía. También
comencé a compartir honestamente, sin ser tan combativo. Contribuí con el
grupo, abrí y cerré la reunión, coordiné las reuniones, recibí a los recién
llegados.
Encontré un trabajo que me gustó y que no era a comisión, recibiendo un
mejor sueldo. Ya podía abrir toda mi correspondencia. Aún no había tenido un
Grupo de Alivio de Presiones o un plan de gastos. Aún no dormía bien: aún
tenía una deuda contraída mientras trabajaba en el diario. Todavía no había
solucionado mi préstamo estudiantil. Unos pocos meses más tarde, encontré
un trabajo con buenos beneficios (anteriormente no había tenido ninguno) y
un sueldo mayor. Antes de comenzar convencí a mí madrina
Ahora, luego de más de un año y medio del programa, tengo un plan de
gastos. Poco tiempo después tuve mi nrimer Grupo de Alivio de Presión. Me
contacté con mis acreedores. Me sorprendió el hecho de que la mayoría de
ellos estuvieran contentos de tratar conmigo. Ordené mis impuestos con la
ayuda de un amigo y comencé a enviar al estado una pequeña suma de buena
voluntad. Era capaz de contestar el teléfono y abrir mi correspondencia.
Un año más tarde, con la ayuda de mi Poder Superior, mi Grupo de Alivio de
Presiones y del grupo en su totalidad, inicié un proceso de reclasificación de
mi trabajo. El proceso fue largo, riguroso, pero mantuve mi decisión,
compartiendo en las reuniones, orando y haciendo llamadas telefónicas. El
resultado fue una mejora sustancial, incluyendo el pago de seis meses. La
descripción de mi nuevo trabajo ahora concordaba con lo que estaba haciendo,
y vi esperanza para mi carrera. Pagaba la deuda sobre mi primer auto, el
préstamo estudiantil y aumenté el pago al estado.
Al principio tenía miedo de contactarme con el estado, pero cuando hablé por
teléfono sentí un gran alivio que ellos querían ayudarme. Establecimos un plan
de pagos. Un año más tarde tenía dificultades en conseguir un departamento,
el estado me ayudó con un préstamo que terminaré de pagar en un año.
Mi recuperación no es una subida hacia una colina gentil, he tenido
deslizamientos. Es difícil para mí llevar los registros, y a veces olvido
realizarlos. Ocasionalmente, a veces libro un cheque sin fondos, aunque es
usual debido a mis errores respecto a las matemáticas. Aún tengo resistencia y
rebeldía.
Una cosa que he aprendido es a no hacer algo hasta que no esté en buenas
condiciones. Con cinco años de recuperación, trabajando los Pasos, y rogando
para tener buena disposición, soy buena y estoy lista más rápidamente. Creo
que ahora soy más amable. He aprendido que puedo decir que no estoy lista
para sugerencias- cuando esté lista, entonces podré pedir ayuda. Puedo
recuperarme a mi propio ritmo, cometiendo mis propios errores.
Aún con toda mi resistencia y rebelión, continúo asistiendo a las reuniones de
D.A.. Mi recuperación continúa. Contesto mi teléfono y abro mi
correspondencia. Ya no siento que soy una adulta fracasada. Ahora duermo
por las noches, aún cuando he sufrido una recaída. Sé que si me rechazan un
cheque, no significa que soy una mala persona o un ser humano desagradable.
Eso significa que tendré que cambiar algunas cosas. Puede ser que sea una
multa, volver a ir al almacén si el banco no me cubrió el cheque. Puede
significar que necesite mirar las cosas más allá de mi desliz o de mi error, que
necesito hacer una llamada telefónica o un inventario, o dedicar más tiempo a
la meditación y a ía oración. Puedo tener la necesidad de revisar mi conducta.
Pero no tengo necesidad de dudar que soy valiosa como persona.

YO PERTENEZCO – HISTORIA DE UN GANADOR DE VUELO BAJO.
Reuniones y Grupos de Alivio de Presiones le dieron el apoyo necesario para
comenzar un negocio, aumentar las ganancias y para comprometerse con la
expresión creativa.
Yo creía que ese no era el lugar de pertenencia cuando asistí a mi primera
reunión de D.A.. Muy poco de lo que habían leído era aplicable a mi caso. No
tengo deuda, no soy un gastador de dinero compulsivo. Es más, soy una
persona que gasta a nivel muy bajo. Salgo de vacaciones y regreso con la
mitad del dinero que llevé. Muy rara vez pido dinero prestado a mis amigos.
D.A. parecía no ser aplicable a mi persona.
Dejé de ir por unos pocos meses, pero finalmente, llegué a un punto de
desesperanza y desesperación a causa de mi situación financiera y volví a
concurrir a D.A.. Esta vez me di cuenta que los miembros estaban discutiendo
situaciones que sí eran aplicables a mi persona. Al comenzar a trabajar en
programa, decidí practicar el concepto del Paso Doce de “toma lo que te guste
y deja el resto”. Hace casi un año que estoy concurriendo a D.A.. Mi trabajo,
el dinero han aumentado en forma impensada. Menciono estas áreas de mi
vida porque D.A. abarca más que una deuda financiera.
Mis padres enseñaron a sus hijos a vivir con simpleza, no poniendo el acento a
lo material. Sus creencias tenían origen en sus fuentes religiosas, pero ahora
veo que mis padres estaban condicionados por su pasado de carencia. Mi
madre pertenecía a una familia pobre, mi abuelo paterno vivía en un estado
permanente de temor al dinero. Aunque todavía creo en vivir con simpleza,
ahora distingo entre no ser materialista y vivir en la privación. Por años
compré ropa de segunda mano. Cuando por primera vez compré lentes de
contacto, me sentí tan culpable por lo que sentí un gasto frívolo que
inmediatamente los devolví.
Mi temor a gastar dinero parecía estar conectado con la realidad, porque muy
pocas veces tuve dinero suficiente para vivir confortablemente. Alterné mi
concurrencia a la escuela con dos trabajos de muy bajo salario. Aún teniendo
en cuenta mis dos títulos universitarios, ganaba $19.000 al año, salario que
apenas me permitía cubrir los gastos en una ciudad cara como la que yo vivía.
Una sola vez tuve un trabajo bien pago, pero allí no me sentía feliz. Después
de haber renunciado, terminé haciendo miserables trabajos temporarios. Al
entrar a D.A., aprendí que el dinero es una parte de la vida y que está bien
tener en cuenta cuanto dinero necesito y planear estrategias para ganarlo.
Durante mi último Grupo de Alivio de Presiones, presenté al grupo mi carta de
gastos para noviembre y diciembre y esperé que ellos me dijeran qué era lo
que tenía que suprimir de la misma. Ellos me dijeron que no necesitaba hacer
recortes, lo que yo necesitaba era gastar más y ganar más. Revisé mis gastos y
me di cuenta que aún no tenía cubiertas todas mis necesidades, como por
ejemplo tener un par de zapatos apropiados para mis pies. Actualmente, estoy
ganando un buen promedio por hora en una carrera adecuada para mí y
trabajando para conseguir los suficientes clientes nuevos que me permitan
cubrir mis necesidades. En D.A., he aprendido que es correcto ocuparse del
dinero.
De algún modo, finalicé con una gran cantidad de actitudes acerca del trabajo.
Creía que el trabajo significaba sufrimiento y ansiedad y que si algo, llega
fácilmente hasta mí, debe ser algo erróneo. Nunca encontré un empleo con un
sueldo digno.
Cuando comencé a trabajar en el programa de D.A., estaba haciendo un
trabajo que odiaba. Me sentía frustrado porque quería tiempo para una
actividad creativa. No encontraba una salida. Parecía que había que elegir, o
una cosa o la otra. O pasaba todo mi tiempo realizando una tarea que odiaba, y
apenas podía cubrir mis necesidades, o tenía tiempo para mi arte pero no
dinero. Las actitudes de la sociedad reflejaban esta idea. Cada vez que me
quejaba, la gente decía “Es la vida. Tienes que ser práctico.”
Afortunadamente, en D.A. escuché lo contrario. Allí la gente hablaba acerca
del derecho al sustento y a elegir como utilizar el tiempo propio. Comencé a
mirar cosas a través de las cuales podría ganarme la vida y que también me
dejaran tiempo para la creatividad.
Después de varios meses, me decidí por una posible carrera la cual requería
llevar mi propio negocio. Mil peor enemigo era la crítica que estaba dentro de
mi cabeza, la cual continuaba diciéndome: “Estás perdiendo tu tiempo. Nunca
conseguirás nada.” En esos momentos estaba tan desmoralizado que no creía
que alguna vez pudiera ganar lo suficiente como para vivir bien. Dado que,
comenzaba mi negocio en un momento de recesión, mi crítica parecía estar
diciéndome la verdad. Los miembros de D.A. oponían a esto su espiritualidad.
Ellos me decían que si fijaba en mi mente lo que yo deseaba y confiaba en un
Poder Superior, eso era más fuerte que la recesión. Me di cuenta que no
tendría éxito si el miedo me alejaba de mis propósitos. Decidí comenzar con
mi negocio y solté las riendas acerca de los resultados.
Aunque todavía estoy armando mi negocio, ya estoy ganando más dinero
mensualmente. Gracias al apoyo de D.A., ahora estoy haciendo una tarea que
me agrada y con la cual gano bien.
A veces, todavía pierdo coraje, pero estoy meditando y aprendiendo a confiar
en un Poder Superior respecto a los resultados. He descubierto que está bien
que me agrade mi trabajo.
Cuando era un niño, pasaba mucho tiempo escribiendo historias. Al llegar a
adulto, nunca parecía encontrar el tiempo. Siempre les decía a mis amigos:
“Uno de estos días voy a dedicar tiempo a escribir”. Sin embargo, cada vez
que pensé hacerlo, decidí que era una tontería, que probablemente, nunca
tendría suficiente talento para obtener una publicación. Siempre sentí la
necesidad de escribir, pero siempre estuve demasiado ocupado haciendo cosas
más urgentes, por ejemplo terminar la escuela, dejar un trabajo hecho o
limpiar el baño.
D.A. me alentó a dar prioridad a mi actividad creativa, y, también a dejar de
pensar acerca de los resultados en esta área. Ahora, tomo clases de actuación,
escribo y llevo a cabo mi propio material. Intento no concentrarme a dónde me
llevará esto. Quizás mis actuaciones nunca me lleven a ser famoso, pero ¿es
esta una razón para renunciar? Tiempo atrás hubiera dicho que sí, pero ahora
creo en mi propia creatividad. A raíz de que soy un trabajador independiente,
puedo elegir reservar tiempo para escribir.
Veo que los límites de mi tiempo nunca han sido fuertes. Solía llegar a casa,
inmediatamente contestaba los mensajes telefónicos, y así mis noches estaban
dedicadas a las llamadas telefónicas. Saltaba entre no tener nada hecho a
intentar hacerlo todo al mismo tiempo. Tenía que lavar, contestar tres cartas,
limpiar el departamento, ir de compras, hacer diez llamadas de marketing,
encontrarme con un amigo para cenar- todo en un solo día. Yo creo que esta
actividad proviene de la sensación de escasez y motivación que experimenté
en lo concerniente a los temas del dinero. No creo que hay tiempo suficiente.
El Poder Superior es la clave de cómo funciona D.A.. Como yo me esfuerzo
para mantener la esperanza, construir mi negocio y hacer mi trabajo creativo,
necesito que D.A. siempre me recuerde que yo puedo confiar en algo más
grande que yo mismo. Mi mente me dice que tengo que preocuparme
constantemente- que si dejo de hacerlo aunque sea por un tiempo breve, el
resultado será desastroso. Mi mente, también me dice, que nunca lo que hago
es suficiente, que cualquiera sea la decisión que tome, siempre será
equivocada. Demasiado desaliento.
Afortunadamente, voy a las reuniones de D,A. para darme cuenta que existe
un Poder Superior. Cada vez que reemplazo la escasez por la abundancia en
mi pensamiento, comienzo a vivir en el momento, con una paz razonable, sin
una ansiedad excesiva. Como me dice mi padrino, hay dinero suficiente,
tiempo suficiente y amor suficiente.
DESCUBRIENDO MI PROPIA VOZ
Ella estaba de acuerdo con sus padres con respecto a que estaba equivocada,
especialmente en lo concerniente al dinero. En D.A. aprendió a tomar sus
propias decisiones.
Soy una sobreviviente de un incesto. Estoy en recuperación respecto a esto y
de ganar por debajo de lo necesario. Mis dificultades en el manejo del dinero,
los alimentos y las relaciones, son las consecuencias debilitantes del incesto en
mi niñez. Creo que hay esperanza, ayuda y que hay una manera de salir de
esto, un día a la vez, con la ayuda de mi Poder Superior y usando las
herramientas y los Pasos de D.A..
Soy hija única y crecí en un área próspera del oeste. Mis padres eran
profesionales que, habitualmente, tenían buenos ingresos. No tenían problema
con deuda alguna.
Como sobreviviente de un incesto, aprendí a no hablar con nadie respecto a lo
que realmente pasaba. Aparentemente mis padres tenían dinero, pero,
realmente yo no lo sabía. Cuando llegué a D.A. era muy joven, estaba ansiosa
y confundida constantemente respecto a lo que mis padres hacían o no hacían,
y si era un error pedirle cosas que necesitaba. Siempre sentí que algo estaba
mal respecto a mi persona y que nunca podría ganar suficiente dinero para
hacerme cargo de mí misma dado lo extravagante que yo era. Me llevó
semanas pedir lo que necesitaba. Algunas veces conseguía lo que solicitaba,
pero la soberbia emocional era muy alta. Los mensajes eran: “Nos sentimos
muy heridos por tener que darle esto. No sabemos que te pasa. No podemos
confiarte dinero, por lo tanto, lo haremos por tí. Sufrimos porque tienes
necesidades. No puedes abandonarnos, porque necesitamos que nos cuides.
Para conseguir cualquier cosa, tienes que trabajar duramente, pero luego tienes
que darles a otros menos afortunados.”
Estos mensajes me enseñaron que era mejor ser vaga y confusa acerca de lo
que realmente necesitaba.
Cuando estaba en la escuela secundaria trabajaba como niñera para comprar
material para coser una pollera, sin decírselo a mis compañeras. Ellas me
gritaban y criticaban por ser extravagante y “mala”. Realmente, sentía que
había hecho algo malo; que había algo equivocado en mí. Guardé el material
comprado hasta que estuve en la universidad, alejada de mis padres. Este
incidente confirmaba que yo no podía tomar una decisión “correcta” acerca del
dinero.
También tuve decisiones “incorrectas” respecto a la comida. A menudo
comíamos en restaurantes, y mi padre hacía una escena acerca del costo.
Aprendí a pedir la cosa más barata que figuraba en el menú, aún cuando
deseaba comer algo más saludable. Hoy sé que la cosa más abundante y
amorosa para hacer es gastar lo que cuesta para tener alimentos apropiados
para mí.
Cuando tenía entre veinte y treinta años, solicitaba a mis padres pequeñas
sumas de dinero para salir de apuros cuando no estaba trabajando. Me llevaba
semanas reunir el coraje para hacerlo. Consultaba con otras personas si ellos
creían que estaba bien hacer esto. Por supuesto, cada uno de ellos tenía
opiniones diferentes. Algunas personas recibían dinero de sus padres. Otras,
orgullosamente nunca pedían un centavo.
Con la ayuda de los Grupos de Alivios de Presiones y confiando en mi Poder
Superior, pude aceptar lo que realmente gastaba mensualmente. Desarrollé un
plan de gastos ideal, poniendo mis necesidades en primer término. Con la
ayuda de mi Poder Superior, fue desapareciendo gradualmente mi miedo a
gastar dinero en lo que yo necesitaba y deseaba. Hacer el plan de gastos ideal
me ha dado una idea de cuánto necesito ganar. Cuando identifico, acepto, y
hago un plan de acuerdo a mis necesidades, estoy serena.
Para mí, el dinero crea el poder de hacer elecciones por mí misma acerca de
cual es la mejor manera de conocer mis necesidades y deseos. Como una
sobreviviente de un incesto, mi recuperación destruirá los viejos mensajes de
que yo no puedo tomar mis propias decisiones acerca de lo que es mejor para
mí, o que siempre debo cuidar de alguien. Mediante la oración y la práctica de
los Pasos Sexto y Séptimo, pido a mi Poder Superior que me ayude a perder el
miedo de abandonar, emocionalmente, a mi familia. Ahora, le digo a mi
familia, exactamente lo que necesito. Al asistir a las reuniones regularmente,
mi fuente de fortaleza y serenidad no son mis padres, sino mi Poder Superior.
EL REGALO DE UN DESPERTAR
A pesar de que ella ingresó con cosas negativas, en D.A., encontró milagros.
Mi deuda compulsiva comenzó al conseguir mi primera tarjeta de crédito. Mi
primer año en la escuela de graduados fue también mi primera experiencia de
solventarme a mí misma a través de mis propias contribuciones. Aunque mi
salario era de $411 mensuales, ahorré $1.786 en diez meses, lo suficiente para
comprar mi primer auto. Entonces obtuve mi primera tarjeta de crédito,
porque escuché que la necesitaba para establecer un raiting crediticio.
Comencé con un límite de crédito de $100. Diez años más tarde, tenía cuatro
tarjetas de crédito con una deuda insegura de $6.000. Es interesante cómo
sucedió todo esto. Todos los años cerca de Navidad, yo podía contar con un
aumento de $200 en el límite crediticio, en por lo menos una de las tarjetas.
En cada ocasión, juraba que no usaría el crédito, pero nuevamente llegaba al
máximo en el siguiente mes de abril. Siempre conseguía un “aumento” de
parte de las compañías de tarjetas de crédito, porque en mi lista de prioridades,
el pago de la deuda figuraba en mi primer término. Si tenía que elegir entre ir
al dentista o cumplir con el pago de las tarjetas de crédito, ¿pueden imaginarse
cuál era mi elección?
Para mí era fácil negar un problema, porque nunca fui acosada por acreedores
encolerizados. Lo que me hizo desbarrancarme fue la obtención de un auto
mediante leasing que tomé cuando conseguí mi primer empleo “real” luego de
la graduación. El auto no era el que yo necesitaba, tenía 15.000 millas de uso.
Todos mis instintos me decían que esperara hasta poder hacer una mejor
compra. Pero con el espíritu de “terminar con las vaguedades”, que tipifíca mi
deuda compulsiva, firmé de cualquier manera, el contrato de leasing.
Mis instintos iban en la dirección correcta. Descubrí que mi leasing tenía todas
las desventajas que significa tener un auto propio, y con ninguna de las
ventajas. Al renovar mi licencia de conducir, descubrí que tenía que pagar una
vieja multa de estacionamiento que había cometido el dueño anterior. El auto,
también tenía algunas “pequeñas” fallas, puertas que no se podían abrir bien,
el baúl se abría fácilmente, y otros numerosos problemas. Tomé la
determinación de desprenderme del auto cuando el leasing finalizara, pero me
preocupaba seriamente por si no podía obtener su valor verdadero.
Hacía un año que estaba dentro del leasing cuando comencé mi recuperación
en Comilones Anónimos. Sin embargo, a los seis meses de haber ingresado
allí, comencé a darme cuenta de cosas relacionadas con mis gastos. Me di
cuenta que aunque mi salario era un poco más alto que cuando había
comenzado a trabajar, todavía no tenía dinero suficiente.
Cuando estaba llegando al final del leasing, hablé con mi madrina de
Comilones Anónimos acerca de mis miedos a deber más a la compañía de lo
que yo podía pagar. Me habló acerca de Deudores Anónimos y me presentó a
una señora que me llevó a mi primera reunión en D.A.. Al principio no estaba
segura de que ese fuera el lugar correcto. Yo pensaba, que después de todo, yo
podía pagar mis cuentas, por lo tanto, ¿realmente era necesario estar con toda
esa gente que no podía pagar sus cuentas? Pero tenía tanto miedo que me
quedé e hice todo lo que ellos me dijeron.
Comencé a anotar mis gastos y, tres meses más tarde, tuve una Reunión de
Alivio de Presiones. Un miembro de mi grupo de Alivio de Presiones me
señaló que con los $200 mensuales que estaba pagando por el leasing, podía
haber tenido un auto nuevo. Estaba muy enojada. Mi enojo me llevó a hacer la
cosa correcta en la forma equivocada. Sin consultar a mi Grupo de Alivio de
Presiones, compré un auto nuevo usando como parte de pago el auto que tenía.
No tenía claro el valor de mi auto antes de comprar de nuevo. Al mes
siguiente, quedé sorprendida al recibir una carta de la compañía del leasing
informándome la discrepancia entre lo que se suponía era el valor del auto y la
valuación de la compañía que era ¡$2.348! Después de leer la carta me
arrodillé y me puse a rezar. Con la ayuda de mi grupo de Alivio de Presiones,
negocie un arreglo por $1.100 que yo estaba en condiciones de pagar -al
contado- sólo nueve meses después de mi primera reunión en D.A. ¿cómo
sucedió este milagro?
No estoy segura. En D.A., todo lo que hice, fue anotar mis gastos y no
endeudarme un día a la vez. De repente, yo tenía dinero en el banco.
Este fue el primer milagro que D.A. trajo a mi vida. Agradezco a D.A. y a mi
Poder Superior por rescatarme de la confusión en la que yo misma me había
introducido. Desde entonces, la gran diferencia en mi vida es, que fui capaz de
usar las herramientas de un despertar que me permitía evitar situaciones como
la del auto.
Ustedes, habitualmente, no escuchan hablar del despertar en D.A., por lo tanto
quisiera referirme al mismo. Si alguna vez ustedes leyeron el Gran Libro de
A.A., puede ser que estén familiarizados con el capítulo llamado ‘Más acerca
del alcoholismo’. Ese capítulo da muchos ejemplos del “pensamiento
alcohólico”, es decir las excusas que los alcohólicos dan para beber. La única
liberación del pensamiento alcohólico viene de un Poder Superior. Como
deudora compulsiva, me identifico con el “pensamiento alcohólico” dentro de
mi propia enfermedad, porque yo vi que el pensamiento deudor me llevó al
problema del leasing del auto. Mi principal defensa contra el “pensamiento
deudor” ha sido el despertar a un conocimiento. Para mí, despertar no es sólo
una herramienta del programa de D.A.; lo veo como una herramienta y un
resultado de trabajar los Doce Pasos- un regalo de mi Poder Superior.
Despertar es esa pequeña voz que viene de mí Poder Superior que contrarresta
el pensamiento deudor. Les daré dos ejemplos para ilustrar esto:
Contraté a un famoso profesor de danzas. Después de haber tomado mis
primeras seis clases, quise tomar más lecciones. Sin embargo, el estudio de
danzas me presionaba para firmar contrato por $3.200-. A causa del regalo del
despertar al conocimiento, la deuda insegura, inmediatamente levantó la
bandera roja. Resistí todos los intentos por hacerme firmar por un gran
número de lecciones y acordé tomarlas pagando cada vez que iba. Después de
haber tomado unas pocas lecciones, me di cuenta que no estaba haciendo
progreso alguno. Ello no se acomodaba a mis necesidades; querían
presionarme para contratar todas las lecciones de una sola vez para luego ellos
programármelas. Pasaron algunas semanas y me di cuenta que la mayoría de
la gente no estaba allí para aprender danzas. Eso semejaba ser un club social.
Por lo tanto, dejé de ir.
Admito que esto no lo hice de un modo perfecto. Probablemente, si me
hubiera mantenido en contacto con mí Grupo de Alivio de Presiones hubiera
gastado menos. Sin embargo, el regalo del despertar al conocimiento me
salvó, indudablemente, de incurrir en una deuda insegura de $3.200. En ese
sentido, los $800 que gasté, estuvieron bien gastados. Progreso, no perfección.
Con el aporte del Grupo de Alivio de Presiones, solicité a las compañías de
tarjetas de crédito cancelar mi línea de crédito. Ya no podría usar las tarjetas,
pero todavía recibía pagos mensuales y pagaba cuentas. Casi un año más
tarde, una compañía de tarjetas de crédito me envió una carta ofreciéndome $5
si reabría mi línea de crédito. Mi mentalidad deudora saltó a este pensamiento:
“¡bravo! Esto parece sencillo. Ellos quieren que use mí línea de crédito así
pueden obtener el interés, pero si yo, solamente, reactivo la cuenta sin cargar
nada en ella, obtendré los $5-. Traté de descifrar porqué el banco deseaba
darme $5-. Enseguida me di cuenta que esto implicaba honorarios de servicio
anuales por $18-. Yo había incurrido en una deuda insegura de $13: los $18 de
honorarios de servicio mínimo menos los $5 por reactivación de la cuenta.
Este descubrimiento de cómo querían “atraparme” sólo me llevó quince
minutos.
Todo esto me demuestra que el hecho de haber pagado todas mis deudas no
significa que estoy “curada”. Siempre necesitaré despertar al conocimiento,
regalo de mi Poder superior, para protegerme de tomar decisiones financieras
que no signifiquen el mejor interés para mí.
SCARLETT SE CONVENCIO Y CONCURRIO A D.A.
Una reina que soñaba ser Scarlett tocó fondo y encontró su Poder Superior.
Pasé mi vida entera viviendo más allá de mis posibilidades. Cuando era una
niña había soñado con una existencia parecida a la de Scarlett O’Hara. Como
adulta, traté que mis sueños se convirtieran en realidad. Trabajé como niñera,
empleada para limpieza y sirviendo en reuniones sociales. Compraba la ropa
de mis hijos y la mía en los negocios más caros y mis vacaciones me llevaban
por distintos países. Ustedes se preguntarán ¿cómo podía hacer todo esto sí mi
esposo era un obrero de construcción? Era sencillo: Implora, pide prestado o
roba. Y cuando esto no funcionó, siempre había tarjetas de crédito. Mi
expresión favorita era “una vez más déjame llegar al límite”. Pude manejar el
salarlo de mi esposo y el mío propio para lucir siempre bien, pero esto fue
mucho tiempo antes de que todo mi dinero y mi matrimonio se convirtieran en
“Lo que el viento se llevó”.
Después de abandonar a mi familia, me tuve que enfrentar a la verdad. Era una
deudora, era pobre y no tenía logro alguno. No interpreten mal mis palabras.
Pude haber tenido muchísimo dinero, pero no supe manejarlo. Mi familia dejó
de ayudarme cuando una y otra vez yo gastaba hasta el límite de la tarjeta.
Ahora tenía que vivir de acuerdo a mis propias posibilidades. No había viaje
de retorno. La depresión y los pensamientos suicidas estaban conmigo
constantemente. Ahora, mis cuentas triplicaban mis ingresos y me di cuenta
que muy pronto estaría viviendo en la calle.
Aunque no conocía a D.A., comencé a trabajar los Pasos en otro programa.
Mucha gente me alentaba a continuar con el seguro social, porque yo casi no
tenía trabajo. Decidí intentar mantenerme a mí misma de la mejor manera
posible. Por primera vez estaba tomando responsabilidad sobre mí misma y
me pareció que esto era bueno. Como parte de mi Cuarto Paso, pagué todas
mis tarjetas de crédito y la mayoría de mis deudas. Estaba ganando más dinero
y tenía la sensación que podría conquistar el mundo.
Ese verano heredé de mi tío una gran suma de dinero. Yo era custodia del
dinero de mis hijos y de la viuda de mi tío. Esto era dinero, dinero, dinero, que
me llevó a D.A., seis meses más tarde. Nuevamente estaba deprimida,
histérica, con pensamientos suicidas. Me sentía totalmente responsable y con
miedo de cometer algún error y perder todo el dinero. Intenté esconder,
manipular y controlar el dinero de cada uno. Para mí no era suficiente
controlar, contar, conciliar cuentas. Cuando retrocedo a esos meses recuerdo
que yo no tenía vida, no tenía a Dios, sólo tenía dinero. La relación con mis
hijos estaba basada en el dinero. Sólo hablábamos acerca de este tema. Estaba
enferma, histérica, insegura de mi vida, pero tenía totalmente bajo mi control a
los demás ¿cómo podía estar sucediéndome esto si yo había trabajado los
Pasos y estaba en un programa de Doce Pasos desde hacía más de diez años?
Hace ocho años, el día de Año Nuevo me uní a D.A.. Iba cada semana a una
reunión. Inmediatamente, tuve un Grupo de Alivio de Presiones y me he
reunido con las mismas dos personas casi todos los meses, desde que me uní a
D.A.. Gracias al apoyo de este hombre y de esta mujer, he perdido muchos de
mis miedos. He pasado de cajas de cuentas, papeles, a un Poder Superior. Una
de las mayores dificultades que enfrenté fue usar el dinero para mi vida diaria.
Cada vez que disponía del dinero para comprar alimentos o pagar la comida,
me enfrenté a mis miedos acerca de la carencia. Yo quería ahorrar, o esconder
el dinero, pero nunca gastarlo. Tenía miedo a gastarlo por si no había lo
suficiente. Algunas personas en el programa creen que sus problemas pueden
resolverse a través de ciertas sumas de dinero. Yo no he descubierto que esto
sea verdad. Aún hoy, cuando uso mis reservas de dinero prudentemente pido
ayuda a mi Poder Superior, recordándome a mí misma que hay dinero
suficiente. Ya el dinero dejó de ser mi dios, enseñé a mis hijos a manejar el
dinero. Ellos cometen errores, pero es así como ellos aprenden. Confío en que
ellos también tienen un Poder Superior. Tengo una relación bien clara con
toda mi familia gracias a D.A.. He aprendido que el dinero es sólo una
herramienta. Ahora, soy solvente y gano más que en los últimos siete años. La
cosa más importante que he recibido de D.A. es la amistad personal que tengo
con mi Poder Superior. Las reuniones, la literatura, las llamadas telefónicas,
los Grupos de Alivio de Presiones y los padrinos tienen un solo propósito:
ayudarnos a tí y a mí a encontrar a Dios. Mi Poder Superior está junto a mí
cada vez que lo necesito. No importa el mucho o poco dinero que yo tenga,
estoy bien. Tengo lo suficiente. Gracias a D.A.. No importa donde yo esté,
estoy en mi casa. D.A. es mi hogar.
LA HISTORIA DE MARIO
Desesperanzado, estuvo dispuesto a aceptar ayuda. Con el apoyo de la
hermandad, él se mantuvo solvente a lo largo de su fatal enfermedad.
Este año, celebro cuatro años de recuperación en deudores Anónimos. Hace
cinco años, decidí que la razón por la cual yo me sentía sin esperanza acerca
del dinero, era que yo no lo había utilizado para mí mismo. Después de un año
de aplicar el conocimiento de mí mismo, estaba aún, más desesperanzado que
cuando comencé. Estaba listo para recibir ayuda. Ahora, estaba en condiciones
de recibirla, y mi Poder Superior me trajo a mi primera reunión en D.A.. No
me resultó difícil adaptarme, pues tenía muchos años de experiencia en otros
programas de Doce Pasos. Todavía caminaba por la vida con mucho miedo,
vergüenza y confusión acerca de mis finanzas. Mi pareja había estado yendo a
D.A. desde hacía un año, y su vida parecía estar mejorando, especialmente sus
finanzas. Nunca me sugirió ir a DA., ya que como dice el programa, esto es
más atracción que promoción.
Bueno, esto funcionó. Un domingo de diciembre, me llevó a mi primera
reunión de DA., y siempre estaré agradecido a los principios de Deudores
Anónimos. Durante el primer año odié las reuniones, pero sabía que estaba en
el lugar correcto. Continué concurriendo a las reuniones.
Nunca fui operado del corazón, pero ahora, creo que sé lo que se siente.
Cuando otros miembros compartían acerca de no ser capaces de comprar ropa
interior, abrir la correspondencia, sentía que ellos no sabían como negociar
con los acreedores. Sentí que no estaba solo. Ese sentimiento de desesperanza
que tenía fue levantado en mi primera reunión y no ha retornado. Ese es uno
de los más preciosos regalos que he recibido de D.A..
Gran parte de mi recuperación se enfocó en el hecho de que vivo con otras
amenazas además de la deuda. Soy un deudor en recuperación que está
viviendo con la enfermedad del Sida. A medida que progresa mi recuperación
también progresa el virus del Sida, estoy aprendiendo que yo soy impotente
ante la deuda y que no puedo recuperarme solo, ni tampoco puedo luchar
contra el Sida por mí mismo. Como deudor activo me aislé. Por eso es un
milagro de DA., que anoche tuve una reunión de D.A. en mi casa con un tubo
de oxígeno en mi nariz, y otros seis miembros de DA. que me han ayudado de
todas las formas posibles que ellos alguna vez hallan conocido. Tengo la
esperanza de que yo los haya ayudado a ellos; ¡así es como esto funciona!
Cuando llegué a D.A., sabía que, eventualmente, tenía que hacer servicio.
Hacía café, estuve a cargo de la literatura, di mi número de teléfono a los
recién llegados (aún cuando yo sentía que no tenía nada para ofrecer), dí y
recibí Grupo de Alivio de Presiones, y formé parte de Intergrupo. El esfuerzo
que he puesto en mi programa ha hecho que retornara la serenidad, la
autoestima y el amor propio.
En D.A. continúo aprendiendo que tengo necesidades, y que todas ellas
merecen ser conocidas. Al haber crecido en una familia de deudores, las
necesidades no eran escuchadas. Como deudor que vive con SIDA, enfatizo
con SIDA, tengo muchas necesidades. Cuando esta enfermedad me hace sentir
mal, mi primer instinto es acaparar todos mis recursos y encerrarme. He
probado suficiente abundancia como para no permanecer de esta manera por
mucho tiempo, por lo tanto, uso las herramientas de D.A. Esto es un milagrosalir
de la inmovilidad, del encierro, que era como yo vivía las 24 horas del
día, antes de llegar a D.A.
Con los Doce Pasos y los principios de D.A., con la ayuda de sus miembros,
he mantenido mi seguro de salud, permanecido solvente, aún a pesar de ias
cuentas de los medicamentos y recibí apoyo físico y emocional. Me siento
amado y apoyado por mi Poder Superior, todas mis necesidades están siendo
conocidas. Estoy en condiciones de abrir, diariamente, mi correspondencia.
Tengo una relación amorosa con el deudor que me hizo el Paso Doce, ya
celebramos nuestro sexto aniversario. Pago semanalmente las cuentas a mi
terapeuta y puedo seguir con las visitas al mismo.
Mi recuperación no es perfecta, aunque me gustaría que lo fuera. Mi terapeuta
me llama “pequeño Ghandi”. ¡Bravo! ¡Lo conseguí!. Hace dos años que no
tengo un padrino formal, no he completado ningunos de mis Planes de Acción,
no he sido tesorero, pero todo está bien. Soy lo que puedo ser.
Esto es para los recién llegados a D.A.: Espero haberles dado un mensaje de
esperanza. A través de D.A., he aprendido que no hay miembro alguno sin
esperanza yo soy una prueba de ello.
Cuando llegué a D.A., no tenía dinero suficiente para comprar un regalo. Al
celebrar mi cuarto año en D.A., hice una lista de obsequios que voy a comprar
(mi nombre figura en el primer lugar), y estamos organizando una fiesta para
Navidad, la cual está dentro del plan de gastos de cada uno. El mejor regalo,
de cada diciembre, es el hecho de ser miembro de D.A.
Nota del editor. Este miembro falleció el 4 de diciembre de 1992.
CUIDÁNDOME A Mí MISMO
Aunque las tempranas experiencias familiares le enseñaron el sentido de la
vergüenza, aprendió a valorarse en D.A.
Como miembro en recuperación de D.A., desde hace más de cinco años, tengo
bien claro lo que significa ocuparse de uno mismo. En D.A., he aprendido a
atravesar las diversas manifestaciones de la enfermedad y a identificarme con
otras. Aunque mi historia es simple, esta también revela formas de
manifestación de la enfermedad de la deuda compulsiva.
Mi primera deuda fue hacia mis padres, y esto sucedió cuando tenía siete u
ocho años de edad. Me habían dado el dinero para comprar los útiles
escolares. Pero, como chico que era, lo que realmente quería, era comprar
tarjetas de béisbol. Cuando comenzaron las clases, ya no tenía el dinero para
los lápices y cuadernos.
Hice un acuerdo con mi madre que, en lugar de recibir mi paga por secar los
platos, ese dinero sería usado para saldar mi deuda. Aún recuerdo la vergüenza
y el miedo que sentí de no poder pagar esa suma.
Años más tarde, llegué a ver que tenía muy corta edad, para en ese entonces,
comprender la lección, acerca del dinero, que mis padres quisieron darme. En
cambio, lo que me dejó como experiencia, fue que yo era incapaz de manejar
dinero o solventarme a mí mismo.
Aunque crecí dentro de una familia de clase media, y no me faltó nada, vivía
con miedo a no poder generar ingresos.
A pesar de mis miedos de no considerarme capaz de cuidarme a mí mismo,
adquirí una profesión y una carrera dentro del servicio civil. Al haber crecido
en Nueva York, no me resultó difícil trasladarme, primero a Washington, y
luego a San Francisco.
Comencé a tener tarjetas de crédito, llegando en cada una de ellas al límite del
crédito. Entraba en pánico y enfocaba todos mis esfuerzos en pagar, tan pronto
me fuera posible, para evitar la vergüenza que pasé en mi niñez. De acuerdo a
esto, puse las necesidades de mis acreedores delante de las mías, reforzando la
idea que yo necesitaba pagar para ser un ser humano aceptable.
Hace más de diez años, concurrí a mi primera reunión en D.A. Estaba ganando
más dinero del que alguna vez había tenido. Sin embargo, el dinero se
desvanecía, rápidamente, cada semana. Hace poco retomé a San Francisco
luego de haber asistido a una boda en la Costa Este. Todos los gastos que este
viaje me generó, fueron cargados a mi tarjeta de crédito, dado que yo carecía
de dinero en efectivo. Poco tiempo después de haberme mudado a San
Francisco, me había comprado un pequeño auto usado, habiendo dejado todos
los detalles de financiación y pago en manos del vendedor. Tenía un
conocimiento muy vago respecto a pago de préstamos y a lo concerniente a
seguros, y dado que en mis planes no había figurado la compra de un auto, no
tenía fondos como para enfrentar la situación. Me encontré a mí mismo
pagando el alquiler de la vivienda y el de una cochera.
Con la idea de enfrentar estos gastos no planeados, usé el dinero que tenía
para el pago de los impuestos. No tenía idea que haría cuando llegara el
momento de pagarlos.
Al momento de llegar a D.A., había limpiado otras áreas de mi vida en otros
programas de Doce Pasos. Sabía que los Pasos funcionaban, pero no sabía
como aplicarlos a mis problemas de dinero. Lo que sí sabía era que no podía
controlar mi situación. Mis deudas eran relativamente pequeñas comparadas
con algunas de las historias que había escuchado en mis primeras reuniones,
pero ellas eran más de lo que yo podía manejar por mí mismo.
Asistí a reuniones, escuchaba y le contaba a los miembros de D.A. lo que
estaba sucediendo conmigo. A pesar de mis miedos de revelar a otros mi
situación financiera, pronto me uní a un Grupo de Alivio de Presiones. Mis
previas dificultades monetarias y mi contacto en Washington con algunos
miembros de D.A., habían motivado el comienzo de un registro de mis gastos.
Mi Grupo de Alivio de Presiones me mostró que tenía opciones para llegar a
conocer mis necesidades. Ellos me aseguraron que, si yo quería, podía
conservar mi auto. Trabajaron conmigo mientras buscaba un nuevo
departamento que cubriera mejor mis necesidades y costara menos del que
tenía. Ellos estuvieron a mi lado hasta que clarifique mi situación impositiva.
El trabajo que tenía en San Francisco no era conveniente para mí. Después de
haber trabajado el Tercer Paso, solicité y obtuve un cambio de labor, sin que
mi sueldo disminuyera.
Mi recuperación en D.A. me ayudó a formar y mantener una valorable
relación amorosa con alguien que también ingresó a D.A. (y cuya historia
también aparece en estas páginas). Al escribir estas palabras, estoy de duelo
por su muerte ocurrida hace muy pocas semanas. Gracias a este programa que
funcionó en la vida de ambos, pudimos compartir un hogar maravilloso
durante los dos últimos años de su vida. Cada uno de nosotros, con la ayuda y
el aporte de nuestro programa, pudo planear vacaciones, pagarlas totalmente
en efectivo, sin privarnos de otras cosas.
Gracias a D.A., él tuvo adecuada asistencia médica, y después de su muerte no
hubo crisis financiera. Es un signo positivo de mi recuperación el hecho de
que yo hubiera podido proveer apoyo financiero si esto hubiera sido necesario.
Además, durante el proceso que lo llevó a la muerte, fue importante que yo
llegara a conocer mis necesidades. Usé todos los recursos que conocí a través
de mi recuperación para pedir ayuda, tomando tiempo para mi recreación y
diversión, de tal modo que yo pudiera estar emocionalmente en condiciones
para él y para mí mismo.
Es duro concebir que haya algo más doloroso que la pérdida de un ser querido
a causa de una enfermedad terminal. Yo también estoy en riesgo a causa del
Sida, y este hecho es una parte importante de mi programa en D.A.. Esto
significa, que el cuidado de la salud es una prioridad importante en mi plan de
gastos- mi bienestar físico, emocional y espiritual ocupan el primer lugar en
mi vida. Esto también me da la humildad que necesito para vivir un día a la
vez. He pagado las deudas que me llevaron a Deudores Anónimos. Hasta mi
préstamo automotor fue saldado. El dinero que mi Poder Superior trae a mi
vida es mío y es para usarlo en lo que yo creo que es lo correcto- conocer mis
necesidades y muchos de mis deseos, contribuir a causas que me importan, y
guardar para mí mismo una reserva prudente.
Cuando miro al futuro, sé que mi continuo bienestar depende de mi
disposición a continuar en el logro del amor y del apoyo. Lo primero y más
importante, es que debo pedirle ayuda a mi Poder Superior. Ese apoyo
espiritual es, después de todo, la base del programa de DA.. Además, siempre
tengo a mis amigos en D.A. y todos los recursos los cuales, ahora soy capaz de
creer que me lo merezco. Soy una persona valiosa

PUENTES A CRUZAR Y MUNDOS A CONQUISTAR
Al principio, comprar era seguro, pero eso le condujo a la ansiedad, al vacío y,
eventualmente, a D.A.
Hay una historia detrás de cada historia. La mía comienza en Los Angeles,
Califomia. Puedo recordar que tenía cinco años y estaba rodeada de escenas
de carencia, pobreza y aislamiento. El dinero siempre fue un ítem en mi
familia. Nunca había dinero y siempre había necesidades. Esto creó en mí tal
ansiedad y presión que mi primer alivio llegó a través de la compra y en el
hecho de estar a solas conmigo misma. Era una niña melancólica, creativa y
bastante introvertida que emergía cuando podía aparecer como divertida y
feliz entre la gente. La dualidad había nacido.
Iba y venía a través de los pasillos de un negocio con mi dinero encerrado en
mi mano- Tomaba mercadería y jugaba un juego en mi cabeza-. ¿qué puedo
llegar a sentir si compro esta cosa en particular? Abrir y cerrar mi mente se
convirtió en una forma de vida. En un momento dado, otra forma de anestesia
incluía viejas películas y la lectura. Como estudiante siempre me las ingenié o
para hacer pequeñas compras a través del cuidado de niños, trabajos odiosos
para los miembros de la familia, llenando sifones y haciéndome amiga con
chicos que tenían más que yo. Ellos eran, y siempre serían, una fuente de
generosidad.
Al llegar a la escuela secundaria, tenía un empleo en una tienda de ropas.
Nunca llegué a depositar mi paga en el banco. La atracción de comprar, gastar
y una conducta compulsiva- obsesiva fue un vehículo poderoso que
permaneció así durante años. Mejorar mi aspecto exterior fue mi última
obsesión. Es decir, ropas, accesorios, zapatos; me estaba convirtiendo en una
víctima de la elegancia.
Me casé con un hombre exitoso, con dinero y prestigio. Fue maravilloso
conquistar un país, un estado, una ciudad. Este tiempo y este lugar estaban
regidos por los colores verde y dorado: es decir, el anverso y reverso de una
tarjeta de crédito. Durante mi matrimonio tuve dos hijos y me gradué como
diseñadora de interiores. A raíz del conocimiento adquirido, me convertí en
una artífice del buen gusto. Mi guardarropa estaba coordinado respecto al
color en forma perfecta. La niña que llevaba dentro sus recuerdos de
carencias, se manifestaba no quitando de muchas prendas las etiquetas con los
precios.
Durante el camino al éxito, nos mudamos veintidós veces en ocho estados
diferentes. La única cosa consistente en mi vida era comprar. También adquirí
como hobbies: coleccionar miniaturas, pinturas, muñecas, teteras,
calidoscopios, varilla, libros, solo por nombrar unos pocos.
La ironía del hobby como hábito era que “más no era suficiente”. Cada
categoría cautivaba mi mente, mi alma, mi cuerpo. A medida que crecía la
duda, crecía la vergüenza y el remordimiento. El resultado final siempre me
conducía al pánico, al miedo, a la inseguridad, mientras trataba de salir del
círculo de la deuda.
Si no hubiera sido por mi caída hacia la deuda, no hubiera encontrado a
Deudores Anónimos. Cuando llegué a D.A., llevaba diez años en otro
programa de Doce Pasos. Para mí, esta enfermedad ha pintado siempre una
pintura perfecta de la desesperanza y la desesperación. He aprendido a amar la
idea que lleva lo que lleva a alcanzar el fondo. El fondo o el final de este
túnel, se convierte en un amigo verdadero, leal y confiable. Tocar fondo,
cualquiera sea la enfermedad, es esencial. Llegar a este punto, nos abre las
puertas hacia el amor de un Poder Superior, con el cual me tiende sus manos.
Esas manos que me permiten levantarme de caídas en algunas ocasiones, que
cada vez que toco fondo, me ayudan a salir del pozo. El proceso de salir de la
deuda, me ha permitido tomarme tiempo para curar las heridas, maguilones en
que incurrí mientras la enfermedad estuvo activa.
He recibido una visión concerniente a mi recuperación en D.A. La visión es
que el artista más grandioso solo pinta una pintura a la vez. El artista tiene que
emplear los elementos y principios del diseño, para así obtener una pintura
valiosa. Algunos de los elementos son, la armonía, la consistencia, el espacio,
el volumen, la textura y la luz, solo por nombrar a unos pocos. Es necesario
buscar una vida espiritual para convertir en efectivo el negocio de vivir. Nadie
puede ocupar mi rol en la vida. Yo tengo que levantar las pinturas y los
pinceles con mis propias manos y usar las telas que me fueron dadas. En mi
recuperación, he rogado tener coraje para sostener cada fragmento de mí
misma, y disfrutar cada pequeño progreso que llega a mi banco espiritual.
Mirar hacia atrás o renunciar no es una opción. Esta enfermedad me dice que,
dado que, no soy perfecta en mi programa de acción, no tengo éxito en mi
recuperación. En lugar de escuchar a la enfermedad, me mantengo en la idea
que una vez que el pincel comenzó a deslizarse sobre la tela, el resultado es
excelente. Literalmente, esto significa que lo hice lo mejor que podía.
La enfermedad es poderosa. Mi Poder Superior me ha dado las herramientas
para prevalecer. Hoy, agradezco estar en recuperación activa, con la libertad y
la habilidad de pintar los puentes para cruzar y los mundos para conquistar.
SALVADO POR UN PODER SUPERIOR MAS GRANDIOSO QUE YO.
Este miembro cambió una carrera de deudas por una gradual educación
gratuita.
Crecí dentro de una familia de clase media que no parecía ser diferente a otras
familias que conocía. No hablábamos mucho acerca del dinero. Nunca tuve
conocimiento ni tampoco desarrollé una idea buena de la relación entre
ingresos y gastos.
Recuerdo que mis padres usaban muchísimo las tarjetas de créditopara
cualquier cosa incluyendo compras en grandes tiendas, gasolina y
restaurantes. Naturalmente asumí la idea del que el uso del dinero plástico
formaba parte de la vida de un adulto. Sabía muy poco de cómo esa actitud me
conduciría a la deuda compulsiva de la cual nunca tuve control.
A la edad de 17 años comencé con el crédito, cuando aún no era lo
suficientemente adulta como para ser responsable legal de mi deuda. Cuando
cumplí 20 años, tenía por lo menos media docena de tarjetas de crédito de
distintos locales comerciales y bancos y cientos de dólares en deuda. Yo
amaba, realmente, lo que yo creía que era el sentimiento de sentirme adulto a
través del uso del crédito. También, fue una forma simpática de decirle al
mundo que yo merecía respeto, lo cual era importante dado que, mi autoestima
era baja.
Por ejemplo, habitualmente viajaba usando jeans viejos, una camisa de franela
y una vieja mochila. Mi barba era oscura y desprotija y mi cabello cubría mi
cuello. Mi aspecto oscilaba entre un hippie y un delincuente, y así me
mostraba en aeropuertos y estaciones de trenes, pagando mi boleto con tarjeta
de crédito. Era una forma de decir- “¡Ustedes pueden pensar que soy un
vagabundo, pero será mejor que me respeten dado mi status!”
Cuando me gradué conseguí un empleo, y me ofrecieron más tarjetas de
crédito, las cuales, por supuesto, las acepté. Las usé para comprar muebles y
alimentos, vestimenta y para el alquiler de autos. Después de seis meses,
pensaba que no había razón alguna para preocuparme acerca de la deuda. La
inflación era de dos dígitos, y yo estaba convencido que mis ingresos
seguirían aumentando.
Dos años más tarde, tenía cinco tarjetas de crédito bancarias, diversas tarjetas
de grandes establecimientos y un auto nuevo que había comprado, por
supuesto, a través de un adelanto de dinero de una tarjeta de crédito.
Compraba por impulso, especialmente en las liquidaciones. Nada era
planeado, y nunca compraba nada que costara más que la suma del crédito
disponible en mis tarjetas de crédito. Nunca tomé unas vacaciones agradables,
ni pude ver el mundo, ni regalarme a mí mismo otras cosas realmente lindas
que hubieran tenido que ser planeadas.
Lo que me salvaba en aquellos años era que aunque llegaba a los límites de
alguna tarjeta, otro acreedor me ofrecía otra nueva tarjeta de crédito o una
línea de crédito. Los bancos deberían haberse dado cuenta que yo había
llegado al límite y no aprobar nuevas tarjetas de crédito. Me di cuenta de esto
seis años antes de descubrir a Deudores Anónimos. Consulté a un consejero
crediticio. El consejero no entendía cual era el problema. Yo tenía ingresos
altos, un empleo estable. El consejero confeccionó un presupuesto para mí.
¡Oh, parecía todo tan fácil!
Mi cuenta bancaria nunca reflejaba de cuanto dinero disponía, porque nunca
sabía cuánto dinero me pedirían los acreedores cuando llegaban las cuentas a
fin de mes. Dado que a menudo excedía los límites crediticios, la suma total
que sobrepasaba el límite debía ser pagada. Pedía prestado a una tarjeta para
pagar otra. También amaba las ofertas de algunos locales comerciales que
decían cosas como. “Comience a pagar seis meses después o pague a los 90
días con el precio de contado”.
Hacía cosas peores para mí mismo poniendo los intereses de los demás delante
de los míos. Mi exagerada generosidad -hacia los demás abarcaba tanto a mis
amigos como a mi familia. Recuerdo que para una Navidad, empeñé mi
estéreo para comprar regalos para otros.
Más adelante, las cosas empeoraron. Perdí mi empleo y en la misma época me
casé. A mi esposa no le importaba que, por un tiempo, no tuviera ingresos, y
probablemente su aceptación a mi situación no me permitió ver las cosas que
tendría que haber hecho para consolidar nuestra relación. Creo, que en mi
subconsciente esperaba que una relación pudiera reemplazar mi casi no
existente autoestima.
Tuve otros dos consejeros que fracasaron en su intención de encontrar
solución. Todavía faltaban cuatro años para que ingresara a Deudores
Anónimos. Realmente el consejero no tenían idea de que esta enfermedad
tenía muy poco que ver con el dinero. Sinceramen
te, trataba de seguir sus sugerencias y su presupuesto sumamente restrictivo.
La privación nunca permite comprar ropa o comer afuera.
Estaba trabajando intensamente en un empleo bien pago. Mi modelo, tantas
veces repetido era mantener el presupuesto por unos pocos meses, para luego
hacerlo desaparecer en un gasto masivo no planeado.
¡Ni así cambié mi modo de actuar! Más o menos para esta época mi esposa y
yo compramos un condominio sin poseer el dinero suficiente, hasta nos
tuvieron que prestar el dinero para los gastos de escritura.
Eventualmente, mi matrimonio se rompió y los gastos se acumularon –
abogados, gastos judiciales, expensas sobre una vivienda temporaria. Lo
bueno de todo esto es que ingresé en un programa de Doce Pasos para que me
ayudara en mi relación con los demás. No tenía vivienda, pasaba del living de
un amigo al cuarto de servicio de otro amigo.
Un día, estaba en una librería y vi un folleto con información acerca de
diferentes programas de Doce Pasos. Leí sobre todo tipo de hermandades que
ayudan a la gente a tratar la impotencia sobre los distintos aspectos de la vida –
el juego, las drogas, la gula, las emociones, las amistades, el sexo. El Paso
Doce sugiere practicar estos principios en todos nuestros asuntos, cosa que
debiera ser tomada con seriedad dado la variedad de asuntos en los cuales la
gente parece estar usando los principios. Cada página tenía diversos párrafos
acerca de cada hermandad en particular, incluyendo información sobre
teléfonos y direcciones.
Llegué a una página casi vacía, todo lo que decía era “Deudores Anónimos” y
un número de teléfono. No tenía la menor idea de lo que esto significaba, pero
sabía que nada había funcionado para parar mis gastos y mis deudas, y estaba
dispuesto a intentar cualquier cosa.
Anoté el número de teléfono y llamé tan pronto llegué a casa. Pocos días más
tarde, me llamó un miembro de D.A. y me dijo dónde y cuándo había
reuniones cercanas a mi domicilio. Asistí a mi primera reunión. Esto sucedió
hace más de seis años.
Me dijeron que tenía que hacer tres cosas. Primero, debía dejar de incurrir en
deudas adicionales inseguras. Para mí, eso significaba no usar más tarjetas de
crédito.
Bueno, esto lo había hecho por breves períodos de tiempo en el pasado, sin
problema alguno – mantener esa abstinencia por largo tiempo era el problema.
A pesar de esto, acepté esta primera sugerencia. Segundo, debía concurrir a
seis reuniones en dos semanas. Tuve suerte de que hubiera cuatro reuniones
semanales no muy lejos de mi domicilio, para lo cual utilizaba la línea del
subterráneo.
La tercer cosa era el gran problema. Me dijeron que registrara cada centavo
que gastaba y cada centavo que ganaba. Había conocido gente que hacía esto,
y pensaba que ellos ejercían un control obsesivo. Ni deseaba, ni tenía interés
en conocer cada detalle acerca de cómo gastaba el dinero. Años más tarde,
pude ver que mi deseo real era mantener la vaguedad sobre el estado de mis
finanzas. No obstante, decidí intentarlo. Había consultado a cuatro consejeros
crediticios y supe que no podía manejar este problema por mí mismo. Todo
esto surge a mi memoria cuando comparto reuniones con recién llegados, y
veo que se resisten a usar las herramientas del programa, y recuerdo que
muchos de nosotros debemos intentar todos los caminos posibles antes de
llegar a admitir nuestra impotencia. Yo lo había intentado antes de llegar a
Deudores Anónimos. Si hubiera descubierto a Deudores Anónimos seis años
antes, no sé si hubiera estado dispuesto a seguir el programa.
Quizás, para mí, más importante aún que la admisión de mi propia impotencia,
era que había conocido personas que parecían haber solucionado sus
problemas con el dinero a través de D.A. ¡Quedé sorprendido al ver como
mucha gente tomaban vacaciones – y a veces no en lugares muy cercanos a sus
hogares! Una persona está por partir hacia Río de Janeiro. Otra estaba por
realizar un crucero por el Caribe. Una estaba en Japón, otra se iba a Hong
Kong. ¡Y todos ellos pagaban en efectivo! Cuando ellos compartieron lo que
habían estado haciendo, financieramente, antes de llegar a D.A., no lo podía
creer. Rápidamente, estuve dispuesto a actuar para ver si el poder de este
programa podría ayudarme, aún cuando esto sucedió tiempo antes de que
realmente lo creyera.
Dos meses más tarde, tuve mi primer Grupo de Alivio de Presiones. Había
registrado mis ingresos y egresos en mi computadora. Había una buena y una
mala razón para hacer esto. La buena es que trato sabotearme a mí mismo con
errores matemáticos – ¡Y yo estoy graduado en Matemática Aplicada!
La razón mala es que obtuve un sentido de poder y control sobre los números
a través del uso de la computadora. La verdad es, que los números registrados,
tanto ingresos como egresos, no están allí para controlar mi vida o
manipulearme. Los números son sólo eso: números. Ellos son la demostración
de la verdad en lo referente en como se desarrolló la parte financiera en un
período determinado de tiempo. Los planes de gastos que hice con la ayuda de
mis Grupos de Alivio de Presiones son una mirada anticipada hacia mis
valores, y los registros de mis gastos son una mirada retrospectiva- Cuando los
gastos reales difieren bastante de lo que había planeado, eso significa que algo
está fuera de control o que no estoy diciendo la verdad al dar mi estimación.
Lo que necesito es mirar el porque y el cómo mis gastos reales difieren de mi
plan, y así poder corregir la situación en el futuro.
De todos modos, llevé mis hojas impresas a través de la computadora a mi
primera Reunión de Alivio de Presiones y los dos miembros de mi Grupo de
Alivio de Presiones ¡no quisieron mirarlas! Dijeron que yo prestaba demasiada
atención a los números y no la suficiente a la parte espiritual de programa y de
la vida. Estuve conversando con ellos durante un largo tiempo acerca de lo
que yo, realmente deseaba en la vida. Tiempo después, me hicieron hacer una
lista de cosas que deseaba para mí mismo. En ese punto, la mayoría de las
cosas eran posesiones materiales u oportunidades de viajes, dado que había
sentido la privación durante largo tiempo. Las más grandes eran poseer un
lugar propio, vivir en un buen edificio y realizar un viaje a Arizona, para ver
el Gran Cañón. Tiempo después, aprendí que esos eran ejemplos de lo que en,
Deudores Anónimos llaman visiones.
En mi primera reunión de Alivio de Presiones me dijeron que sería
conveniente, que dejara de comprar cosas en liquidación. Las liquidaciones
alientan al gasto compulsivo. Sucedió una cosa sorprendente. Ya no quería ir
nunca más a las liquidaciones. Estaba más interesado en conseguir las cosas
que estaban en el listado de visiones que en cualquier liquidación. Por primera
vez, tenía la sensación de que podía llegar a conseguir algo.
También me dijeron que cesara de dar tanto a los demás. Dar es importante en
D.A. – es importante sentir la suficiente prosperidad que puedo compartir con
los demás. Sin embargo, lo que yo estaba dando era a expensas de mí mismo.
En mi opinión, uno de los principios de este programa, es que hay siempre
suficiente, y que siempre habrá lo suficiente. Mi plan de gastos, desarrollado
con mi Grupo de Alivio de Presiones a través de la inspiración de un Poder
Más Grande Que Yo, refleja lo que yo necesito y deseo en este momento.
Puedo compartir algo de mi prosperidad – tanto en tiempo como dinero – con
los demás, pero no a expensas de yo mismo. Esa es una razón por la cual
pongo mi contribución en la canasta cada vez que la pasan en las reuniones y
porqué continuo haciendo servicio en mi hermandad. También contribuyo con
tiempo y dinero a mi parroquia y, ocasionalmente a los candidatos políticos
que apoyo.
He apadrinado y he hecho Grupo de Alivio de Presiones para personas que lo
necesitaran. Esto incluye a miembros que no tiene hogar o que han recibido
asistencia pública como así también como miembros con ingresos de seis
dígitos. He conocido miembros con grandes problemas a causa de sus deudas.
Cualquiera haya sido mis problemas puede haber alguien cuyo problema,
aunque diferente al mío, aparezca como más imposible de ser tratado. Luego
de dos años de haber ingresado a D.A., he tomado vacaciones. Compré un
departamento con una linda vista exterior, cerca del subterráneo. He
comenzado a disfrutar algo de la prosperidad que es posible, aunque todavía
tengo algunas deudas. Después del primer año de haber ingresado a D.A.,
comencé a pensar acerca de un estilo de vida. Por ejemplo, ¿era la carrera mi
fuente de ingresos que realmente me recompensabas Un año y medio después
de haber ingresado a D.A., me puse a trabajar seriamente con los Pasos. Fui
voluntario en la oficina en ocasión de un festival, monitoreando un teléfono al
cual nunca nadie llamó.
Continuaba con los resentimientos y miedos descriptos en el Gran Libro.
Surgieron montones de resentimientos dirigidos a antiguos empleadores, hacia
las escuelas a las cuales había asistido, hacia la gente que me había prestado
dinero, hacia mí. También aparecieron los miedos a la incertidumbre
financiera. Realmente quería tener un ingreso fijo, en lo que yo creía que eran
empleos bien pagos. Sin embargo había sacrificado mucho en nombre de la
seguridad.
Lo que había descubierto era algo que había conocido durante largo tiempo
pero que nunca me lo había admitido a mí mismo. Luego de compartir con
mis compañeros de D.A., ellos me alentaron a seguir mi sueño. Yo quería
inscribirme en una escuela de graduación de tiempo completo – dando un paso
a la vez y dejando mis resultados a mi Poder Superior.
Me puse en contacto con un antiguo profesor que me ofreció ayuda. Llené la
solicitud de ingreso y rendí el examen en un salón lleno de gente diez años
más joven que yo – dejando las respuestas en manos de Mi Poder Superior – y
lo hice muy bien. Me presenté para admisión y fui aceptado. Me matriculé,
pero quizás lo más importante sea que D.A. me dio la autoestima para entrar a
un programa académico que era un desafío y sentí que merecía tener éxito.
Concurría a las clases sin sentirme intimidado. Rendía exámenes teniendo la
esperanza de hacerlo bien.
Vendí mi pequeña vivienda con una módica ganancia y me mudé a otra
ciudad. En dicha ciudad sólo había una reunión de Deudores Anónimos.
Apoyé la idea de que el programa merecía ser conocido por más personas y
confié en Mi Poder Superior para que así fuera. Hoy, cuatro años más tarde,
hay nueve reuniones de DA. en el área metropolitana donde asisto a la
escuela. Me casé y esto hizo que me comprometiera aún más a trabajar en el
programa de D.A.. Con mi esposa planeamos y tuvimos una hermosa boda y
una deliciosa luna de miel con la ayuda de nuestro Grupo de Alivio de
Presiones y del Poder Superior. Todavía tengo deudas.
Parte del punto es que la vida no tiene que parar hasta que la deuda no sea
saldada. Deudores Anónimos es acerca de vivir la vida prósperamente un día a
la vez, más allá de cualquier situación financiera. Saldé mis deudas después de
haber estado cuatro años en D.A.. Mi plan de gastos cambió, pero no mi
serenidad. Esto es porque a través de Deudores Anónimos había aprendido
que mi prosperidad, serenidad y espiritualidad eran una demostración de lo
bien que había trabajado los pasos. Y esto ha continuado a través de
figuraciones y problemas más recientes: enfermedad y muerte de mi madre,
los exámenes y el cambio de consejeros. Mi concepto de Dios, mi Poder
Superior continúan cambiando. Más allá de cómo lo defina, mi Poder Superior
todavía parece funcionar para mí y para cualquier persona que conozco que
trabaje el programa.
Hoy estoy en el cuarto año de mi escuela de graduación. Estoy viviendo más
prósperamente. La prosperidad material de este programa es sólo una pequeña
pone de la recuperación.
A través de Deudores Anónimos puedo manejar cualquier situación, cualquier
problema. Sé que con la ayuda de mi Poder Superior y los miembros de D.A.,
no hay situación en el mundo que no pueda ser manejada en algunas de las
formas que conozco. Este sentido de seguridad no es algo del cual pueda ser
despojado por alguien. No depende de mi balance bancario, de mis
empleadores o de cualquier otra persona que no sea yo. Puedo tomar los
riesgos que alguna vez creí que no eran posibles. Aún cuando las cosas no me
salen bien, puedo trabajar el décimo Paso, despojarme de la confusión que
tenga y de redescubrir inmediatamente la paz y la serenidad de este programa.
Honestamente, puedo decir que este programa es más valioso que cualquier
suma de dinero en el mundo.
EL VESTIDO CUBIERTO DE DIAMANTES
Este miembro necesitaba saber si ella podía confiar en Dios, por lo tanto, le
tomaba examen una otra vez. En D.A. descubrió que Dios la ayudaba a creer
en sí misma.
Soy la menor de cuatro hermanos. Mi padre tenía problemas con el alcohol.
Su conducta compulsiva se extendía diversas áreas- gastos, deudas y
sobrealimentación. Recuerdo a mi madre quejarse por la forma en que mi
padre gastaba el dinero. Ella pagaba las deudas que él contraía, pero
inmediatamente él volvía a endeudarse.
Aparentemente, nosotros aparecíamos como una familia normal para el mundo
exterior. Teníamos una elevada educación, vivíamos en Hawai, en una
hermosa casa frente a la playa, la cual tenía 17 dormitorios y 4 baños. Mis
padres eran bien conocidos entre la gente de la comunidad. Estando mi padre
en la cúspide de su carrera alcohólica era Presidente de una Organización
Nacional, Diácono y Cofundador de nuestra Iglesia, además de ser un
comerciante exitoso. Mi madre también era una profesional exitosa. Sin
embargo, nuestra familia estaba enferma. Llegó un momento en que mi padre
tenía necesidad de beber las 24 horas del día. Abusaba constantemente,
verbalmente de sus hijos. La carrera exitosa y en ascenso de mi madre era la
causa de que permaneciera lejos del hogar por mucho tiempo, bajo la promesa
de mi padre de no beber en su ausencia. Hasta lo que yo recuerdo, él estaba
ebrio cada vez que ella se ausentaba.
Un sábado, nos despertamos a las 8 de la mañana y encontramos a mi padre
alcoholizado. Esa mañana mi madre le dio a elegir- o dejaba de beber o dejaba
la casa. Recuerdo que entré en el lívingroom y le dije a mi padre que él tenía
que hacer una elección- la familia o la botella. Pude ver que él era impotente
ante el alcohol y que estaba enfermo. Él tenía que pedir ayuda.
Era una niña, carecía de sentimientos, calidez, confort, seguridad y de un amor
incondicional. A una temprana edad aprendí que no era seguro compartir mis
sentimientos. Al llegar a los 6 años, encontré confort en tomar cosas que no
me pertenecían: robaba. Cuando salíamos de viaje o visitábamos amigos,
robaba cosas de las mesas y de las estanterías. Yo sólo quería tener esas cosas
lindas.
Me sentía sola a causa de la privación emocional en mi familia y no había
nadie con quien hablar. Decidí probar a Dios para ver si ÉL realmente existía
y era el Ser grandioso y omnipotente del cual hablaba la Iglesia. Le pedí una
señal de Su Existencia. Tenía que ser algo que no me dejara duda en mi mente
de niña de seis años. Pedí un vestido cubierto de diamantes.
Unas pocas semanas más tarde fuimos a Chicago. Estábamos cenando con mis
padres y amigos, cuando la dueña de casa me dijo: “tengo algo para darte que
estoy segura te va a gustar”. Dejó el salón, retornando a la brevedad con un
vestido completamente cubierto con “diamantes”. Su hija era campeona
olímpica de patinaje sobre hielo, y este vestido había sido el usado para la
competencia. Era un vestido corto, pero para mi edad, pasaba a ser un vestido
largo.
Cuando tenía seis años sucedió algo crítico. Lo que pasó lo suprimí de mi
memoria hasta la edad adulta. Este incidente me puso en total coincidencia
con mi padre: yo no merecía respeto. Fue entonces cuando me comprometí yo
misma con la privación, en la creencia de que no merecía la abundancia en mi
vida. Recuerdo que una vez un hombre intentó tener relaciones sexuales
conmigo. Corrí hacia mi padre buscando protección. En lugar de protección
me encontré con un interrogatorio desagradable y con su enojo. Me sentí tan
avergonzada que creí que mi padre tenía razón. Yo no era digna de nada
bueno. Nunca se volvió a hablar de este incidente en los días sucesivos.
Muy poco tiempo después milagrosamente, mi padre ingresó a Alcohólicos
Anónimos. Nos mudamos a un departamento de tres pequeños dormitorios,
dejando atrás una vida confortable para tener una vida espiritual. Apelo a esto
como una elección entre un estilo de vida de alto nivel en la casa de la playa y
la recuperación de mi padre. Ésta era una conexión lógica entre la vida
ostentosa que teníamos y la causa del alcoholismo de mi padre, lo cual había
devastado mi vida. Estaba dispuesta a asistir con mi padre a reuniones abiertas
de A.A. y escucharlo cuando contaba su historia. La privación me llevaba a
sentir un alto orgullo y a ver cómo podía sobrevivir y lucir bien.
En la década del ’70 la inflación se había instalado. Comencé a obtener tarjetas
de crédito. Descubrí que una persona tenía 90 días antes que la compañía la
amenazara con enviarle los cobradores de dinero. Pagaba el mínimo de una
con el efectivo adelantado que sacaba de otra, así tenía más tiempo para pagar
de mi propio bolsillo. Actuaba de esta manera a causa de la privación y la
ansiedad que había llenado mi vida. Buscaba una forma de escape. Hice
cualquier cosa para ponerme de manifiesto mi enorme desconformismo: sexo,
drogas, comida, alcohol, viajes a Europa, terapia. Intenté de todas las formas
posibles que surgieron en mi mente, pero no funcionó. Todo esto costó dinero
y estaba preocupada de cómo iba a ser para pagar esas deudas.
Mi desenvolvimiento en el trabajo comenzó a fallar. Me alejé del mismo y del
área. Mi madre o mi novio pagaban las deudas. En poco tiempo las tarjetas de
crédito llegaban a sus límites nuevamente. En 1.984, toqué fondo. Una vez
más me mudaba, una vez más había una relación abusiva emocionalmente,
una vez más mi pasado afectaba mi trabajo y mis relaciones. Al quedarme sin
trabajo, volví a Dios para ponerlo a prueba nuevamente. Si ÉL era
verdaderamente un Dios abundante, ÉL me iba a proveer más allá de que yo
no tenia ingresos a la vista. Estaba segura que acontecimientos inesperados me
iban a traer el dinero inmediatamente. Decidí continuar para alcanzar la fuente
espiritual y me comprometí a ir a reuniones. El tema de mi primera reunión
fue “rendición”. Recuerdo que alguien dijo que intentó tener un contacto
consciente con Dios durante la meditación y lo que experimentó fue oscuridad
y silencio. Le pidió a Dios que, por favor, hablara en voz alta. Durante ese día
escuchó una voz clara que le decía: “Quédate tranquila respecto a esto”,
refiriéndose a su situación financiera.
Me retiré de la reunión sintiéndome bien. Camino a casa, me detuve a cargar
nafta. Mientras me llenaban el tanque, vi dos billetes de lotería al lado de mis
pies. Esto me sorprendió. ¿Sería una señal de Dios? Cerré mis ojos para
meditar y le pregunté a Dios”: ¿Se supone que tengo que comprar un billete de
lotería?” Inmediatamente, surgió el número tres en mi mente. Pregunté-
¿”Cuántos compro?” Nuevamente, un gran número tres surgió en mi mente.
Bueno, el tercer billete que compré fue significativo, el premio era varias
veces millonario. Ahora, estaba lista para rendirme. Con tanto dinero enfrente
de mis narices, estaba lista para hacer cualquier cosa que mi programa
espiritual me sugiriera. Sabía que tenía que permanecer en contacto con mi
Poder Superior. Hice todo lo que me sugirieron. Elegi una madrina, trabajé en
los Pasos, leí literatura y fui a las reuniones.
Mientras estaba esperando el resultado del sorteo, me ofrecieron un trabajo
que, realmente, me gustaba, pero tendría que viajar en avión para realizar el
entrenamiento. Todos mis gastos serían cubiertos a mi arribo al lugar Pero yo
no tenía el dinero para el boleto. Una noche, camino a la reunión, estaba
realmente enojada con Dios, porque creía que nada estaba pasando. Le
demandé que me diera una señal, indicándome que todo estaba bien. El plazo
para comprar el boleto de avión vencía a la mañana siguiente, y necesitaba
$150 en ese momento, o no podría volar. Si Dios relamente no quería que
fuese, necesitaba que me lo hiciera saber. Cuando llegué a la reunión, me
concentré en prestar atención a la reunión, y olvidé los pensamientos surgidos
durante el camino. Compartí mi miedo acerca de no tener empleo. Una mujer,
a quien nunca había visto anteiormente, me dijo que quería hablar conmigo al
finalizar la reunión. Cuando ella se me acercó, ví que ella estaba
profundamente perturbada por algo. Eso me asustó. No podía imaginarme que
mi presencia la perturbara de ese modo. Me preguntó si necesitaba dinero. No
sabía qué responderle. Después ella me firmó un cheque por el valor exacto
del boleto de avión. Ella estaba tan agradecida a este programa que quería
devolver algo de la abundancia que ella tenía. Intentó hacer una donación a
una Institución sin fines de lucro, pero no pudo ponerse en contacto con la
misma. Ella dijo: “Está bien, Dios, muéstrame hacia dónde debe ir este
cheque”.
Recibí dos cartas, una era de la lotería diciendome que no fuí elegida y otra de
una iglesia a la cual había hecho una donación. La carta de la Iglesia decía que
no importaba lo que podría estar sucediéndome hoy, yo puedo confiar que
Dios lo único que tiene en mente es mi bienestar mayor. He aprendido que
todas las cosas para mi bien, están funcionando juntas en el día de hoy.
La semana previa a Navidad recibí el regalo más grandioso, un despertar
espiritual, tal como está descripto en la página 83 del “Gran Libro Azul” de
A.A.. Quería que el miedo a la gente y a la inseguridad económica se alejaran
de mi vida. Mi madrina me ayudó a ver que la razón que no había suficiente
dinero, tiempo, alimentación o amor que llenara lo que para mí era la
privación y el abuso.
Desde el momento que había estado de acuerdo con mi padre de que yo
merecía el abuso, estuve condicionada por años a la carencia, a las relaciones
abusivas y los desempleos.
Mi parte estaba en mi tolerancia hacia el abuso en mis relaciones y en el no
hacer lo que yo necesitaba hecer para cuidarme a mí misma.
En un momento de claridad, me dí cuenta del abuso insidioso que había en mi
matrimonio. Decidí decir que no al abuso en mi vida. Sabía, a raíz de mi
trabajo con los Pasos, que necesitaba hacer reparaciones con mis hijos y darles
protección. Hablé con mi esposo acerca de su constante abuso verbal hacia los
hijos. Nunca más iba a tolerar su abuso. Les expliqué a mis dos hijastros,
quienes no me dieron ujn abrazo en cinco años, el porqué yo les debía
reparaciones. Les aseguré que les daría la máxima protección posible que ellos
se merecían. Sus miradas se enternecieron y me dieron un gran abrazo.
Ese mismo día, mientras caminaba, de repente me atoraron sentimientos de
alegría y paz en un nivel, como nunca lo había expenmentado antes. Me di
cuenta que esta experiencia debe haber sido el despertar espiritual que está en
el Paso Doce. A la tarde, tenía una entrevista con una cliente potencial, con
quien tenía una gran dificultad para realizar una venta. Cuando me reuní con
ella, me dijo que había decidido hacer el negocio conmigo y me firmó un
cheque con la venta más grande que tuve en mi vida. Meses más tarde, cada
día me iba sintiendo más sana y más solvente. El hacer cosas por mi propia
cuenta, durante 43 años, me produjeron fracasos comerciales, tres
matrimonios desastrosos y enfermizos que terminaron en divorcios, una gran
deuda y miedos. Ahora, mis negocios comerciales están comenzando a crecer.
Trabajar en los Pasos fue como haberme lanzado a un camino de aprendizaje
acerca de la riqueza más grande – la abundancia y el amor incondicional.
Ahora, para mí hay amor suficiente, dinero suficiente, tiempo suficiente, y lo
más importante, ¡yo estoy suficiente!

SOY UN ADICTO AL DINERO
El se crió y trabajó en las sombras. En D.A. aprendió a permanecer al sol.
Mi nombre es Juan y soy un adicto al dinero. Hoy, 11 años y medio después,
de mi llegada a D.A., continuo paralizándome por el miedo a la pérdida de lo
que tengo en el presente y por el temor a no tener suficiente en el día de
mañana. Aún así, mi vida ha cambiado a raíz de la ayuda, del amor y los
principios de D.A.. Antes de mi llegada a D.A., actuaba en forma equivocada
respecto al dinero. No me daba cuenta que tenía un problema o una
enfermedad. Había vivido de esta forma durante muchos años y no tenía idea
cómo mi esposa pudo soportar esto: mis subidas y mis caídas. Finalmente, en
su frustración, me sugirió que la acompañara a su reunión en Al-Anon. A
pesar de que no me gustara la idea fui con ella. Fue la peor reunión a la que
asistí. La odié. Sin embargo, durante la reunión se recomendaba a seis
reuniones antes de tomar cualquier decisión respecto al programa. Así lo hice,
y en una de esas seis reuniones, alguien habló acerca de Deudores Anónimos.
La mía es una historia de extremos. Vivía en una fantasía de que como mi
familia era muy rica yo también lo era. En algunas familias eso podría ser
verdad, pero la actitud de mi padre siempre ha sido de lo que es tuyo es de él,
y lo que es de él es de él, significando que él tenía dinero y poder y de que no
iba a permitir que esto cambiara. Vivía y fantaseaba que si él tenía el dinero lo
iba a compartir si yo aceptaba sus reglas-. Equivocación. Esta era una de las
muchas ilusiones que me llevó de deuda en deuda. Mi autoestima era baja, y
había dos maneras de satisfacerlas-. empobreciéndome y cometiendo excesos
en la comida. Me gustaba el poder de ser capaz de comprar la comida a
cualquiera, enarbolando mi tarjeta dorada mientras decía: “yo pago”. Me
gustaba el abalanzarme a comprar lo mejor de cualquier cosa que yo deseara,
siempre creyendo que si tenía algún problema mi padre me ayudaría-
¡Equivocación!
La enfermedad del gasto y la deuda compulsivo han estado conmigo desde los
primeros años de mi niñez, actuaba a través del robo, mintiendo e intentando
impresionar a la gente con quien mi padre se relacionaba. Como hijo de un
hombre poderoso, mi baja auto estima era el sentimiento que hacia que viviera
ala sombra de mi padre o que permaneciera arrodillado a sus pies. El
sentimiento de que nunca sería como él, me iba hundiendo en la auto
compasión. Trataba de ser gentil, de ser un buen negociador, y sobre todas las
cosas, trataba de obtener lo mejor de la gente, tal como lo hacía mi padre.
Unos años después de haber llegado a D.A., comprendí que no me tenía que
importar ser mi padre, sino yo mismo.
Tanto mi padre como mi madre, hijos de inmigrantes, vivían tal como sus
progenitores los criaron a ellos: con el miedo a la pérdida de todo lo que
tenían. Por lo tanto, nunca gastaban su dinero, ahorraban para el futuro. La
parte confusa para mí, era como la gente con tanto dinero era tan modesta en
el gasto. Mi madre vivía en el pasado, mi padre en el futuro, nadie vivía el
presente. Palabras clásicas de mi padre eran: “Hasta Texaco puede llegar a
quebrar”, queriendo decir que no importa cuan grande y poderoso se puede
llegar a ser, aún así, se puede fracasar. Ese fue mi entrenamiento y las bases
que yo tenía cuando entré en el mundo de los negocios para construir mi
carrera.
Hasta la edad de 28 años, trabajé para grandes corporaciones, y realmente,
nunca tuve problema alguno con el dinero. Era compulsivo, trabajaba largas
horas, duramente, para impresionar bien a la gente, siempre con la idea de ir
hacia delante. En esto, era exitoso. Vivía a la sombra de la influencia
psicológica de mi padre, pensando que, algún día, lo que teníamos sería mío,
que él compartiría conmigo: Equivocación. Mi padre no pensaba de esta
manera.
Mientras trabajé para corporaciones, cobraba regularmente mi cheque, y vivía
de mis propios recursos. Comencé a tener tarjetas de crédito y a sacar líneas
de créditos, sólo para usarlos en caso de que fuera necesario. Después de todo,
nadie sabe cuando puede surgir una emergencia. Dado que tenía buen crédito,
banco tras banco me dieron líneas de crédito y, eventualmente, uno de ellos
me ofreció una tarjeta dorada, lo cual en aquellos días era realmente algo
significativo. Había llegado. La vida era grandiosa. Tenía un empleo. Estaba
siempre en lo alto, tanto literaria como financieramente. Siendo yo una
persona con espiritualidad, me sentía incómodo teniendo tanto cuando muchos
amigos tenían tan poco. Siempre estaba ayudando por medio de préstamos
-usando mis propias líneas de crédito. Al principio esto funcionó. Le prestaba
dinero a alguien y luego me lo devolvía. Esto me parecía que estaba bien
porque estaba ayudando a un amigo sin sacrificio alguno de mi parte. Al
banco le convenía porque pedía prestado y luego pagaba, de esta forma
aumentaba mi línea de crédito al mismo tiempo que beneficiaba a mis amigos.
En 1.979, decidí que era el momento de trabajar para mí. Había gastado
demasiado haciendo dinero para los demás. Mi ego era alto; sentía que no
podía equivocarme. Vivía entre los extremos de la baja estima y de la
grandiosidad. Vivía en la arrogancia y en la soledad. A la edad de 29 años mi
padre me ofreció trabajar para él. Pensé que sería grandioso y que yo estaría
en condiciones de hacer millones a mi manera: Equivocación. Mi padre quien
trabaja solo, estaba abierto para compartir su mundo, siempre y cuando yo no
participara o lo amenazara de alguna forma. Yo podía observar cómo
trabajaba, pero no podía participar. No estaba trabajando para él como yo
pensaba, tan solo observaba. Esto aumentó el sentimiento de que él tenía el
poder. Me sentía impotente, no sabiendo qué hacer para ganar mi próximo
dólar, mientras observaba como él hacía una fortuna. Esto sucedió durante 18
meses hasta que fui capaz de encontrar mi primer cliente y cerrar un trato por
mi cuenta. Esta operación me llevó a otra y luego a una tercera. En poco
tiempo me estaba encaminando hacia mi independencia financiera. Eso era lo
que yo creía.
Durante este período, me iba devastando psicológicamente al observar como
mi padre hacía millones y no lo compartía conmigo. Según mi pensamiento,
eso también me pertenecía a mí. Mi padre estaba contenido en su mundo y yo
no era más que un ornamento. Mi alma estaba hambrienta de amor y dispuesto
a sacrificar mis propias necesidades, si tan sólo mi padre me hubiera prestado
atención, más atención que al hecho de hacer más dineroEn ese entonces, no
tenía idea cuánto me parecía a mi padre y cómo estaba absorto en probar al
mundo que yo no era como él pero la horrible verdad apareció después que
cerré mi primer operación. Decidí que era el momento de trabajar “para mi
propio beneficio”. Sin hablar con mi padre busqué y encontré una oficina, y
entonces le dije que me mudaba a la semana siguiente. Era un paso importante
hacia la independencia y la libertad. La verdad es que, yo necesitaba tanto su
respeto y admiración que me volví independiente. Deseaba herirlo
profundamente por no valorarme. Trabajar para mí en ese espacio reducido
fue una gran experiencia. Por años he tenido muchas oficinas, pero siempre
recordaré con mucho cariño a ese pequeño espacio, porque fue allí donde mi
enfermedad se reveló y comenzó mi recuperación. Mi única fuente de recursos
eran los ingresos que yo mismo generaba. Descubrí cómo el dinero fluye y
escasea. En este punto mi negocio comenzó a cobrar vida por sí mismo. Ahora
tenía necesidades por las cuales yo tenía que responder. Había reemplazado
tratar de ser útil paga mi padre por el ser útil para mi negocio- Éste se
convirtió en algo demandante en extremo, necesitando siempre nuevo
equipamiento y encontrando nuevos caminos para gastar dinero. Necesitaba
cosas para demostrarme a mí mismo que era tan capaz como los demás.
Ahora tengo mi propia oficina, una computadora, una impresora, una central
telefónica completa y trabajaba con un banco privado. Esto quería decir que
tenía un banco privado que podía prestarme todo el dinero que yo quisiera.
Pensaba que estaba en el cielo. Al poco tiempo me di cuenta que estaba listo
para la caída. Mi ego me hacía sentir que para el mundo de los negocios yo era
un regalo de Dios, por lo tanto, no podía equivocarme.
Una de las personas con quien yo trataba necesitaba un préstamo de $5.000 y
me lo pagaría en el término de una semana. No era problema. Le firmé un
cheque proveniente de mi cuenta de línea crediticio, y le di el dinero. Quince
años más tarde aún no me ha pagado el préstamo. Lo gracioso es que siempre
prometió pagarme a la semana siguiente. El año pasado lo llamé diciéndole
que necesitaba desesperadamente algo de dinero – nunca más oí hablar de él
desde entonces.
Más adelante me involucré con un socio y hacíamos exóticas transacciones de
exportación e importación. Cada transacción significaría una ganancia
millonaria. Cosa graciosa, de todo el dinero y tiempo invertido, nunca
recuperamos un peso.
Un día un socio me dijo que estaba por perder su casa y me pidió si le podía
prestar algún dinero. No era problema. Estábamos por ganar cifras millonarias
¿qué eran $20.000 entre socios? Ahora puedo admitir qué maravilloso era la
falsa sensación del poder. Yo tenía $25.000 en líneas de crédito, y me hacía
feliz poder ayudar a otras personas. Mientras tanto, mi esposa y yo vivíamos
con un presupuesto acomodado. Nunca usé las líneas de crédito para mi
propio placer-, sólo las usaba para ayudar a los demás. Yo pensaba que estaba
haciendo lo correcto.
Mi falso ego estaba volando cuando me presentaron algunos clientes que
querían hacer una operación importante con una cadena de supermercados. No
entendía sobre ese tema pero estaba dispuesto a aprender sobre la marcha.
Durante el proceso de la operación, se solicitó que algunos honorarios fueran
pagados por adelantado. Había adelantado $25.000 ante la promesa de ganar
miles de dólares al regreso de mis clientes, quienes estaban muy ocupados
viajando a Brasil con la esperanza de conseguir la totalidad del dinero.
Siempre la promesa, y nuevamente no hubo reparto.
En el momento que este problema (debacle), uno de mis clientes fue a la
cárcel por librar cheques sin fondo, el otro quebró.Nuevamente perdí otros
$25.000. Una gran parte de mi enfermedad siempre fue buscar algo para nada.
Finalmente, me di cuenta que algo no andaba bien en mis transacciones
comerciales. En aquel entonces había menos de siete reuniones semanales de
D.A.. Recuerdo haber ido a mi primera reunión y haber permanecido en
silencio durante la misma. Estaba paralizado. Concurrí a varias reuniones
antes de abrir la boca. No podía creer que otras personas tenían problemas
similares a los míos. Ya no estaba solo. Después de mi cuarta reunión, un
miembro sugirió que el grupo fuera a tomar un café. Y así me “engancharon”.
Criticaba a todos: Realmente ellos no tenían los mismos problemas que yotenía
más dinero que ellos, tenía una deuda más grande, etc…. Pero continué
asistiendo a las reuniones. Al principio podía ir tres o cuatro veces por
semana. No podía comprender cómo compartían sus problemas y sus
sentimientos. Después de tres meses en el programa, se produjo un cambio en
mi actitud y en mi forma de relacionarme con los demás.
Honestamente, debo decir que mi recuperación no fue inmediata. Debía
$50.000 que debía pagar más los gastos regulares y normales para subsistir.
No estaba produciendo ingreso alguno. Estaba abrumado. Estaba listo para un
Grupo de Alivio de Presiones.
Todavía sentía que yo era perfecto y creía que si esos clientes me pagaban,
mis problemas se terminarían. No sabía nada acerca de planes de gastos. No
sabía nada acerca de la diferencia entre gastos personales y gastos
comerciales. Durante mi primera reunión del Grupo de Alivio de Presiones un
hombre me preguntó cuando gastaba mensualmente en vestimenta. Mi
respuesta fue “nada”, y él me dijo que un hombre debe gastar por lo menos
entre $200 y $300 mensuales. Pensé que ese hombre era de otro planeta. ¿El
entretenimiento era más importante que los negocios? Con mi Grupo de
Alivio de Presiones trabajamos en un plan de gastos personales y comerciales
el cual seguí religiosamente, aún cuando el Grupo se reía cuando analizaba
mis gastos mensuales. Este análisis lo hacía con mi computadora. Aunque yo
no tenía el dinero suficiente para comprar una camisa, no podía entender el
concepto de tener un plan de gastos personal y otro para negocios. El plan de
gastos personal debía estar siempre en primer lugar. Siempre había puesto
primero los negocios y si había algún sobrante pensaba en mí.
En mi primer plan de gastos, dos tercios del total fue hacia los gastos
comerciales y un tercio para mis gastos personales. Hoy sucede exactamente
lo opuesto- gasto dos tercios en mi vida personal y un tercio para gastos
comerciales. Esto es así gracias al programa. El Grupo de Alivio de Presiones
me sugirió que en lugar de hacer grandes operaciones comerciales y vivir un
drama, estar muy preocupado y lleno de miedo, debería hacer transacciones
comerciales más pequeñas. Ellos sentían que era importante establecer un
balance que beneficiara tanto mis negocios como mi vida personal.
Esta sugerencia cambió todo. Comencé a trabajar en hipotecas comerciales y
residenciales. Después de unos años, cuando el mercado comercial estaba
activo, el mercado residencia¡ estaba lento; cuando el mercado comercial
estaba muerto, el mercado residencia¡ estaba muy activo. Constantemente
seguí las sugerencias de mi Grupo de Alivio de Presiones.
Mi Grupo de Alivio de Presiones y mi padrino me ayudaron a darme cuenta
que mi deuda compulsivo y mis gastos habían hecho mi vida ingobernable.
Doce años más tarde, puedo ver como mi vida se ha transformado gracias al
amor recibido en las reuniones. Me aceptaron tal como soy, nadie trató de
cambiarme. Ese amor transformó mi vida.
Aunque la mayoría de la gente entró al programa, a causa de las tarjetas de
crédito, ese no era mi caso. Para mi negocio, yo necesitaba las tarjetas de
crédito, y afortunadamente para mí, mi padrino y mi Grupo de Alivio de
Presiones estuvieron de acuerdo. Si ellos me hubieran dicho que no podía usar
las tarjetas de crédito para mi negocio, yo no hubiera permanecido en el
programa- esto era así de simple. Actualmente, te digo a los recién Llegados
que éste es un programa muy personal. Cada uno debe encontrar.un plan de
recuperación que funcione para ellos. Sin embargo, cancelé mis taletas de
créditos personales cuando con-¡partí una reunión en la Iglesia de Santa Juana.
Respecto a mis tarjetas de crédito comerciales me organicé, y así por ejemplo
tenía un nromedio mensual de $500 que pagaba por anticipado cada mes. Este
sistema de pre-pago funcionó durante años. Después lo cambié por el envío de
un cheque cuando tenía un gasto. Ahora, a medida que llegan las cuentas las
voy pagando.
Después del primer año en la hermandad, había experimentado una mejora en
todos los aspectos de mi vida. Pude ver que mi vida iba mejorando porque
había alguien más que la controlaba (Poder Superior). Durante esa época de
mi vida, me mudé a una oficina más grande sobre la Quinta Avenida, la cual
estaba en condiciones de solventar de acuerdo a mi plan de gastos. Los
milagros se fueron sucediendo uno tras otro. Cada vez que aparecía un desafío
con la decisión consultaba con mi respecto al dinero, antes de tomar un
padrino. Mi recuperación todavía era frágil, continuaba concurriendo tres o
cuatro veces semanales a las reuniones, prestando mucha atención en lo que
allí se compartía. Comencé a integrar Grupo de Alivio de Presiones y a
apadrinar a otros miembros hasta que eso, también, se volvió compulsivo.
En ese entonces, mi esposa me advirtió que si no pasaba más tiempo en el
hogar ella iba a tener un affair El mensaje lo capté inmediatamente. Este es un
programa de equilibrio. No vamos de un extremo a otro pero intentamos vivir
libre de deudas “un día a la vez”.
Al final del segundo año, había pagado las deudas de las líneas de crédito,
pero nuevamente estaba en problemas porque al no tener la presión de la
deuda sobre mi cabeza estaba en condiciones de tener sentimientos. Me sentía
deprimido a pesar de que había pagado mis deudas. No estoy seguro si puedo
explicar el por qué pero a medida que me iba endeudado, no era responsable
como para hacer elecciones que me beneficiaran. Sobre estos sentimientos
hablé con mi Grupo de Alivio de Presiones. Me sugirieron que comenzara a
ahorrar dinero para experimentar qué se sentía cuando se acumula dinero y no
se gasta.
Antes de que me realizaran estas sugerencias, el dinero que tenía consolidado
en mi cuenta de ahorro lo había distribuido en muchas cuentas, de ese modo
nunca podía saber cuánto tenía en realidad. Ahora observaba cómo mis
ahorros crecían en una sola cuenta. Cada mañana, a través de mi computadora
consultaba mis saldos. Después, muy orgullosamente, iba a mi Grupo de
Alivio de Presiones y decía que yo quería ahorrar todo este dinero para
comprar un departamento nuevo. Pero, ellos sugirieron que dejara que el
dinero se acumulara por más tiempo, y así darme cuenta de lo que se sentía.
Así lo hice. Esto me trajo sentimientos más profundos de miedo del que había
tenido cuando me endeudaba. En cierto modo, me sentía cómodo cuando
estaba con deudas, porque a medida que fui creciendo, siempre sentía como
que estaba en deuda con mi padre por cada cosa que me dio. Cada vez que él
me daba algo, me atacaba tal sentimiento de culpa que me decía a mí mismo.
“Algún día le pagaré lo que le debo”.
En algún momento del segundo año de mi recuperación, comencé a escribir
diariamente acerca de mis sentimientos, de lo que pasaba por mi mente, o de
cualquier otra cosa que me sucedió en la vida. Fue durante esta época que
apareció lo que yo llamo una Lista de Deseos-. una lista detallada de todas las
cosa que me gustaban, una lista detallada de las ideas espirituales que quería
tener y una detallada de los logros físicos que quería alcanzar. Me resultó muy
útil el haber separado mis deseos en tres categorías. Continué asistiendo a las
reuniones, teniendo y dando Grupo de Alivio de Presiones, haciendo de esto
una práctica, para hacer, al menos, tres llamadas diarias relacionadas con el
programa. También recibía llamadas siempre y cuando no interfirieran en mis
asuntos comerciales. El programa no sólo me mostró los principios que me
harían vivir mejor, sino también me mostró mucha gente maravillosa con la
cual he compartido amor y recuperación.
Ahora, han pasado dos años desde que me sugineron que acumulara el dinero
para ver qué se sentía. Para alguien que nunca se había permitido tener un
sentimiento, esto le hacía sentir mucho miedo. Con la ayuda del programa
había acumulado más de $200.000, y lo curioso era que no me sentía próspero.
Recuerdo que siempre me estaba quejando-. ¿quedará lo suficiente después de
pagar los impuestos? ¿habrá lo suficiente para comprar una casa? ¿seré, capaz
de guardar dinero para los pagos de la hipoteca?
Dado que, siempre tuve miedo de perder dinero, para mí se volvió normal, que
no importara si yo estaba en deuda o prosperidad: me apartaba de la
excitación. Por lo tanto, decidí llamarme a mí mismo adicto al dinero. Yo era
adicto al dinero. Tenerlo o no, no hacía ninguna diferencia. Era mi droga con
todos los altos y bajos que surgen con la droga.
En ese entonces, se me invitó a unirme a la Junta de la Organización General
del Servicio. D.A. tenía sólo seis años, y la Organización General del Servicio
también estaba en sus primeros peldaños. En ese entonces la revista, de The
New York Times Sunday publicó un artículo acerca de D.A., e
inmediatamente nos vimos invadidos por pedidos de ayuda. Más adelante fui
Tesorero y luego Vicepresidente. Quería devolver algo de lo que había
recibido. Personalmente, creo que mi recuperación depende de hacer servicio
en cualquier lugar que me necesiten.
Espero haber sido capaz de compartir mi transformación, recordando que mi
vida está al cuidado de Dios, tal como yo entiendo a Dios. Para mí, la
recuperación es una transformación espiritual. Trabajando los Pasos, mi vida
está hoy llena de amor, buena salud y de alegría al saber que aunque esta
enfermedad no se cura, sólo por hoy, estoy bien.
Definitivamente se vive mejor cuando se ha salido de la deuda. Gracias al
programa surgió el amor y el respeto a mí mismo, los cuales emergen a partir
del hecho de ganar lo suficiente para pagar lo que deseo y ser responsable por
el hecho de tenerlo.
Me gustaría compartir el secreto acerca de la casa en que vivo. Pasaron cinco
años antes que, mientras caminaba me detuve, la vi y dije que esa era mi casa
-la compré- pagué la hipoteca.
Sucedió otra cosa mágica a medida que mi recuperación progresaba. Aprendí
a tener compasión por otros sin intentar cambiarlos. También necesito
expresar que me sentía incómodo por mi suceso financiero que iba en aumento
a medida que mi recuperación continuaba. Creía que no se me iba a permitir
continuar concurriendo a las reuniones de Deudores Anónimos ya que no tenía
deudas. Soy uno de los muchos que pueden decir que hay vida después de la
deuda. Hoy, tengo una casa maravillosa, con jardines que me dan un placer
inmenso. Sé que el jardín está allí porque trabajé limpiando el terreno,
preparándolo, plantando las semillas, dándole los nutñentes correctos, agua y
luz solar. Hicetodo lo que poidía hacer, el resto estaba en las manos de la
Madre Naturaleza. He descubierto que una de las señales más útiles de
recuperación es que, algunos días lo único que hago es sentarme en mi jardín
y’contemplarlo. Algunas veces no hago ninguna tarea, me retajo y disfruto lo
que está aquí y ahora. Hoy, estoy muy orgulloso de lo que tengo en mi vida.
Tengo todas las posesiones materiales que pude pedir. Sorpresa de sorpresas,
he descubierto que deseo menos, no más, porque uno de los descubrimientos
más importantes que he encontrado en D.A., es que las cosas nunca pueden
satisfacer lo que está vacío. La satisfacción sólo puede surgir desde dentro de
uno. Hace tiempo necesitaba más, porque no era capaz de tomar lo suficiente
de lo que ya tenía.
En estos últimos once años, he podido ayudar a muchos deudores
compulsivos. Me he dado cuenta que hay ciclos en la vida que, justo cuando
creemos que ya no vamos a entrar en el gasto compulsivo, una vez más nos
tenemos que poner a prueba. Deudores Anónimos salvó mi vida, y siempre le
estaré agradecido. La recuperación lleva tiempo. He aprendido que para que la
recuperación funcione, uno debe aceptar, mentalmente, que tiene un nuevo
status. Hoy, siento que merezco ganar $100 diarios.
Ahora sé que uno debe prepararse para la riqueza, estableciendo los objetivos
y condicionando mentalmente el subconsciente. Esto sucede cuando lo intento
un día a la vez. Los principios del programa me ayudaron a sentir que yo era
valioso. No era cuestión de cuánto dinero gastaba en mí mismo, pero sí de
cuánto tiempo y energía gastaba en mí mismo. Cuánto más conozco mis
sentimientos, mayor es mi conexión con mi Poder Superior. La riqueza se
reflejó en una mejor calidad de vida. Para mí, significo decir que no a una
existencia neurótica en Nueva York. Cerré mi fastuosa oficina de Nueva York
y me mudé a una ciudad más pequeña, cerca de mi hogar. La mayoría de la
gente creyó que estaba loco, pero mi decisión vino de mi paz mental.
Durante los últimos tres años, he trabajado en una oficina distante a ocho
minutos de mi casa, donde descubro nuevas oportunidades. Trabajo menos y
gano más, porque aumenté la calidad de mi vida. La lección sobre la que estoy
trabajando ahora es que no tengo que demostrarle nada a nadie. Antes obtenía
más y más, y nunca parecía ser suficiente. Cuanto más tenía más quería, y
mayor era mi miedo a perder lo que tenía. Esta era mi enfermedad.
No sé ni cómo ni cuándo, pero de alguna manera esta compulsión ha
desaparecido. Cada día que pasa siento que estoy más conforme con lo que
tengo, por lo tanto, ese día me siento como quien yo soy.
Tengo lo suficiente y hago lo suficiente. Y el milagro es que aprecio mi vida.

 

Estaba mirando en una tienda de antigüedades hoy y me sorprendí, me di cuenta de que ya había estado muchas veces, de lo materialista que este mundo puede ser. En un momento, me sentí tan abrumado por la cantidad de “basura” que caí en la cuenta de que ya no podía ver ningún punto específico, sólo un puñado entero de algo. Además, el olor de la descomposición, o viejo, sólo lo hizo más desagradable.

 

Mi experiencia de hoy era como un microcosmos de mi mundo, mi vida en relación con las adicciones. En un momento, si veía algo que me atraía, me lo compraba. No importaba si el artículo encajaba en mi vida, mi estilo, mi casa, simplemente, si podía comprarlo, luego pensaba como podía complementarlo con algo más. Chucherías, las cosas dulces que se ven tan atractivas en una tienda, bueno, que acababa comprando sin tener una idea clara acerca de si era realmente lo que quería, si me quedaba bien, si tenía un lugar en mi vida, y si era parte de lo que quería en mi futuro. Yo estaba dispuesto a pagar el precio de esa decisión impulsiva inmediata, sin pensar en las consecuencias o efectos a largo plazo de actuar de acuerdo con mi necesidad de satisfacción inmediata.

 

También pensé en las cosas que vi y el montón que había por ver. Mi pensamiento era que alguien en algún momento de su vida tenía que tener estos artículos que acababan siendo revendidos. Lo más probable que ese alguien murió y lo dejó a sus herederos para sembrar el caos para manejarlo y administrarlo. Probablemente quiero hacer lo mismo… les dejo chucherías a mis herederos. Así como muchos han hecho, nacemos, vivimos y morimos. Lo que hacemos entre el nacimiento y la muerte, puede ser grandioso o no.

 

Mi madre tiene 78 años. Durante el último año, ha dedicado mucho tiempo a la limpieza de sus pertenencias, tirando las cosas que ella dice que nunca va a usar. Mi madre siempre ha tenido la filosofía de que un individuo tiene que cuidar de sus cosas y no dejar nada sin vigilar. Es parte de su sistema de creencias nativo tradicional, que siempre ha sido así y es algo que anhelo tener como parte de mis valores. Mi madre no es materialista. Su vestuario se compone de lo que recibe de forma gratuita, o en una venta de garaje o en el barril de una misión de la iglesia. De vez en cuando, me compro ropa, pero ella prefiere decirme que no haga eso ya que el dinero lo puedo gastar en otras cosas. Mi madre vive con 663 dólares al mes, más lo que recibe de las donaciones de caridad, ella recibe una caja para el desayuno, y  para la comida le regalo parte de mi reserva de hogar dos a tres veces a la semana. Ella todavía tiene un par de zapatos que le compré en 2001.

 

Así que… Pensé en la cantidad de veces que me negué a tener paciencia, a considerar que tal vez mi dinero podría gastarlo mejor; formas que se reflejaran en los mejores deseos que tiene mi Poder Superior para mí.

 

Estoy un poco triste y llena de pesar por tantas malas decisiones financieras que he hecho en mi vida. En mis 55 años, nunca he tenido un hogar, mi crédito siempre ha sido pobre, no he vestido bien, y tengo una casa bastante en mal estado (en alquiler). Tengo adornos, ropa que no tiene sentido, y todo un conjunto de cosas que me causa desajuste y mala percepción.

 

Creo que he aceptado gran parte de donde estoy ahora en mi vida, en lo personal, espiritual y financiero, es el resultado de vivir con y en una adicción activa. Mi cruz que cargo en la vida, es la adicción, y en la manera como se manifiesta.

 

Sin embargo, me acuerdo cuando, de lo que se dice en las reuniones de paso 12: “no abandones la sala antes de que ocurra el milagro.” Mi adicción me ha hecho comprometer mis valores y mis creencias a todo, para vivir en la adicción. La recuperación, se me escapa. Estar alegre, feliz y libre parece que está tan lejos.

 

Por tanto, voy a volver a mi programa para lograr mayor comodidad. Para aquellos de ustedes que quieren tener una vida gratificante y satisfactoria, por favor trabajen este programa de recuperación. Trabajar este programa significa un compromiso a tiempo completo para mantener los números, lectura de la literatura, dar servicio, el apadrinamiento, ahijado, Grupos de Alivio de Presión GAP, Reuniones de Alivio de Presión, y simplemente trabajando este programa en su totalidad. La verdadera clave está en el beneficio espiritual, una vez que te haya llegado, todo lo demás vendrá.

 

Anónimo

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